martes, 27 de agosto de 2013

Algo más que panza de burro (2)

Había hablado con las altas esferas. Altas por lo de tener que subir a La Perdoma. Y altas, asimismo, por ser los que dirigen el cotarro. Tras tres tristes años de prudente retiro, retomaba la pretérita –¿y preterida?– determinación, libre y voluntaria, de volver a agarrar las cuerdas con renovados bríos. Resolución que me recompuso a intervalos reiterados... (Espero que los profesores de literatura me tomen la frase como modelo de aliteración). Las musicales, claro. Las otras están más desafinadas aún. Las han cascado los chicos en el peregrinaje instructivo. Pero corramos (es)tupido velo, porque cuando se comienza a presumir con ciertas décadas del período existencial a las espaldas, es síntoma inequívoco de inicios de carencias, de declives pronunciados, como las cuestas perdomeras. Que son muchas, aunque ellos dicen tener solo una: La Cuesta.
Un martes de enero
Aparecí por La Marzagana. Para uno de p´abajo –como yo–, te diré que está p´allá arriba. Casi en la linde del Realejo con la Villa. No en la orilla del monte, pero sí al lado de un lugar llamado El Bosquito (para Benito, El Bosque. Y algo sabrá de andares y andanzas por andurriales tales. ¿O no es verdad, Magdalena?). Y en una zona que fue, tiempo ha, una gran finca de viñedos. Por debajito mismo del campo del Cruz Santa, denominado La Suerte. En el que casi siempre pierde. Vaya suerte. Que es realejero –el equipo–, pero que el terreno de juego pertenece al municipio orotavense. Al ladito, por lo tanto, del barranco de La Raya. Con el que hubo litigio entre ambos municipios. Me costó una buena caminata por riscos y cañadas. Cuando me decida a contar mis memorias políticas, sabrán ustedes de tal hazaña. Pero que los tribunales fallaron a favor de La Orotava. Y se quedó mi pueblo con tres palmos de narices. Porque lo quería trasladar más al Este, para confundirlo con el del Cerrudo. Vaya con las dichosas pretensiones de abarcar más.
El ensayo comenzó a las nueve. Pero el instrumento lo dejé en la maleta del coche y me dediqué a regolizniar. ¡Chacho, no me enteré de nada! Si lo llego a sacar, hago el ridículo más espantoso. ¿Qué pensaste? Ya te insinué que era laúd. Con seis cuerdas dobles. Acaso crees que el otro da para estirar tanto. Se me rompe al primer intento de afinado. Si es que logro alcanzar el punto exacto de los decibelios. No te rías. Ni bemoles y mucho menos sostenidos. Si estás para que te sostengan...
Un viernes, tres días después
Aquí estoy de nuevo. Lo difícil, siempre, es el principio. Me lo prometí, no hace tanto, cuando estudié otra de las boberías en las que uno se inmiscuye: "Si aguantas hasta diciembre, es posible que sigas". Y así fue. Me encontré con un jefe que se  movía con una parsimonia, que para qué contarte. Parecía dotado de cierta pusilanimidad. Y yo, iluso, bajé aquella rampa con el instrumento guardado en el forro. Para que no se enfriara. Ese día firmé un papel. Algo así como la inscripción en el club. Por consiguiente, que diría Felipe González, pronto haré el año de prueba. Y pasaré a formar parte, con todos los derechos, del gremio...
Hacia Belén va una burra, rin, rin, yo me remendaba, yo me remendé, yo me eché un  remiendo, yo me lo quité.... Suena el móvil. Ring, ring, ring (traducción libre de una extraña melodía). El Quinto de Caballería ataca de nuevo. Otra actuación, estamos de suerte. Camino a La Suerte. Échate p´aquí, Mariquilla, que te cogen los coches. Y de noche todos los gatos son pardos. No corras, que vas a perder el instrumento. Musical, evidentemente. El otro se deteriora, pero no se cae. Normalmente. Se encoge, lo más. Ya te lo dije, se consume. Sin prisa, pero sin pausa. Inexorable.
¡Qué portal más hermoso! ¡Y qué Niño tan salado! Cumplidos. Besitos. Efluvios amorosos que pronto se disiparán. Como la Navidad. La del pudiente. Es la auténtica. Como la manta. De pura lana virgen. Sí, la Virgen. Y el pobre de San José. ¿Por qué pobre? ¿No llegó a Santo? No, Espíritu Santo, no. A ese no debe tenerle mucho aprecio. Las palomas también cagan. La cagan, no. ¿O sí? ¿Qué más quiere? Muchos de los anónimos ya bien lo quisieran. Poesía al canto. ¡Madre mía! ¿La Virgen? No, la mía. Aguanta firme y tieso. Como si estuvieras tocando. ¿Qué cosa? El instrumento, ¿otra vez?
(Continuará)