jueves, 29 de agosto de 2013

Algo más que panza de burro (4)

Es martes y comenzó febrero
Voy aguantando bien. Lo más interesante ha sido al salir. El vecino, enfundado en una bata y con las canillas al aire, andaba tomando nota de las matrículas de los coches. ¡Pobrecitos, si ellos estaban callados! En todo caso, si alguien hizo ruido, no sería el Michubichi...
Incremento paulatino –¿o ‘paulativo’, que mentaba un conocido gomero– de la velocidad. ¿Hambre? ¿Cansancio? ¿Ganas de mandarlo todo para cierto sitio? No se puede decir lo otro porque estamos en la Natividad y en tal época no se puede disparar la lengua. Al menos, las viperinas. Las diez y tantas. ¿Lenguas? ¡Chacho, déjalo estar!
"Mañana me levanto tempranito, arranco el ordenador y con la fresca compondré un par de páginas en PageMaker, que hace unos días que se me pegan las sábanas. Tengo el diario a la mitad, pero este mes de diciembre me trae loco. Entre el estrés, el turrón, los vasos de vino, el Feliz Navidad y otras menudencias varias ando tres cuartos de desorientado, que es mucho más que medio desorientado. Tanto como una cuarta parte más".
Eso me dije. Eso pensé, mientras me recomponía la manta que se escurría hombros abajo. ¿Estaré más flaco? La cinta no me quedó bien. Tendré que decirle a la costurera –mi mujer– que le ponga un punto. No me atrevo a decirle tres porque me manda al lugar en el que pensaba hace un momento. Como los aficionados del Tenerife, que mentan al representativo... Déjalo estar. Eso, más que sea en segunda.
Por aquí debió haber una escuela, dije. ¿O me dije? Lo leí en cierto periódico de años idos p´al carajo. Un respetito, que estamos en  momentos de buena nueva. Eran los tiempos del cogotazo y tentetieso. Y cuidadito con decir nada en casa. Dos podían convertirse fácilmente en cuatro. Mejor, no tentar la suerte. Generosos los maestros que te calentaban las orejas cuando no se había inventado la estufa. Aquellos cuerpos esmirriados requerían aportes adicionales. Pero no había depresiones, estrés, ni llagas en la boca...
Misiva a mis aftas
Villa de Viera, a 13 de noviembre (Día de la fuga de San Diego) de un año cualquiera de la primera década del siglo XXI.
Queridas y estimadas compañeras de viaje:
Espero que al recibo de la presente se hallen bien. Por aquí, salvo las jaquecas del susodicho, vamos escapando. Estoy apesadumbrado. Por mi mente han pasado –siguen pasando– imágenes de abandono. De seguir así, en este estado calamitoso, puede que antes de que concluya la singladura agarre un bote salvavidas y me lance a la mar océana. Porque el puerto de atraque se me antoja demasiado lejano. Y temo que los vaivenes de la tempestad me hagan zozobrar irremisiblemente. No, no son tiempos de bonanza. Qué más quisiera este otrora quimérico. Sí, entiendo que no me hayan seccionado la yugular, pero los reiterados desplantes, las ignorancias y los ninguneos me han cortocircuitado la ilusión. Y aunque feo esté el reconocerlo, por aquello de falsas modestias y otras zarandajas varias, había a raudales. Constato, además, que este pesimismo elevado a la enésima potencia es compartido por más miembros de una tripulación desmotivada. Sacudo la cabeza en demasiadas ocasiones para quitarme del magín el que entre tanto trajín por la cubierta de este barco a la deriva, pueda ser algún capitoste quien no haya sido capaz de llevar el timón con mano firme. Mejor, con mano consecuente. Presiento que la brújula esté realmente averiada. Que su norte no sea una meta sino un mero instrumento, una justificación.
Hacía tiempo, bastante, mis entrañables amigas, que no reflexionaba ante un papel. Y aquí estoy. Si lo hago es porque he vuelto a sentir la necesidad vital de plasmar por escrito lo que me hace malvivir. Y ustedes, cómplices de mis desazones, sólo acrecientan temores en las largas estadías del insomnio. ¿El estrés? Sacrosanto descubrimiento. Sí, pero no solo. Porque ni siquiera los disimulados intercambios de pareceres con más descorazonados, cual prófugos que huyen de la justicia, sirven de consuelo a los que parecen nadar a contracorriente.
Qué dilema, apreciables acompañantes, para quien no dado a lisonjas y halagos, reclama, sin embargo, proyectos bien definidos en los que es fundamental el “todos a una”. Cada cual con su cometido; sí, pero a través de un mismo cauce; varios vectores, varias fuerzas, pero una única resultante. Y ustedes, cordiales agregadas, son tan culpables como yo, porque por algo me siguen –me persiguen– en mis correrías por pasillos, documentos y archivos.
(Continuará)