viernes, 30 de agosto de 2013

Algo más que panza de burro (y 5)

Sí, mis abnegadas asistentes; ni la amenazas de los limones y el bucospray han surtido efecto. Les resbala. Se asemejan sobremanera a quienes deben guiarnos. Que trazan rumbos dispares en función de lo que hallen cada mañana cuando asoman allá en la proa. ¿O la popa?  ¿Un proyecto inacabado o la historia interminable? ¿Los vericuetos de la vida o la insoportable levedad del ser? Y la madre del cordero. Que no divago, reflexiono.
Se me han acumulado diversas tareas, virtuosas llagas, y no he sido capaz de desarrollar mis competencias básicas, elementales, primarias, que no fundamentales, esenciales, primordiales. Mi alumbrado de cruce no alcanzó más allá de la veintena de metros. Y me agobié, por qué no decirlo. Me vi rodeado por quehaceres variopintos que provocaron apariciones inoportunas –sus apariciones, respetables costras blanquecinas– y me causaron estrés, a decir de la sapiencia culta y bien ponderada de los que más saben. Que de enfermedades van servidos.
Los pasajeros de esta nave, preciadas úlceras, observan anonadados cómo la tripulación comienza a hacer aguas y siento inmensa tristeza, plaguitas mías, y quisiera disponer de un rato para ponerme a fregar la cubierta. Me apetece. Quizás me distraiga un poco y puede que la fregona se lleve ponzoñas, contagios y microbios. Ahora que los virus andan viene a resultar que hasta los cuartos de baño se nos atascan. Y eso en medio del océano no implica mayor peligro, si la avería es transitoria, pues, de lo contrario, habría que ponerlo en manos de mantenimiento, y puede que sea peor el remedio que la enfermedad.
Hace un rato creí ver, astutas incordias, una isla desierta. Pero saqué fuerzas de flaqueza y miré para otro lado, no sea que hubiese sirenas y me atrajeran con sus cantos. No aprendo, aunque sigo creyendo que si el trabajo transcurriese en otro ambiente, donde la armonía fuese norma de obligado cumplimiento, otro gallo nos hubiese cantado. Pero la gallina turuleca ha puesto un  huevo, ha puesto dos, ha puesto tres…
“Siempre estás de buen humor”, me señaló cierta viajera hace unos días. Menos mal que ustedes, sagaces hostigadoras, no me han podido. Me han dejado chungo, pero he resistido sin pedir quince días por asuntos propios (llagas en la lengua). Y todavía me río de vez en cuando, toma ya. Y aparento uno menos, chúpate esa. Cuando llegue a puerto, si  antes una tormenta tropical no nos deja en la estacada, me afeitaré, cambiaré mi rostro curtido por las sales –interiormente por cuanto potingue calme escozores y roces inoportunos–, y me embadurnaré con multiactiv de Astor hasta que no me reconozca ni la nueva tripulación. Porque… dimito, me jubilo, me dedicaré a pasear el carrito –con Emma dentro, claro–, a caminar cuando me venga en gana, a fotografiar ánades hasta quedarme palmípedo perdido, a dormir… ¡Ay!, dormir, qué añoranzas.
Y como ya no tendré aftas, quedaré cuando menester fuere con otros extripulantes (que también sumaron –y mucho–  en anteriores travesías) para reírnos a mandíbula batiente tras la ingesta de un par de vasos de vino, porque las penas habrán quedado ahogadas. Atisbaremos en lontanaza otra derrota (acepción náutica; ¿cómo?: ¡¡¡diccionario!!!). A la que desearemos desde nuestro atalaya toda la suerte del mundo, porque en el navío irán signadas huellas de un pasado que ya formará parte de nuestra historia. Invisibles a la política del bien quedar y del ahora mismo, pero bien interiorizadas, allá donde no llegan las miradas superfluas.
Necesitaba desahogarme. A lo peor no lo he conseguido y el próximo lunes caeré nuevamente. Pero estarán conmigo “los que lloran de rabia y se tragan el tiempo en “llaga” viva”. Perdone usted, don Pedro García Cabrera, gomero ilustre, que da nombre a mi calle vecina, por haber osado a cambiar “carne” por “llaga”. Sí, “solo nos estoy. Están conmigo siempre horizontes y manos de esperanza”. Por eso, y no es poco, aftas mías, voy a seguir. No me fugaré ni subiré a contarle los botones al santo, ni asumiré competencias en el Comité de Honor para conmemorar El Voto de San Vicente. Pero seguiré haciendo lo único que he sabido desde que me sacaron de la cuna, qué digo, del cajón: trabajar. Sé, soy consciente, de que van a acompañarme hasta el próximo espacio vacacional largo –verano–, pero al menos tendré de qué y con quien quejarme.
De ustedes, afectísimo, su seguro servidor, para lo que tengan a bien disponer.
P.D.  Me temo que no haya sido demasiado original. El género epistolar, tan generoso en nuestra literatura, se merece actores de mayor porte. Y este humilde juntador de palabras, ahora, para más inri, en período aciago, cree no haber alcanzado siquiera la condición de aprendiz. Ojalá. Máxime cuando otras ocupaciones lo traen por la senda de la malaventuranza. No quisiera que mis cuitas se convirtieran en malquerencias. Sería mal síntoma. Gracias, mis aftas, por dejarme escribir en soledad. De no haber sido por ustedes, la reflexión escrita no hubiera tenido lugar. Y seguro que con la impetuosidad del lenguaje oral no hubiese sido lo mismo. Ustedes, mis aftas, también lo han hecho posible. Reitero mi agradecimiento.
Tengan un feliz fin de semana y que el inicio de septiembre no le suponga mayores quebraderos de cabeza.