lunes, 5 de agosto de 2013

El Bosque de La Gorvorana

El pasado viernes bajé caminando a Punta Brava. Y como entre las personas que saludé en el trayecto, se hallaba el alcalde de Los Realejos, Manuel Domínguez, me apetece contarle algún aspecto observado durante la marcha. Lo mismo tengo suerte y alguien le hace llegar este repertorio. Están autorizados para chivarse. Ya les contaré si me llama. O Adolfo, que es el segundo en el orden jerárquico.
Él pasaba en coche oficial (no vislumbré quién lo conducía) y yo me acordé de aquellos tiempos en que me pusieron una multa cuando con el mío particular iba a Los Rodeos para un traslado a Madrid. Creo haber ido en tres o cuatro ocasiones. Dos de ellas a dilucidar qué proyecto sería el ganador para la construcción del Centro de Formación Profesional Ocupacional de La Carrera (Callejón de Los Cuartos) y una o dos –ay, esta memoria– a firmar un préstamo en el Banco de Crédito Local de España, S.A. (hoy entidad extinguida). Cuando me dicen que en un ayuntamiento no se puede ahorrar y que el de Puerto de la Cruz, por ejemplo, no encuentra 300.000 euros para arreglar el polideportivo de la Vera y una torreta en El Peñón, me dan ganas de volver a eso tan vilipendiado llamado política. Pero de ello hablaré con Manolo cuando me llame después de haber leído esto. O con el que quiera de la oposición. Menos con CC, que ya problemas tengo bastantes y no deseo que me sumen los suyos. Que se adhirieron al lema renovarse o morir y se han dado tantos navajazos públicos que están hechos un asquito. Ya no nos hacen caso, Antonillo.
Observo, estimado alcalde, muchos puntos con matorrales secos (y rabo de gato a porrillo), hecho que afea el entorno en cantidades industriales. Hacemos carreteras y autopistas, sembramos y al par de meses las plantaciones presentan un aspecto lamentable. No, de incendios no escribo que ya empezaron los sustos. Vamos con ejemplos concretos:
La rotonda de La Gorvorana, en la autovía, en el final o desembocadura de la variante de Toscal-Longuera, parece más un chiquero o goro que un elemento de ornato en el paisaje viario. Al paso que va en su deterioro, solo falta que pase un vehículo pesado a su través y nos deje expeditas las dos vías de circulación: farolas caídas o que faltan, plantas que parecen las sabinas de El Hierro –por lo que reptan, que no por su belleza–, muro y valla del costado Sur con las señales inequívocas de cómo entró un coche por allí en su alocada carrera… Espero que las protestas del ayuntamiento, por unanimidad, se escuchen bien alto en la Plaza de España santacrucera para que no enciendan el alumbrado hasta que esté en perfectas condiciones. Y estas recomendaciones valen asimismo para todo el recorrido hasta el Hotel Maritim. Lo único que está bien es el asfalto. Debe ser que se está usando, porque aceras y vegetación dan lástima. Hasta por las arquetas de saneamiento y alumbrado están saliendo los ‘jediondos’ (desconozco el nombre correcto de la planta, pero desde siempre la hemos llamado con tal contundente nombre). Y ya que me hallo a la altura del barranquillo, ¿ustedes han comprobado si la canalización de las posibles escorrentías se encuentra en perfecto estado de revista? Yo eché una visual y se me antojó que muchas cabras habían pasado por aquellos contornos. No sea que vaya a estar tupido el tubo y haya un problema en el próximo invierno. Uno que ya tiene unas cuantas décadas, ha visto enormes caudales de agua por El Jardín hacia abajo, hasta la mismísima playa de Los Roques. Hace poco le aconsejé a los técnicos municipales que echaran un ojo por si acaso. Pero quién soy yo, osado de mí, para recomendaciones tales.
Y vuelvo con los rebaños de cabras. En varias ocasiones –ya lo comenté en días pasados– los he encontrado por la carretera de Icod el Alto, adornando el sendero con sus cagarrutas. Y este pasado viernes, como al principio dejé señalado, estaban en El Bosque. El cabrero y unos amigotes motoristas jugaban con sus móviles última generación. Porque los ganaderos de ahora ya no son como los de antes. Como los que cogíamos el alimento de los animales que teníamos en casa –justamente por esos alrededores– en las fincas de platanera que, junto a la joya de la corona –el mencionado bosque–, conformaban un paisaje bien diferente al actual. El ganado, a sus anchas, transitaba libremente por lo que resta de un paseo, por los patios de las dos casas y por lo poco verde que aún se vislumbra donde tiempo ha hubo elegantes senderos de azucenas entre frondosos árboles, al socaire de un coqueto acueducto que servía de soporte a la atarjea que llevaba el agua al estanque cercano. En el que también existía otra arboleda. En una de las fotografías, aunque el escaneo no ofrezca demasiada nitidez, se puede contemplar esa frondosa vegetación en la parte superior derecha. Y los muros de las huertas perfectamente delimitados por hileras de cerdos (cupressus, para ser más precisos), que eran diligentemente atendidos por Juanillo.
De esta zona he escrito en más de una ocasión. Y ningún grupo de los que forman parte de la corporación se ha hecho eco para adecentar esta zona que bien podría ser un magnífico parque. Hay terreno, dos edificaciones que admitirían cualquier uso complementario, pero falta, por lo que deduzco, voluntad. Dinero sí hay, no me vengan con monsergas. Sobran ‘liberados’, allegados y gente que pasee. Echo en falta una decidida escala de valores: qué es obligatorio, qué es necesario, qué es voluntario y qué es prescindible. Y seguimos emperrados en edificar desde el tejado hacia abajo. Como la Ley de las Administraciones Públicas. Siempre empezamos al revés. Primero nos colocamos todos y si sobra, ya se verá. Aunque los que no gobiernan también se callan por si algún día les toca.
Realizo estos planteamientos convencido de que esas cesiones urbanísticas hayan concluido y estemos hablando de propiedades municipales. Bueno, aparte de hablar con Manolo también lo haré con Jorge. A lo mejor sacamos algo en claro. U otro libro. Pero así no puede seguir aquello. El panorama es deprimente. Y confieso que ese paraje me trae buenos recuerdos. Yo viví unos años en una de las dos casas, en la que está más en lo alto (mira la otra foto). Mucha parte de historias de esos años idos se reflejaron en Pepillo y Juanillo, libro publicado dos veces. Por algo sería. Voy a presumir un fisco. Tengo una suerte que para qué. Oh, fíjate tú que hace tres meses me premiaron en un concurso convocado por el ayuntamiento de Teguise y menos mal que me enteré por la prensa, porque de aquel consistorio nadie ha tenido tiempo para descolgar el teléfono y comunicármelo. Cuidado, no digo pagarme, que vendrá más tarde (las bases señalaban un plazo de seis meses), sino ponerlo en mi conocimiento. Qué menos se puede pedir, pienso yo. Aguardaré hasta noviembre. Con suerte me sobran unos días para comprar una caja de pasteles por Navidad.
Y casi se me olvida: felicidades a quien haya tenido la idea de ubicar El Puntito del Socorro. Aunque a un servidor no le guste esa playa, lo cortés no quita lo valiente. Pero no vaya a sacarse la foto con chaqueta y corbata, alcalde, en pleno verano, porque parece que quiere potenciar la famosa panza de burro. ¿Fue en coche oficial o bajó en la guagua?