martes, 1 de octubre de 2013

De cuernos y otros atributos

Están haciendo todo lo posible para que cambie de opinión. Siempre he sostenido que en política, como en cualquier otra ‘profesión’, los malos son la excepción. Pero como nos adentramos en el tercer año del período electoral 2011-2015, se suceden declaraciones que acaban por sacarme de quicio. Cuando se adoptan posiciones para no quedar demasiado descolocados en la línea de salida, sus eminencias comienzan a soltar por su boquita tal sarta de lindezas, que ni se percatan de las reiteradas metidas de pata en los muchos párrafos de sus peroratas.
A las excelencias de doña Sandra Rodríguez, eminente y laureada (por el veleta vocinglero) economista portuense, y de las que di cuenta en el post de ayer, se sucedieron este pasado domingo las de doña Ana Oramas, personaje público desde antes de cumplir los veinte años (de sus 54 actuales, una treintena de ellos aupada –ahora sin dobles– al machito) y que nos sorprende con un atractivo “no debemos perpetuarnos en los cargos”. Frase que contiene un grado de cinismo tal que puede considerarse inversamente proporcional a su estatura física, que no política, en la cual no me meto. Y tómalo como te apetezca. Pretende ser el relevo de Paulino y lleva tantos años como él en las poltronas.
No solo debemos cuidarnos de estos ejemplares sucintamente descritos, sino que sería menester montar guardia ante la avalancha de rusos que acuden a estas islas en busca de chollos inmobiliarios y –agárrate, que vienen curvas– a comprarnos el clima. Que sí, así lo, leí. Lo manifiestan los responsables de las inmobiliarias que tratan con los susodichos para el cambio de escrituras. Y me surge la duda de que si se adueñan del principal recurso turístico, lo mismo tendremos en el futuro un problema que añadir al petróleo soriano. Como me lo intercambien por el frío siberiano, por lo menos yo hablaré con Revilla y pido asilo político en Sopeña, cuna de Manuel Llano.
¿Y los cuernos del titular? Vamos allá:
Hay un tal Juan Manuel Albendea, cordobés él (de Cabra), que también pudo haber nacido en Toro (Zamora), diputado por Sevilla desde la VI Legislatura –creo que vamos por la X–, cuyos méritos bancarios en el BBVA le han llevado a la presidencia de la Comisión de Cultura. Nuestro hombre es, amén de amigo íntimo del sector masculino del ganado vacuno, vocal de la delegación española en el grupo de amistad con Brasil, que, por cierto, no tengo ni la más remota idea de lo que es, pero me permite deducir que a este taurino convicto y confeso le encanta la samba, y el carnaval de Río, y los movimientos sensuales.
Tiene, además, el honor de haber sido el único diputado que se abstuvo en la votación para admitir a trámite la Iniciativa Legislativa Popular para la Vivienda Digna. Y, al igual que su jefe gallego, afirmó en 2011 que el PP iba a sacar a España de la crisis sin recorte alguno y manteniendo intactas pensiones, sanidad y educación. Pero como nosotros, los electores, somos gilipollas, ya nos hemos olvidado. Lo más, algún dibujito en Facebook que dice “Tengo las conciencia tranquila, yo no voté a Rajoy”, en el que solemos pinchar en ‘Me gusta’ por aquello del que dirán. Va a resultar que los muchos millones de votos que alcanzaron salieron de debajo de las piedras. O de cierta parte de la anatomía taurina. Cornudos y apaleados.
Pues sí, el Manolete este (por lo de Manuel, que no por otra cosa) ha soltado esta lindeza: “Los toros, como el flamenco, tienen unos valores intangibles”. Me da que las valías del animalito (el de cuatro patas) son bastante perceptibles. Hombre, no alcanzan los 500 kilos  –cada uno– de los de la ballena (¿o balleno?), ni esa enorme proporción con respecto a la masa corporal del ratón marsupial pardo o el saltamontes costero, pero si tú vislumbras a lo lejos uno de esos carteles que aún restan en algunas carreteras peninsulares, ahí están colgando de manera notoria y meridiana.
Fue mucho más lejos en su osadía el defensor de este bien cultural como es el pinchar a un pobre animal al que si tiene la desfachatez de defenderse le ponemos la etiqueta de instinto asesino. Y aclaró: “Los toros sienten placer cuando los matan en la plaza”. ¿Lo insulto directamente o me guardo lo que estoy pensando? ¡Ah!, ¿yo debo ser recatado y a él le está permitido exabruptos de tal calibre? ¿Sabes lo que te digo? Y una mierda espichada en un palo. A este tipo –y mira que soy pacífico– hay que amarrarlo a un palo, tal y como su santa madre lo trajo al mundo –eso, en pelota picada– e irle arrancando, uno a uno, los pelos de los cataplines hasta que se muera de gusto. Y si de camino tuviéramos la suerte de que un mosquito se los picara (ya nos aclaró Jaimito en uno de sus chistes que es el animal que los pone más grandes)… Yo soy lóbrego, soez y vulgar. Y él es un angelito al que arriba le pagamos por depositarlos en uno de los sillones de San Jerónimo. Una lástima que no se  rompa un muelle del tapizado y…
Tan valientes para esto y tan cobardes cuando se ven sometidos a un escrache. Para lo que les interesa, aforados. Para lo que no, que le den la puntilla. ¿Y nosotros? Sentiremos enorme deleite cuando en 2015 volvamos a las urnas con otro lavado de cerebro. Energúmenos que somos.