lunes, 21 de octubre de 2013

Gilipollas

Manuel Fernández González, nacido en 1942, El Pinar (El Hierro), criado con quesadillas al socaire del mirador de Tanajara, socio fundador del Parlamento de Canarias y experto en vivir del cuento, amén de perito encuadernado, no es un gilipollas. Lo más, pollastro (o pollastre) en sus años mozos, de cuando andaba por tierras mañas aprendiendo industrias, habilidades y destrezas. Y puesto el pie –derecho, faltaría más– en las ínsulas tras el exitoso retorno, las aplicó hasta las últimas consecuencias.
No, Manuel Fernández González, diputado en el Parlamento de Canarias, superviviente de tormentas tropicales, expropiaciones, pactos, dimes y diretes, no es gilipollas. Porque él es acérrimo defensor de las prospecciones petrolíferas. Y los tontos, lelos y superfluos somos los que abogamos por otro tipo de energías de las que Canarias bien podría presumir. Pero Manolo es ingeniero técnico a la antigua usanza. De los que sostienen que “la gente no es tonta y sabe lo que quiere. Quiere un trabajo, no suplicar ayudas sociales. Quiere un empleo para pagar la hipoteca de su vivienda, mantener a su familia, dar educación a sus hijos y cuidar a sus mayores”. Sí, no ha tanto, de mayo de 2012. Mariano, alias el recortado, se encargó de llevarle la contraria.
Aquellos que no votamos al Partido Popular (cada vez somos más los gilipollas, porque ahora hasta los que no lo eran se están cambiando de bando) hemos caído en un estado de liviandad tal que rayamos la levitación. Vivimos en otro mundo, en una utopía permanente por intentar preservar nuestro entorno para que en 2350, cuando Manolito acuda en silla de ruedas a Teobaldo Power, no se fatigue demasiado, bien sea por el humo de la refinería, bien por el empuje que debe dar al carrito de Antonio Castro, superviviente como él, de la marea negra marroquí (siempre la culpa es del moro).
Tiene razón, mucha, don Manuel: somos gilipollas elevados a la enésima. Por confiar en ineptos y descerebrados como usted mismo. Politiquillos y politicastros (definición de su estimado amigo Eligio) que se tapan las indecencias por si acaso mañana. Salvo excepciones –cada vez más raras y difíciles de encontrar– que tímidamente esbozan alguna nimia contrariedad.
Y como hoy, inicio de semana, estoy dispuesto a tirar la casa por la ventana, le voy a poner más ejemplos que ratifican sus sabias y doctas palabras: los canarios somos gilipollas, en su inmensa mayoría. Porque si no lo fuéramos, estaríamos, como usted, viendo películas (o documentales) en supuestas horas de trabajo en el aparatejo que la empresa puso a nuestra disposición, o con el móvil colgado a la oreja, o leyendo el periódico, o rascándose los mismísimos (orificios nasales).
Somos gilipollas por dudar de que España está en un momento magnífico, que ya estamos saliendo de la crisis, que el túnel  lo hemos dejado atrás, que el campo luce verdito que da gusto, que los catalanes tengan derecho a cuestionarse el método de fecundación de doña Alicia, de que Cospedal estaba nerviosa cuando salió del juzgado y casi le mete un estampido a un árbol que se cruzó en su camino (creció, producto de la recuperación, en el rato que estuvo escuchando a Bárcenas), que muchos alcaldes gallegos populares se hallan inmersos en causas judiciales…
Somos gilipollas por no poner al frente de las instituciones a los monos titíes, animales que son capaces de respetarse el turno de palabra cuando se comunican con otros; por creer que el Senado podría funcionar acercándolo a los ciudadanos (ay, José Vicente, tienes cada cosa); por estimar que British Petroleum va a cometer un segundo error; por no votar a Nacho González (fue su compañero, don Manuel) para alcalde santacrucero, con un capítulo de promesas solo equiparable al que llevaba el PP en su programa; por fiarnos del principal impulsor tinerfeño del manifiesto Bases 2020, Gustavo Matos, quien se comporta como un maleducado redomado en las tertulias radiofónicas (viernes próximo pasado, Cadena Ser, con Esteban González y José Joaquín Bethencourt); por no depositar nuestra confianza ciega en el abogado más dicharachero de este barrio Sésamo, como lo han hecho los expulsados socialistas tacoronteros…
Sí, don Manuel, somos gilipollas. Sobre todo aquellos que, habiendo dispuesto quizás de la oportunidad, no hemos sido capaces de seguir su ejemplo de mamador de la teta pública, bien succionando directamente o a través del ordeño reiterado y continuo.
Sí, don Manuel, somos gilipollas. Por permitir que elementos de su calaña sigan aupados al machito, en beneficio propio y en el de sus familiares más directos.
Sí, don Manuel, somos gilipollas. Por no ser capaces de renovarnos como usted y adaptarnos a las cambiantes circunstancias que rodean este enigmático y proceloso mundo. Qué sería de nuestros mayores si un joven dispuesto, ducho, corrido, hábil, diestro y luchador como usted no estuviera realizando esos abnegados sacrificios.
Sí, don Manuel, somos gilipollas. Algo que yo no diré jamás de usted (lo más, puede que lo piense), pero entiendo se ha hecho digno acreedor a que lo entrevisten por este norte. Cuenta con la ventaja de que se van a entender perfectamente. Su bagaje léxico le va a ayudar sobremanera.
Queda de usted, suyo afectísimo, este gilipollas redomado, que lo envidia sanamente. Es una pena, por razones obvias de edad, que yo no pueda ser partícipe de las andanzas simultáneas de su señoría con el que ahora es su jefe insular tinerfeño en las próximas legislaturas. Lozanía pura por ambas partes. Siempre tuve en buena estima el habla de los herreños. Solo le falta, don Manuel, disfrazarse de carnero en los carnavales de Tigaday. Cuenta con la ventaja de que balar y tiznar ya lo realiza magníficamente.
Y no me resisto a señalarle, sincero que me muestro, que para ser como usted, antes gilipollas. Prefiero la aparente dicotomía entre el susodicho adjetivo y el sustantivo dignidad, antes que ser un indecente representante de los que le han votado. Porque no creo que los millares de gilipollas canarios podamos sentirnos orgullosos de que sea usted nuestro delegado, nuestra voz. Allá usted con sus populares ocurrencias.  Me imagino que las carcajadas del madrileño Soria se habrán escuchado desde Levante hasta La Restinga. Haz otro esfuercito, volcán. ¿O eres también gilipollas?