miércoles, 16 de octubre de 2013

Tremendos historiales

Aquellos que osamos garabatear cuatro letras para someternos al dictado de los que diseccionan el contenido de nuestros pareceres, deberíamos ser mucho más respetuosos con los argumentarios. Aunque este sustantivo, que la RAE nos propone como nueva entrada en la próxima edición de su diccionario (conjunto de los argumentos destinados principalmente a defender una opinión política determinada), viene constreñido a la definición que los académicos han creído oportuno, me permito la licencia de ampliarla a otros ámbitos del común desenvolvimiento de la vida cotidiana, por ejemplo, el periodismo.
Se me achacará que las dependencias son tantas (empresariales, editoriales, subsistencia, precariedad…) que mi utopía no dejará de ser ese estado quimérico al que unos cuantos ilusos aspiramos. Y si añado que también en la vasta extensión de las redes sociales es menester un poco más de seriedad, lo mismo me echan a Marhuenda.
Leí en feisbuc una de las tantas ocurrencias que el juego político nos brinda. Máxime en una época en la que la credibilidad de los que se dedican a la cosa pública se halla en los niveles más bajos que uno pueda imaginarse. En plan irónico venía a ser algo así como que Rubalcaba retornaba a la actividad (política) al creerse aún útil. Manifestaciones del líder socialista en una entrevista imaginaria, bien aprovechadas por los contrincantes populares para disimular por unos instantes las más que notorias carencias gubernamentales.
Aquellos que me siguen en Pepillo y Juanillo, a quienes agradezco el apoyo silencioso, saben de mi no sujeción a disciplina alguna, lo que me conduce, en una aparente incongruencia, a practicar, en la medida de mis posibilidades, una exquisita imparcialidad. O traducido, si un día me apetece darle caña al PSOE, no es necesario que me envíen el recordatorio. Pero al siguiente, lo mismo someto a mi alcalde (PP) al examen más riguroso.
Por ello, a los militantes populares –puede que mañana le dé la vuelta a la tortilla– les rogaría encarecidamente que antes de lanzarse a la aventura de calificar al secretario general del PSOE como un dinosaurio rancio y casposo, dirigieran el espejo a otros caretos de sus propias filas porque a lo peor se llevan una sorpresa. Si en los datos que expongo a continuación cometo errores de bulto, háganmelo saber:
Alfredo Pérez Rubalcaba nació el 28 de julio de 1951 y Mariano Rajoy Brey el 27 de marzo de 1955. Significa que cuando el gallego vino al mundo, el cántabro llevaba 3 años y 8 meses llorando la Internacional y entrenando para los 110 metros vallas. El socialista llega a la política de la mano de Felipe González y el primer cargo relevante que ocupa es el de Secretario de Estado de Educación en 1986. Me pierdo, y demando ayuda, en el cuatrienio habido desde aquella victoria abrumadora del año 1982. Puede que en esos cuatro años haya ostentado alguna responsabilidad. Pero es que don Mariano, aun siendo más joven, ya era diputado en el parlamento gallego en 1981 y poco después Director General de Relaciones Institucionales. No miren, pues, la viga en el ojo ajeno sin antes frotarse los propios por si alguna brizna, o hilillo, les pueda causar una conjuntivitis.
El diccionario –hoy me dio por instruirme– me señala que historial es la reseña circunstanciada de los antecedentes de algo o de alguien. Y un alguien, periodista él, ha escrito: Yo escucho a los buchones que tiene en su tertulia un canal de televisión (sin estudios, sin educación, sin respeto y gordos como cochinos) y me dan ganas de vomitar. Van allí a largar sin tino, sin comprobar ni siquiera si lo que están diciendo tiene algún atisbo de verdad. Patético. Esto es lo que se despacha en esta isla, cada vez más mierdosa.
Se ha ido de esta isla en unas tropecientas ocasiones a vivir en ese país maravilloso que todos tenemos en el magín, en el que ni siquiera se ronca y donde puedes expeler una ventosidad en la seguridad absoluta de que ninguna tele local te lo va a echar en cara. Porque, últimamente, por ahí le duele. Y bien clarito lo formula, pues justo es reconocer que su expresión escrita es de notable alto. Lo malo, tirando a peor, son los vaivenes, incluyendo los más gordos (como cochinos, algo sabrá). O la defensa numantina de otros sin estudios, sin educación, que dan ganas de vomitar y en la seguridad de que todo lo que dicen es bazofia (o mierda, que le gusta más). Patético. La hez del periodismo… ¿Te suena?
¿Que no fui claro? No qué va. España va bien. Al menos en fútbol. Eso dicen. Hasta mañana.