viernes, 22 de noviembre de 2013

Las márgenes, al margen

(V) De hace trece años, de cuando transitaba Radio Realejos. Creo que no cambiaría demasiado. En fin, juzguen ustedes:
Hoy quisiera que perdonaran lo que pudiera parecer petulancia por comenzar hablando algo de mí. No se preocupen lo más mínimo que no les contaré mis andanzas pretéritas. Pero sí de alguna de las presentes. Entre las que se incluye la manía de dar una pateada de vez en cuando. Eso sí, cortita, porque los años no pasan en balde y los discos de la columna comienzan a presentar fallos notorios. Son esas enfermedades que se curan con la natación, singular recurso que los médicos han aprovechado para llenar la piscina de este pueblo, en la que no cabe un bicho y a la que acuden deportistas enfermizos de lugares bien distantes. Pero a lo que iba. Esas caminatas a las que aludía anteriormente, me han permitido agudizar mi capacidad de observación. No ya solamente por mirar con insistencia al suelo para no meter la pata en cualquier hoyo, algo normal porque uno elige aquellos lugares en los que el tráfico no sea muy intenso. Y eso supone que los arreglos del pavimento en esos terrenos sean menos frecuentes que allí por donde el parque automovilístico es superior. Ustedes recuerdan todo el tiempo que estuvo el famoso socavón a la entrada de la carretera de Las Dehesas por El Castillo, hasta que un buen día pasó Lorenzo Dorta, consejero del ramo en el Cabildo Insular, y casi se queda dentro, con lo que decidió poner manos en el asunto.
Es increíble la cantidad de objetos, los llamaremos abandonados, que te puedes encontrar en las márgenes de cualquier carretera. En el tramo que más transito, entre El Castillo y La Vera, puedes hallar, entre otros, los restos de cajetillas de cigarros, colillas, apuntes de cualquier clase de cualquier colegio que no fueron de la total satisfacción de los alumnos, restos de neumáticos de cualquier marca, embellecedores de llantas –también varias marcas–, recipientes plásticos de productos alimenticios tipo Dan´up, otros metálicos –jugos, cervezas y bebidas refrescantes–, otros de cartón, los famosos tetra brik, elegantes bolsas de plástico con restos de cualquier cosa imaginable, ruedas y cuadros de bicicletas, material de oficina diverso, cocinas, lavadoras, azulejos, lámparas, televisores, números de la ONCE –sin premio, claro–, billetes de lotería, rifas de fiestas y colegios, jeringuillas, condones, compresas y un etcétera tan amplio que requeriría varios programas para su simple enumeración.
Cada vez estoy más convencido que es un tema de personalidad, de idiosincrasia, de carácter. Estamos al lado del continente africano, pero nos sigue tirando, y mucho, la fiebre del Sur de Europa. Que nos altera la temperatura y nos calienta los cascos. Dicen los entendidos que es una cuestión de educación, pero después de llevar muchos años en un colegio, cada vez lo tengo menos claro. Porque por campañas de limpieza, cuidado, ornato, embellecimiento, Día del Árbol, Día del Medio Ambiente y todo lo que ustedes quieran, que no quede. Para alumnos, para padres y para todos los que conformamos la Comunidad Educativa. Ni caso. Seguimos abriendo la puerta del coche, miramos por si viene alguien y vaciamos el cenicero. Compramos chicles, caramelos, pipas y pegamos una carcajada del carajo pa´rriba cuando pasamos por varias de los cientos de papeleras ubicadas en cada barrio. Una vez crucé de Francia a España y entré por el archiconocido y famoso Valle de Arán. Pues ni hizo falta que me pusieran un cartel anunciador para darme cuenta de que ya había entrado en territorio patrio. Con mirar las orillas de la carretera tuve bastante. En fin, somos así.
Hasta la próxima.