lunes, 4 de noviembre de 2013

Renovaciones por doquier

Es increíble hasta qué punto piensan los políticos (para mí son los que hicieron de la política su modus vivendi y bien diferentes de los que ejercen un cargo político –orgánico o público– durante un tiempo prudencial) que la proximidad de unas elecciones o el desapego social que destilan, les confiere la posibilidad de redimirse a través de manifestaciones (orales o escritas) en las que pretenden, arriba, pasar por listos al tiempo que incluirnos en el catálogo de subnormales profundos. Y a lo peor nos lo tenemos bien merecido.
He alcanzado un punto tal que desconfío de quienes se apoltronan décadas variando cada cuatro años una o dos líneas de sus discursos programáticos, pero no menos de los que pretenden sustituirlos con arengas que son meros parches en el edificio democrático. Los unos y los otros, albañiles profesionales de la chapuza, juegan con un recipiente de aguaplast, creyendo que con esa macilla es posible arreglar el desconchado, exterior e interior, cuando los embates han causado profundas grietas que exigen operaciones de mayor porte.
Los cachorros (y no es mía la definición) del PP, nacidos y criados todos ellos al socaire de bonanzas y comodidades (para entendernos, que vinieron al mundo con cinco panes, en vez de uno, bajo el brazo), se han aprendido el manual de instrucciones de tal manera que no se recatan en disimular algo cuando las situaciones lo requieran. Qué va, son de pensamiento único, se pusieron las orejeras y tira pa´lante.
En mi pueblo tienen la consigna bien clara. Y algunos, que ya se ven parlamentarios, a tenor de fotos colgadas en sus perfiles sociales, rebuscan en los medios de comunicación que abanderan sus doctrinas para arremeter contra cualquier bicho que se mueva, que pase ante su punto de mira. Observan los andares del venezolano Maduro (manda castaña el apellido) y el calificativo más generoso que le dedican es el de imbécil (alelado, escaso de razón). Pero aplauden con las orejas a otro local, aparentemente tan descerebrado como aquel, que nos deleita con tantas, o mayores, gilipolleces.
La carta abierta que exdirigentes de IU, con el añadido garzoniano, han hecho pública ante la inminente Conferencia Política del PSOE me parece otro capítulo teórico de buenas intenciones, pero de una sustancial falta de calado en las reformas prácticas que la izquierda debe acometer. Lo que se me antoja otra manita de barniz con que encubrir el modus operandi establecido. Creo que hay miedo –puede que pánico– a establecer diferencias por el temor a la reacción del electorado. Sin percatarse de que es ese tremendo parecido en la manera de afrontar la gestión y administración de los recursos lo que confunde a una población que se hastía de ver a los unos (PP) y a los otros (PSOE) trazando esquemas similares.
Vuelven los llamados a la participación activa, a los espacios abiertos, a la regeneración y renovación de la política (cantos de sirena) y eslóganes del bien quedar (“Nuestro objetivo es la derrota de la derecha”), cuando la gente está –estamos– hasta los mismísimos de panfletos, ponencias y declaraciones. Y quiere –queremos–, demanda –demandamos– hechos, acciones, menos decir y más hacer. Porque para ese restablecimiento y mejora de lo que sostienen haberse degenerado, no es suficiente ese calco de recetas. Es más, me leo el programa de las anteriores elecciones del Partido Popular –el nacional y el de mi pueblo– y las concomitancias saltan a la vista.
Se tiene tanto miedo al qué dirán, al cómo nos saldrá, que se echa mano de una guía para elaborar esquemas de actuación que yo denomino del ‘no mojarse por si acaso’. Y resumen todo el progresismo en frases como esta: “Es imprescindible que la Social Democracia de un paso hacia delante’. Escóndanse por si los tachan de socialistas, sin más, sin etiquetas, sin tapujos. ¡Ah!, y si esta misiva es calificada por algunos entusiastas como una avanzadilla, a peor la mejoría. A lo más se atrevieron a “nuevos liderazgos compartidos con la sociedad”. Eso sí, no levanten mucho la voz que se puede incomodar don Alfredo. Vaya renovación.
Y en ello estábamos cuando surge la neófita Rosa María Díez González, cuya bisoñez, candidez y… pardiez, qué cara se gasta. Su proyecto, muy personalísimo y de ella misma mismamente, no es de izquierdas ni de derechas, pero tampoco de centro. No es de derivadas ni de integrales. Ni de combinaciones ni de permutaciones, lo más de variaciones.
Se subió al carro a los 25 años y ahí continúa. Avanza en ocasiones, retrocede las más, rumbo a la izquierda durante mucha parte del trayecto y viraje a estribor en esta última singladura. Su ficha personal del Congreso anuncia que cursó estudios administrativos (¿?) y es funcionaria en excedencia. Vete a saber qué estudios son esos y de dónde es funcionaria. Debió tomar posesión y adiós muy buenas.
Quien se nos presenta como la salvadora de las desgracias españolas nació en 1952. Y a sus 61 años presume de ganarle a Isaac Valencia. Agárrate cuando tenga los 76 del exalcalde villero. En 1979, un año y poco después de haberse afiliado al PSOE, ya llevaba Régimen Interior y Bienestar Social en la Diputación Foral de Navarra. En 1983 ascendió a vicepresidenta de sus Juntas Generales. Desde 1986 a 1999 pasó a formar parte del Parlamento Vasco. Durante el pacto de gobierno con el PNV fue consejera de Comercio, Consumo y Turismo (1991-1998). En 1998 se presentó a las primarias para elegir candidato a lehendakari, siendo derrotada por Nicolás Redondo Terreros. Comienzan las desavenencias (a la señora no le gusta perder), que se acentúan cuando se rompe el pacto de gobernabilidad. No obstante, como volver a ser simple funcionaria no entra en sus cálculos, ni inmediatos ni mediatos, encabeza la lista del Partido Socialista a las elecciones europeas de 1999. Y se va a Europa, que se dice. Repite en 2004, como número 2. En el año 2000 compitió para la Secretaría General del Partido con Zapatero, Bono y Matilde Fernández. No solo perdió sino que fue la que menos votos obtuvo. Ha sido concejala en Güeñes (Vizcaya). En 2003 encabezó la lista para la alcaldía de Ondárroa (Vizcaya), no obteniendo ni siquiera un concejal. Después de muchos tiras y aflojas, el 25 de octubre de 2006, escenifica, con su abstención en la votación de la propuesta del grupo socialista de la Eurocámara para iniciar el proceso de paz con ETA, el divorcio definitivo y se inician los acercamientos a Ciutadans de Catalunya, su oratoria se torna más cercana a los postulados del PP (y las tertulias en Telemadrid son buena muestra). Al poco tiempo se incorpora a la plataforma Basta ya, para crear, a su imagen y semejanza, el partido Unión, Progreso y Democracia (UPyD) en 2008. Y el resto ya es historia reciente.
Y cuando la veo en la tele, ayudada de su look juvenil y veraniego, me digo –sí, a mis interiores íntimos de adentro– cómo pude yo desaprovecharme de tal manera. Tenía que haber seguido y ahora mismo estaría en condiciones de ofrecerme como la alternativa, pues apenas llevaría treinta años, como Juan Dóniz, y eso es tanto como estar empezando a vivir. Claro, no tendría barba, iría a la sesión de masaje diaria y tendría la piel tersa como el culito de un niño. Pero lo mejor sería mi discurso. Rescataría las arengas mitineras de finales de los setenta y…
Y… Manda pejines, lancha rápida. Vamos como los cangrejos. Renovaciones, esgrimen. Y las que quedan por vislumbrar. Y que yo las vea, aunque me enrabiete todo.