miércoles, 13 de noviembre de 2013

Una lección magistral

Hace años –bastantes– estuve en San José. Y allí, en amenísima charla, compartí durante buen rato con los alumnos de la tutoría del amigo Alonso Borges las vivencias de dos personajes entrañables: Pepillo y Juanillo. Acción que luego se repitió en el colegio San Sebastián, de Realejo Bajo, de la mano del padre de un gran timplista, Pedro Izquierdo, pero mejor maestro, el también amigo y compañero del gremio Venancio (Izquierdo como el hijo, claro).
Una anécdota se me quedó grabada de manera especial. Uno de los chiquillos me miraba sorprendido y cuando le correspondía hacerme la pregunta de rigor me hizo la siguiente reflexión: “Yo creía que todos los escritores eran viejitos y con barba”. Si me columbrara ahora, taytantos después, seguro que le cuadraría mi físico en sus esquemas. Siento haber desilusionado al infante, para satisfacción personal, al estimar el mozalbete que era aún joven para su preconcebida idea.
Recordé estos pasajes porque hace un rato pude leer en el sitio del ayuntamiento ramblero el texto que a continuación transcribo:
"El Ayuntamiento recibió ayer la visita de los alumnos de los primeros cursos de primaria del CEIP Francisco Afonso Carrillo, que descubrieron de manos de nuestro primer Teniente de Alcalde Marco Antonio Abreu, qué oficinas tiene el edificio, qué trabajo se hace en cada una y además pudieron aprender cómo funciona una sesión plenaria y el proceso de toma de decisiones en el municipio".
Hago la pertinente salvedad: el subrayado es mío. Y como no tengo por qué dudar de lo que desde el consistorio se nos señala, me asalta terrible dilema: Pobres alumnos, qué trauma para el resto de sus vidas, para qué hacerlos pasar por semejante calvario, qué necesidad de amargar tan tiernas conciencias. Con lo felices que ellos acudieron al noble edificio, para qué indicarles –a lo peor con pelos y señales– cómo, y qué instructivos, son los debates en los plenos municipales. Pero si ya tienen sus manuales de lectura, estipulados cada comienzo del periodo lectivo y para cuatro cursos, ¿con qué aviesas intenciones se les cercena su candidez e inocencia?
Menos mal que llevo jubilado unos cuantos septiembres. Si yo ejerciera en el centro que lleva el nombre del que fuera entrañable alcalde portuense, no estaría muy tranquilo, sino más bien preocupado. Ignoro quién impartió la clase por la que, supuestamente, los alumnos grabaron en su casi vírgenes neuronas el intríngulis de la susodicha sesión plenaria. No quisiera pensar que les hayan hecho escuchar el audio de las habidas recientemente. Esperen un momento que me sacudo la cabeza para alejar de mí estas indecentes cavilaciones.
He pensando en varias ocasiones cerrar este blog, dar el carpetazo y dedicarme a escupir  (te juro que quería poner escribir y el ordenador se trastocó, pues así lo dejé) boberías en las redes sociales. Vende más. Y estoy cansado de que me feliciten los socialistas cuando opino de los populares. Y a la viceversa, que decía el gran Juan Espuela, en la finca de La Gorvorana. Qué necesidad tienes tú de eso, me espetan casi todos. Pasa de la política, me reprochan otros tantos. Y no sé cómo explicarles que no puedo, que es algo superior a mí. Es –o debe ser– una sensación idéntica a la que perciben alcaldes y concejales que viven agarrados a un sillón, más pegados que una lapa en cualquier risco de El Guindaste.
Aunque pierdo muchos minutos del día, de la muy ajetreada agenda, en teclear, alguna satisfacción me produce muy de vez en cuando. Como también estoy en Twitter –qué modernidades, si mis padres levantaran la cabeza– también ayer recibo un mensaje: ¿Conoces a Paulino Rivero? Pasada esa primera reacción en la que te dan ganas de contestarle y a ti qué te importa, me fijé que, asimismo, me remitían otras sugerencias de amistad que guardaban relación con el presidente autonómico. Una de ellas era Romerías Canarias (@romeriacanaria). Es que están en todo y aun en la distancia saben de mis novelerías y que allá donde vaya el sauzalero estaré esperándole con los brazos abiertos y la bota bien repleta.
Y tal y como empecé, finalizo. El pasado domingo tuve un intercambio de pareceres con un paisano de San José. No sospechoso, como los de San Juan. Y no difería demasiados centímetros su criterio del mío. Y mira que presumo de tener amigos en el otro platillo de la balanza (política). Pero llegamos a la conclusión de que las lecciones que se difunden en el noble y coqueto pueblo de San Juan de la Rambla, no vienen confiriendo notables enseñanzas o moralejas, salvo que Tomás, Marco, Félix, Jonay, Juan, Vanessa e Iván –quienes se deben al sobre de fin de mes– nos quieran hacer ver lo contrario.
Dejen a los chicos tranquilos en sus escuelas y no les inculquen malas ideas desde tan temprana edad, que lo que se cría cambado ni la mejor pedagogía ni la más exquisita didáctica serán capaces de recomponer. ¿Ejemplos? Chacho, ¿otra vez?