lunes, 9 de diciembre de 2013

Mago lo será usted

(In)determinado periodista de estos contornos, provocador, currito, echado pa´lante, pero giroscopio que mece el viento, encontró tiempo ha tremendo filón con la figura del mago. Del nuestro, del canario. Ese que suele ser imitado en romerías, bailes y fiestas típicas con sombreros cargados de telarañas (¿Y por qué no te cargas una piña de 70 kilos desde la Cruz del Teide hasta El Calvario, cachanchán?), y vilipendiado por quienes se han autoproclamado señoritingos, aunque ahora venidos a menos. De los que presumen de linajes de alta alcurnia, que se han creído poderosos en los tiempos en que poner la pata arriba del pobre desgraciado era señal inequívoca de ordeno y mando. Con reverencia y sombrero en mano. Pero que el destino, o las vueltas de la vida, han sumergido en el lodazal más abyecto e inimaginable. Que mendigan en pesebres en los que otrora vislumbraban zafiedad y no se recatan en lamer culos que fueron dianas pordioseras, que gustan usar retambufas sin recato ni disimulo. Primates evolucionados (a lo ancho), pero orangutanes en suma.
Que utilicen al gomero con el ánimo de zaherirlo en los chistes de poca monta, me produce tanta desazón como el recurso aludido de tomarle el pelo al campesino que jociquea la tierra de sol a sol y que solo levanta la cabeza para secarse el sudor con el dorso de sus callosas y avejentadas manos. Y que malvende sus productos al encumbrado escritor para que luzca con total esplendidez su oronda anatomía (y su panza de culichiche).
Cualquier motivo es idóneo para meterse con el mago. Porque si el pobre infeliz agenció una bañera para ponerla en su huerta y pueda abrevar el ganado, es bruto, animal y ruin. Si algo lo caracteriza es la contumacia. Lo malo, o lo gracioso, es que el vilipendiador parece no percatarse de que mucho de lo que esgrime se le ha ido pegando. De tanto poner etiquetas, cada vez se halla más rotulado.
Y de rótulos va nuestra historia, ahí tienen la foto. Por el comercio que vemos, deduzco que se trata de Tacoronte. Y los que transitamos, siquiera de vez en cuando, la carretera vieja que atraviesa el pueblo, sabemos que disponemos de varios enlaces a la autopista. Por lo que si tú te sitúas con el coche mirando al norte, al mar, al océano (todo bien explicadito por si acaso), puede ocurrir que te venga mejor girar a la derecha para venir a Puerto de la Cruz, o a El Sauzal de Paulino (por cierto, bien te quiere de nuevo), porque el acceso a la TF-5 quede a una distancia inferior al otro que puedas encontrar si giras a la izquierda. Ocurre algo parecido en estos momentos en la Casona de La Gorvorana. Si vienes desde La Longuera, hallas una señal que te indica que Puerto de la Cruz queda hacia la derecha, en dirección a El Bosque y la antigua autovía. Mientras que los que conocemos los contornos sabemos que hacia el otro lado, El Toscal, llegamos antes si bajamos por el Maritim. O cuando desde Los Realejos queremos ir a Los Cristianos, ¿por qué no podemos hacerlo por Erjos? Son meras ópticas, para los más, pero que al gracioso le parece sandunguero.
Aquí se trata, lisa y llanamente, de vilipendiar al operario que siguiendo las instrucciones de un superior ha ubicado los carteles donde se le ha indicado. Pero el arquitecto, el ingeniero, el aparejador y demás especímenes que han transitado por aulas universitarias (incluyan los periodistas) no son magos, son excelentes personas, merecedoras de un respeto y una consideración. De ellos no podremos jamás sacar el chiste fácil. Es el otro, el que jala por la guataca, el jodido mago y miserable, el que lo hace adrede, por malquerencia, por joder. El que tiene un don especial que le sale de dentro. Y lo realizan al trancazo.
Mucho jugo se puede extraer, y a los hechos me remito, de las boladas del mago. Lo que alegra sobremanera al boludo de turno (versión mexicana). Y ha creído conveniente estimar, tras la contemplación de la foto, pensar que es el humilde trabajador el culpable del posible desaguisado. Al que le hemos conferido, eso escribe, la potestad de dirigir el tráfico. Por lo que “la ley de Seguridad Vial en sus manos es un instrumento mortífero”.
El velillo es el nieto del mago. Y el comemierda es el descendiente directo del mono que acompañaba al director-editor-propietario de cierto medio de comunicación cuando las piedras rodaban en sentido contrario al que lo hacen en la actualidad. Mi abuelo fue mago de la platanera. En el oficio le siguió mi padre. Mago fue, igualmente, el gran don Antonio González, premio Príncipe de Asturias. Y yo lo fui a tiempo parcial porque el maestro de la escuela de La Longuera (don Andrés Carballo Real) creyó conveniente que siguiera estudiando en aquella época difícil, de penurias y miserias. Por todo ello, me duele enormemente que un vil y arrastrado personaje haga ascos de quien le está dando de comer. Vaya para él mi desprecio más absoluto. La culpa, como en política, la tenemos los que pasamos, los que callamos y los que argumentamos qué le vamos a hacer, déjalo estar
Concluyo. Los comportamientos rastreros, mezquinos, ignominiosos de opinadores tarambanas, veletas y anemómetros (para medir los otros vientos) no son una filosofía, son una desgracia. Que aún soy capaz de tomar en préstamo frases o expresiones de buenos escribidores (sin connotaciones coloquiales). Aunque no lo comparta, justo es reconocer que se puede hacer buena literatura con untaduras escatológicas. Lo cortés no quita lo valiente. Que usted lo disfrute bien. A los postres, a ser posible.