martes, 21 de enero de 2014

Cuatro apostillas

Pero antes, a modo de exordio, el agradecimiento a todas las visitas al post de ayer. Fueron muchos los que se alongaron a sus párrafos. Entiendo que lo que sucede en San Juan de la Rambla es de tal enjundia que el sentimiento de rabia, hastío y asco (rayando la porquería) cunde en la población. De lo que me alegro, porque buena falta está haciendo señalarles a los innombrables que ya está bien.
El señor González Pons no se prodiga actualmente demasiado. Han debido advertirle al personaje desde la dirigencia popular que en boca cerrada no entran insectos alados. Aunque siempre deja alguna que otra perla. Como esta: “Una vez salvada la prima [de riesgo] tenemos que salvar [del riesgo] a las personas [los primos]”. Las aclaraciones entre corchetes son mías. Porque hacen falta muchos Gamonales para dejar de hacer el primo siempre los mismos. Y ya se me está rebosando la cachimba. No contentos los señores políticos de alto copete con tener libres sábados y domingos, se permiten el lujo de trabajar solo martes, miércoles y jueves. Te pongo el ejemplo de los parlamentarios. Como todos ellos se encuentran bien ubicados en el engranaje orgánico de sus respectivas formaciones políticas, los lunes acuden a comités y demás zarandajas para tocarnos las narices con declaraciones como la anteriormente señalada. Y los viernes ya están de vuelta en casa para visitar a sus correligionarios e indicarles que todo va bien. Para ellos. Porque tú y yo seguimos fastidiados. Como me sigan calentando, pago los dos euros, firmo el documento sin leerme la letra pequeña y participo en la elección de candidato. A ver si me nombran asesor de algo. Qué ilusión. ¿Y qué quieres? Yo sí puedo decir que no voté a Rajoy.
El juez Emilio Calatayud, el de las ejemplares sentencias a menores, ha manifestado por enésima vez que menos leyes y más sentido común. Que hablamos mucho de derechos y bien poco de deberes. Mira que he escrito de ese particular. Regados por periódicos y otros medios deben estar decenas de artículos al respecto. Que se entremezclan con actuaciones en el ámbito docente. Tanto que sugerí al entonces consejero de Educación del gobierno canario, José Antonio García Déniz, que cambiara el título del decreto que regulaba esta faceta para el alumnado. Que consistía, simplemente, en ubicar primero los deberes (muy pocos) y luego los derechos (amplio elenco). Maldito caso. Porque un servidor entiende, y así se lo manifesté siempre a los chavales, que estaré en condiciones de ‘exigir’ derechos cuando se halle cubierta la cuota de mis obligaciones. Y que solo aquel que se encuentra con la pertinente hoja de servicios bien completa, se deberá sentir legitimado para las reivindicaciones de rigor. Lo malo es que el mundo de la escuela sigue o marca derroteros bien distintos que los que la calle ofrece a cada vuelta de la esquina. Y a río revuelto, ya se sabe.
La sociedad necesita espejos, modelos. Porque las carencias son harto notorias.  Creo que la inmensa mayoría de docentes está por la labor. Tíldame, si te place, de sectario. Pero si establezco la debida comparación con los políticos (muchos de ellos desertores de tizas y pizarras), la carcajada surge sonora. Solveida Clemente es alcaldesa de un bello pueblo gomero. Ni corta ni perezosa (es frase hecha) ha soltado esta prenda: “Es preciso que repita candidatura, queda mucho por hacer en Hermigua”. Y se quedó tan ancha. Y relajada. Si no lo hace ella, nada que rascar. No hay en el bonito paraje de aquel valle personaje alguno que pueda llevar a cabo la tarea. Solo Solveida, la más bella y capacitada del lugar, se siente con los arrestos suficientes para tan duro quehacer. ¿De qué partido es la susodicha? ¿Y qué importa eso? ¿Cambia en algo la situación? Siempre quedará mucho por hacer, angelito. Así se perpetúan. Y nosotros, los imbéciles, los votamos. Con lo fácil que es cambiar una letra. Por la be grande de antes.
Parece que un tal Fernando Sebastián es cardenal recién nombrado. Ignoro cuáles son los méritos para ocupar esa posición en la jerarquía eclesiástica. Pero este representante del colectivo más numeroso de ‘hombres solos’ (o de mujeres solas), ha venido a reconocer que la homosexualidad es una deficiencia, una enfermedad, pero que se puede tratar, que tiene cura. Ya tú ves, lo de cura lo entiendo perfectamente. Es, por ejemplo, como la hipertensión. Este tío (lo siento, no puedo llamarlo padre) está colocado. Y lo mismo no es del vino de la consagración ni del incienso. Con los centenares de casos de pederastia que tienen en su gremio, se permite, el muy osado, inmiscuirse en vericuetos tan resbaladizos. Es que no tienen solución. En vez de dejar trabajar a tantos curas jóvenes e involucrados y permanecer callados en la soledad de un convento, lanzan diatribas que hieren hasta el mismísimo Papa. Que se cuide o no va a durar un suspiro. Deben ser los herederos directos (por vía paterna) de aquellos que nos confesaban en nuestra etapa colegial y que te pedían pelos y señales de cómo habías pecado contra el sexto mandamiento. Sí, el de los actos impuros, más de obra que de pensamiento. ¿Qué receta tendrá preparada el angelito para que sanen los pecadores? No deberá contener oración alguna. Lo mismo piensa reunirlos en una habitación con revistas de chicas en traje de Eva. O al revés, que tanto monta (esta vez sin dobles).
Voy a dar una vuelta a ver si me pasa este sofoco. Quedamos para mañana. Sean felices y no se informen demasiado.