miércoles, 8 de enero de 2014

Gestos

Me fui al diccionario –qué raro– y busqué las diferentes acepciones del vocablo gesto. Porque creo a pie juntillas en políticas de gestos. Pero no los del bien quedar, los de la pose y la sonrisa falsa. No, me refiero a las de la ejemplaridad, a las modélicas, a las de ideales. Si te atreves, y te felicitaré por ello, a las utópicas.
De los significados antes aludidos, me quedé con estos: semblante, cara, rostro; acto o hecho; rasgo notable de carácter o conducta; aspecto o apariencia. Toma, por favor, lo de cara o rostro en el concepto de espejo del alma, que se dice, porque jetas (caras) nos sobran, para nuestra desgracia.
Y hoy me apetece contar varios hechos que los relaciono con lo anteriormente expuesto. E iniciamos el recorrido con el temporal de mar habido horas atrás. En todas las crónicas, la nota se puso en los daños causados por el oleaje. Si contemplaste alguna imagen, habrás observado que ninguno de los marullos llegó al Belair (pon tú otro ejemplo, si lo crees oportuno). Los destrozos, al igual que cuando corren los barrancos, se producen allí donde el hombre estimó conveniente demostrarle a la naturaleza lo currito que es. Y la susodicha (naturaleza) cuando se enfada, pasa lo que pasa. Me pregunto si es la marea alta la que causa pavor o somos nosotros los que le facilitamos la labor.
Un comentarista televisivo, allá en La Bombilla palmera, espetó anoche que a las doce iba a subir la marea y podría ser peor. Es la primera vez en mi vida que escucho que la pleamar viene de sopetón. Yo pensaba que transcurrían seis horas desde la anterior bajamar. O aquel vecino de Mesas del Mar, de un tercer piso, que nadó en su domicilio por dos ocasiones. Y lo contó con pelos y señales. Menos mal que yo no soy perito de seguros. No entrevistaron a los inquilinos del primero y el segundo, quiero pensar, porque ya estarían ahogados. Son los gestos: currito, echado pa´lante, primera línea de costa.
Hasta los pescadores de ahora son mucho más ‘modernos’. En La Santa (Tinajo-Lanzarote), el mar rompió incluso sus aparejos. Jolines, vaya conocimiento de la que se avecina. Con esos no salgo yo a pescar ni en fotografía. Antes los del Puerto subían las lanchas hasta la Plaza del Charco. Y mares bravos, toda la vida.
Vamos con otro. El juez Castro imputa por segunda vez a la Infanta. Miquel Roca, su abogado defensor, basándose en la oposición del fiscal anticorrupción (el mundo al revés), recurrirá a la Audiencia de Palma y… desimputada ipso facto. A su señoría le queda un suspiro en el caso. Los ciudadanos quedamos estupefactos ante estas situaciones y desamparados ante una justicia (con minúscula bien chiquita) que no es igual para todos. El gesto del discurso navideño del pasado año de su mismísimo padre fue un insulto más para… TODOS. Ya me estoy imaginando las llamadas telefónicas y presiones que debe estar sufriendo el magistrado desde todas las instancias de la judicatura. Un día de estos le roban la moto. Este gesto real y a la patética imagen del monarca el pasado día seis son dignos de enmarcar.
Un tercero (o terceros). Los que les pedimos a los políticos para que sean ejemplares en sus comportamientos, que prediquen en su quehaceres con aquello que imponen al resto de mortales. Recorten en sueldos, cargos y demás parafernalia en las instituciones. Eso es demagogia de tu parte y sabes que esas medidas no solucionan nada porque es una ínfima parte de… y tal y cual. Pero es un gesto. Que unido a miles de gestos más. Ni caso. Y si echamos a estos, ¿los otros, los que vengan serán mejores o mangarán más? Y así nos va. Ni de aquí para allá ni de allá para acá. Todo manga por hombro. ¿Las inversiones? Cuando haya o fluya el dinero. Y todavía escuchas a más de uno argumentar que en su vida privada cobraba más. Si eso fuera verdad, lancha rápida, dejabas la política más rápido que volando.
Concluyo con el cuarto. El gesto del futbolista del Madrid Di María. Ni lo conozco de nada, ni sigo este deporte desde hace tiempo, ni es mi misión defender a nadie. Vi ese instante porque alguien lo colgó en Internet y la curiosidad me picó. Y he ahí la palabra clave: picar. ¿A ti no te ha picado uno siquiera un par de veces? ¿O los dos? Pero si a cualquier hombre que se precie si hay algo que lo caracteriza es estarse echando mano a los cataplines o acomodándose el pantalón porque se le baja como consecuencia del peso de los mismísimos. Qué falsos somos. Si al pobre muchacho, como producto de sus andanzas por el campo, se le salió un fisco del slip, ¿qué tiene de malo que haya intentado devolverlo a su posición original? Además, si apenas fue un roce casi sin consecuencias. Es más, creo que el destinatario del supuesto masaje ni se percató. Yo veo más delito el que se pasen todo el partido echando escupitajos en el césped. Eso si que es una actitud hedionda (con jota).
Del gesto de La Razón (“El canterano entró sobrado de lo que adoleció el resto”) prefiero callarme, porque si escribiera algo, de repente tengo que rascarme si pienso en el significado del verbo adolecer. ¿Te imaginas dónde? En la cabeza. ¿Otra vez?
Hasta mañana.