jueves, 20 de febrero de 2014

Utopía

Jesús se hallaba ostensiblemente perturbado. Sentado en una molesta silla de tijera y ubicado en el costado izquierdo de  aquella vetusta mesa, se frotaba las manos una y otra vez. No era solo el penetrante frío que se colaba por los resquicios de las traviesas de madera de aquel cada vez más incómodo deposita culos. Que también. Pero se debía, sobre todo, al general nerviosismo que flotaba en el ambiente del concurrido salón. Un tufillo, mezcolanza de resquemores y deseos de notorios cambios, se respiraba sin necesidad de profundas inspiraciones. Daba la impresión de que los ocultos pensamientos acumulados a través de los duros años de tragar sapos, se iban añadiendo a la cada vez más significativa capa formada por el humo de los cigarrillos. Ni siquiera la peculiar atmósfera viciada fue capaz de hacer disminuir el temor y la sensación temblorosa que recorría su cuerpo. Y como eran de los mentados como fuertes, bien apestaban los condenados.
Dejó volar la imaginación por unos segundos y recordó la cantidad de noches que tuvo que dejar la ropa, salvo los calzoncillos, en la escalera para que en su casa no hubiese otro sermón al día siguiente. Ahora, cuando los años transcurridos lo han sumado al carro de los no fumadores, se percata de cuánta razón tenían quienes debían aguantar aquellos aromas indeseados. Demasiados fueron los ¡fos! que se intercalaron en conversas y reproches, a cada cual más ilustrativo o quizás categórico.
Era escaso el tiempo acontecido desde el finiquito del anterior régimen. Pululaban aún, o se intuían, acaso, animadversiones de nostálgicos que atisbaban síntomas de pérdidas del ordeno y mando. Aunque la incorporación cuasi masiva a una agrupación electoral, en el ánimo previsor de no perder las denominadas cuotas de poder, podía mínimamente dejar entrever leves resquicios por los que pudieran colarse aires de libertad. No contaban, probablemente, con que afloraran otros sentimientos que habían permanecido latentes varias décadas.
Transcurría la segunda quincena de febrero. La cumbre estaba cubierta por un singular manto blanco fruto de la última borrasca atlántica. Y en la noche –sí, en una de esas claras en las que el pelete baja raudo y veloz por quebradas y barrancos– parecían acrecentarse los temores. No estaba cómodo, no.
La pierna derecha, apoyada en la otra traviesa, una de las dos que sujetaban las patas, parecía dotada de movimiento propio. Apenas podía disimular el reiterado meneo que, a la par, transmitía su longitud de onda al raído mantel rojo con el que se intentaba dar cierto toque de elegancia al estrado de los improvisados oradores. Aunque allí nada peligraba. Ni distinguidos centros de mesa ni una mísera botella de agua con la que aliviar la sequedad de unas gargantas no habituadas a ejercicios de tal calibre.
Novatos los oradores y principiantes los escuchadores. Los primeros no habituados al palique en público y los segundos menos entrenados en la ingesta de potajes orales. Pero se intuía cada noche ciertas dosis de interés.
Se había diseccionado el pueblo como antes jamás se programó. Y el boca a boca funcionó. Cada núcleo de población, grande o pequeño, tuvo cabida en la cuantiosa ración de mítines. Los más viejos de cada lugar rememoraron aquellos lances que estuvieron dormidos cuatro largas décadas. Y rescataron fragmentos prohibidos. Volvieron a sentirse útiles y contagiaron a la generación nacida sin historia.
Sentidos y prolongados aplausos sonaron en el local iluminado por una tenue bombilla que pendía del techo, con un arcaico cable paralelo trenzado y que contenía millones de cagadas de cuantos insectos tuvieron a bien posarse en su trayecto de apenas un cuarto de metro. Pudo ser blanco, pero ahora era de un canelo oscuro, tirando a negro.
¿Podría ser el inicio de algo más largo? Podría. ¿Podría se la consecuencia de la amenaza de contar, con aderezos literarios, pasajes existenciales? Podría. Pero es tan corta la distancia del haber y tan prolijo el caudal acumulado en el platillo del debe, que me temo no vaya a ser posible. Aún. Tengo la intuición –¿o la certeza?– de que la ilusión murió a finales de los ochenta y comienzos de los noventa. Seguiré rebuscando en las gavetas. No descarto sorpresas.