jueves, 13 de marzo de 2014

Más naturaleza, por favor

En algún que otro comentario nuestro hemos hecho alusión a de­terminadas actitudes que, bajo nues­tra particular visión, están deterio­rando los cada vez más escasos re­cursos naturales que nos quedan. Si­gue empeñada esta isla nuestra en no crecer. No se da cuenta –egoísta ella– que está perjudicando enorme­mente el progreso y desarrollo de nuestra civilización, que necesita espacios –muchos espacios– para destrozarlos, esquilmarlos.
Hicimos, hace unos días, referen­cia a una auténtica romería por los montes del Valle de La Orotava. Una triste romería con olor a gasolina y neumáticos. Y nos entristece sobremanera el comprobar cómo en Montaña Blan­ca, en El Chinyero y en los lugares más insospechados aparecen las huellas de los todoterrenos. Tal vez cada señal venga a demostrar la autosuficiencia de quienes manipu­lan tales artilugios. Y debe ser sín­toma de adelanto, de cultura, de progreso, el marcar dominios en los más recónditos parajes. De pena nos parecen esas carava­nas motorizadas que, un día sí y el otro también, masacran montes, meten sus narices –cual perros de presa– en arriesgadas aventuras.
Tras funcionar varios años, ahora nos estamos dando cuenta de que el teleférico se está cargando nues­tro Teide. Y se han elaborado las po­sibles soluciones para arreglar el desaguisado armado en el cono del pico más alto de España; hasta pensaron en vallarlo. ¿Y por qué no cortarlo y trasladarlo a otro lugar más seguro donde no haya teleférico? Mejor solución: ¡Fuera teleféri­co! El que quiera subir que lo haga caminando que a lo largo del año hay épocas para todos los gustos.
Por si la avalancha fuera poco, he­mos leído, con sorpresa e indigna­ción, sobre una travesía por los be­llos paisajes que encierra el interior de la isla, a través de los más recón­ditos lugares de Tenerife en la que se puso a prueba la habilidad de los conductores y la aptitud de los ve­hículos para superar situaciones al límite de lo (im)posible. Hasta se llegó a la cima de Montaña Guajara para divisar la extraordinaria y paradisía­ca vista de las Cañadas. Increíble. La próxima hazaña podría ser la presentación del mejor jeep del mundo en la cima del Teide, para celebrarlo por todo lo alto.
Mientras, ¿no tiene nada que de­cir la Dirección General de Medio Ambiente del Gobierno de Canarias? ¿Por qué en lugar del programa Ju­ventud y Medio Ambiente no pro­pusieron un motocross que le encanta a los chicos? Hasta cierto reparo nos da ir a ca­minar esos domingos de Dios por nuestros montes, ya que, al no ha­ber semáforos, nos puede atropellar un desaprensivo que no respete un ceda el paso. Si de lo que se trata es el demos­trar habilidades en semejantes mon­turas, ¿por qué no concursan para ver quién conduce más y mejor con las ruedas pa´rriba?
Cuando el consejero de Política Territorial y el director general de Medio Ambiente leen esas noticias que a nosotros nos entristecen, ¿no sienten deseos de hacer algo? ¿No reciben ustedes información, fo­tografías sobre las consecuencias de las invasiones? O nos duele la Naturaleza a todos –en especial a nuestros dirigentes– o empecemos a dolernos, a llorar públicamente nuestras incongruencias.
Después de la agotadoras jornadas por pedregales terrenos deslizantes, polvorientas pistas de sinuoso traza­do... llegaron los comentarios y anécdotas de las mismas. A buen se­guro, allí nadie se acordará de que, tal vez, a la vera de los caminos han quedado jaras, brezos, corazonci­llos, y un largo etcétera, cuando me­nos, asfixiados de progreso.
No contentos con la destrucción en las zonas costeras, se­guimos empeñados en ir escalando peldaños poco a poco. No contentos con los desperdicios de aquí abajo, pretendemos llevarlos a lo alto; para que queden más elegantes. Al final exclamaremos todos muy contentos: ¡Viva el plástico! ¡Vivan las latas! En suma, ¡Viva la mierda!
Es en estos momentos de rabia, de impotencia, en los que comprobamos cómo el que puede no quiere, cómo el que debe no lo hace, cuando nos viene al recuer­do las palabras del doctor en Cien­cias Biológicas, don Juan José Bacallado, que prologaban el libro “En las manos del Volcán”, de Zenón/Garcíarramos, y que, con todo respeto y admiración, nos atrevemos a reproducir.
Nada me satisface más que en­contrar en mis Islas, en nuestras Islas, almas gemelas que como la mía sientan y se duelan por su Na­turaleza maltratada...
Me atrevo a dar un grito de alarma sobre unas islas que se desertizan a pasos agigantados, que se nos es­capan de las manos, que agonizan en la tierra y en el mar.
Mientras, la vida sigue su curso inexorable. El progreso sigue in­giriendo en sus negras fauces lo poco bello que nos queda. Luego, pasa­dos los años, cuando ya poco puede ser posible, alguna mente lúcida exclamará:
¡Qué va! ¡Esto no puede seguir así! ¡Habrá que buscarle remedio!
Comenzarán concursos, ideas, proyectos para salvar una Naturale­za moribunda. Y llegarán a la triste conclusión de que el remedio no nos podrá resucitar al muerto.
Los lamentos, las lágrimas, como triste consuelo, nos recordarán los versos de Fernando Garcíarramos, que pondrán colofón a este muerte anunciada de nuestras tierras, hoy en decadencia:
En las alturas, lentamente, la nieve se deshace: es el llanto fecundo del volcán. Algún día un nuevo edén será el fruto de sus lágrimas.
Nota aclaratoria: Artículo publicado en El Día el 18 de junio de 1988. Ha transcurrido algo más de un cuarto de siglo. Cuando escucho a los políticos actuales (muchos lo eran ya en aquel entonces) hablar de no consumir ni un metro más de suelo, de petróleo, de carreteras, de nuevas pistas en los aeropuertos y otras lindezas, me entran unas ganas enormes de mandarlos a sachar papas. Pero luego pienso en qué culpa tendrán los pobres tubérculos. Y mientras ellos se ríen o se carcajean… Hasta mañana.