jueves, 10 de abril de 2014

¿Y de qué escribo hoy?

Me llama poderosamente la atención el hecho de que puedan coincidir en una misma persona el sesudo análisis de la situación política con la crónica más pueril del último partido en el que el equipo de sus amores se vio involucrado. Lo que me hace pensar hasta qué extremos el fanatismo futbolero –que no afición– hace mella en el magín humano. Las muestras bien visibles que hallamos desplegadas por las redes sociales merecen un pormenorizado estudio del comportamiento humano. O como diría mi abuela: “Hombres como castillos y hablando boberías”. Por ejemplo, que un culé manifieste, refiriéndose a los merengues, que si llegan a ser eliminados se van de España, no deja de tener su contrapunto jocoso. Y más el día en que hubo cierto debate parlamentario. Viva el extracto de la uva.
Lo más grave del asunto es que tengo la impresión de que los autores de semejantes sandeces están plenamente convencidos de que les asiste la razón (y quizás el ABC). Y se enfrascan en un cruce de acusaciones que en nada desmerecen de las que acontecen entre las dos formaciones políticas mayoritarias del país. Eso, y tú más.
Sabido es que cada españolito lleva grabado a sangre y fuego un dirigente en potencia. Lo que se traduce, en el deporte que arrastra masas, en un entrenador, seleccionador o cargo de superior rango. Y como ese músculo llamado lengua suele dispararse sin necesidad de que nadie pulse el gatillo, el cóctel va debidamente servido. Con todos los aderezos que menester fueren. Árbitro también, por supuesto.
Tengo calados unos cuantos en FB. Cuyas intervenciones se suceden a velocidad pasmosa. Y dado que el tramo final de la liga se nos muestra harto entretenido entre los tres gallitos cabeceros, qué dominio del lenguaje escrito, cuánta sapiencia de tácticas y dominios, cuánta gilipollez elevada a mucho más de la enésima (o décima, a la que alguno aspira). Porque en la competición europea, aunque luego no acudamos a las urnas el próximo 25 de mayo, destacan, asimismo los equipos españoles. Esos conformados a base de talonario en una nación azotada por la crisis y el paro. Spanish is different.
Cuando yo era joven –hace tanto tiempo– me dio por otras prácticas deportivas. Y en los años estudiantiles del colegio San Agustín me entretuve con el entonces denominado balonvolea y con algunas disciplinas del atletismo. No obstante, y mientras viví en la Casona de La Gorvorana, Antonio Oliva, mejor persona a la par que excelente entrenador, me propuso en varias ocasiones que me cambiara al deporte rey y me fuera a entrenar al Vera. Debía estar muy ocupado con mis estudios y las faenas que la vida en el campo exigía porque nunca di el paso. Más tarde sí llegué a practicarlo en equipos aficionados, pero era malo de solemnidad a pesar de que marcaba goles con suma facilidad. Había que saber situarse en las cercanías del área contraria. Y controlar el esférico en los instantes cruciales para galopar por la banda o por donde se terciara.
Desfilaron los años sin que me hicieran partido de homenaje alguno y me dediqué a verlo por la tele porque era mucho menos cansado. Pero he alcanzado tal grado de hastío –por todo cuanto se mueve alrededor del dichoso balón– que soy incapaz de aguantar más de cinco minutos sentado, o acostado, delante de la caja tonta. Puede ser esa la causa de que no se me haya pegado la deficiencia que caracteriza a mucho entendido que pulula por el basto campo de la Internet. Por cierto, ¿pasó el Barça o el Atlético? Leeré en un rato las justificaciones de los perdedores.
Ya está. De fútbol, hasta dentro de varias temporadas. Oye, ahora que me acuerdo, vaya hipocresía en torno a la muerte de una persona. Qué buenos somos todos un segundo después de haber estirado la pata. Qué cinismo, qué falsedad, qué fingimiento, qué doblez. Eso, qué doblez la de algunos escatológicos periodistas que gustan pensar con la retaguardia y tomarle el pelo a los que siguen yendo a la barbería de siempre. ¡Ah!, ventajas de las que otros no pueden presumir.
Hace años murió cierto individuo más malo que la quina. Era ruin de necesidad. Fue malintencionado durante todos los años de su existencia. Y le amargó la ídem a cuanto bicho tenía a su alrededor. Aunque a ustedes les parezca mentira, visto el particular desde la distancia, hubo alabanzas estando el caballero de cuerpo presente (y de alma ausente). Hasta que una tía de un servidor vino a poner los puntos sobre las íes con su atinada sentencia: “Ojalá se hubiera muerto antes”.
¿Ya confirmaste el borrador? A este pensionista le tienen que devolver varios cientos de euros. Lo mismo me alcanza para el próximo viaje del Imserso. Voy a tener que levantar el pie del acelerador. Demasiado ritmo para un sexagenario.