viernes, 23 de mayo de 2014

Los Sabandeños (II)

Los Sabandeños nacieron porque, según los escindidos fundadores, les gustaba el folclore y las parrandas. Pero ello no era suficiente para las aspiraciones (¿ambiciones?) políticas del futuro alcalde lagunero y era menester ir más allá en aquellos años en que se atisbaba el final de un etapa negra en la historia del país. Y si había que echar mano de recursos manidos, como lo de la canción protesta, se hacía, sin más. Pero aquellas efervescencias (“llegaremos a un punto en que recojamos todo el acervo folclórico de las islas”) para conservar las más puras esencias del folclore canario, quedaron diluidas porque los loables propósitos fueron ‘apuntillados’ desde que los trasvases corales olvidaron cómo cantaba el pueblo.
Aquel sano planteamiento inicial del tenderete per se fue mutándose de tal manera que el privilegio de ser sabandeño lo absorbió. Había sido de tal enjundia la venta del nuevo producto que, aún hoy, ese sentimiento es capaz de hacer olvidar rencillas, peleas y navajazos y hacer factible que no exista el más mínimo inconveniente cada vez que se produce una nueva ruptura. Porque los que entran, y ahora son ya músicos profesionales, se adhieren la etiqueta de la reputación y con ello van sobradamente pagados. Hasta que despiertan, claro, porque no solo de pan vive el hombre. Y un servidor, tan corto en conocimiento de pentagramas como quienes han sido capaces de mantenerse sostenidos echándole bemoles, intuye que seguirá habiendo fricciones. De tal suerte que la próxima se deberá a un enfrentamiento entre el director general de la compañía (Elfidio) y el jefe del apartado músico-vocal (Benito). Puesto que las aspiraciones económicas, no disimuladas, de ambos personajes chocarán ineluctablemente por un quítame allá los derechos (y a lo peor los izquierdos). Y en ese instante prevalecerá la patente sabandeña, propiedad de Quintero, y herederos (todo atado y bien atado). Como ha sido hasta ahora y seguirá siéndolo por los siglos de los siglos. En ese preciso instante, el señor Cabrera se irá con el timple a otra parte. Que oportunidades y recursos no le van a faltar. Precedentes hay a porrillo (Fajardo, Carlos, Héctor, Ramos…). Y eso va a misa (sabandeña).
Los capítulos del libro que hurgan en los aspectos económicos constituyen la clave de todas las desavenencias. Poderoso caballero es don dinero. Y Elfidio contrata, Elfidio cobra y Elfidio administra. Sabido es que al que parte y reparte le toca la mayor parte. Alguno de los que ya no están llegó a afirmar que aquello fue una mamancia.
“Los problemas se hablan y los desacuerdos se discuten” (Manolo Feria). Impepinable, pero con el señor Alonso no funciona. No establece relaciones personales sino de pura mercancía. Hay más gente esperando que pagarán por entrar, si preciso fuere. Los ventajistas pueden jugar con las cartas marcadas y permitirse el lujo de sacar todos los ases.
Los viajes amañados (de puro turismo, con informaciones inventadas en la prensa de aquí, magnificadas y falseadas desde ‘origen’), el mal rollo (“Elfidio se cabreó y amenazó con meter gente nueva”), negociaciones unipersonales, ventas millonarias, flirteos políticos, concesiones de ayudas poco transparentes, componendas dudosas, premios mediatizados por conveniencias electorales, deudas con Hacienda que ponen en riesgo patrimonios personales…
Una prueba irrefutable de que el mundo sabandeño (cuyo dueño tiene nombre y apellidos) se sostiene por y para el dinero la constituye el hecho de que Carlos García, tras el escabroso asunto de la auditoría de Hacienda, propuso seguir en el grupo pero sin cobrar un duro. Ante aquella decisión, aceptada sin discusión alguna (y entreveo que aplaudida a rabiar en algún fuero interno por lo de uno menos), provocó esta sentencia: “Carlos ha abierto esta noche una puerta de futuro para este grupo y el próximo que va a dar ese paso soy yo”. Como aún siguen esperando a que el autor de dichas palabras, que ya tú podrás imaginar, ponga la primera y arranque de ese prolongado estado en punto muerto, más me ratifico en lo que argumenté unos párrafos antes acerca del inmediato conflicto.
Mientras, entre brinquito y brinquito, siguen los discos, con huecos reservados a temas de Elfidio, a quien le basta variar coplas del cancionero popular para que en los créditos figure su autoría, y generen los pertinentes derechos. Discos que en ocasiones se hacían por la rutina adquirida a lo largo de los años y bajo el enfoque de seguir batiendo récords. Marchas y más marchas, abandonos y expulsiones, documentos y discursos, coacciones y amenazas:
“A nadie se le escapa el enorme interés que despiertan Los Sabandeños, y las ansias de cualquier músico (con aspiraciones) de poder formar parte de sus filas. […] La lista de suplentes válidos en todos los sectores podría ser interminable”. Lo malo, o lo peor, es que el producto ‘Diamante’, primer trabajo discográfico bajo la firma de Benito Cabrera, vino a constituir un verdadero fracaso en ventas si se establece comparación con lo acaecido con anterioridad o, incluso, con ‘Al cabo del tiempo’, con María Dolores Pradera y la dirección musical de Héctor González.
(finalizaremos mañana)