jueves, 12 de junio de 2014

Los que barren

De tal guisa los conocen. Son los matones laguneros. Que avasallan, atropellan y escachan. Y no en un ring preparado al efecto. No, en el Camino de Las Peras. Lugar elegido por muchos deportistas para pasear, caminar o correr. Que cada cual es dueño de hacer ejercicio como mejor crea conveniente. O se adapte a sus posibilidades, a sus ritmos.
Eran tres valientes. Y ella una indefensa mujer. En la primera vuelta, un ligero toque de atención –en plan aquí estamos nosotros–, para en la segunda, y en represalia al reproche por el comportamiento inadecuado anterior, un buen sopapo (o te quitas o te quito) y pa´l piso. Un pimiento se le importó al “Rambito”, y mucho menos a los dos acompañantes que se limitaron a saltar por encima de la accidentada. Y cállate, que te piso.
De las hazañas atléticas había constancia. No era la primera vez en que las normas de urbanidad (circular por la derecha y adelantamientos por la izquierda) eran pisoteadas (y nunca mejor escrito) con total impunidad. Pero el miedo a los bravucones pudo más e imperó el mutismo. Las avasalladas, siempre mujeres. Se sabía, pero el silencio, el acatar hechos incívicos, concedía generosamente el sentido de propiedad más abyecto en un lugar público de uso deportivo compartido.
El atletismo, en sus diversas modalidades, es la más noble de las disciplinas deportivas. Diría que el compendio de todas ellas. Como practicante que fui en mis años mozos (ahora solo camino y menos mal que no por el campo de acción de los musculitos de turno), me cuesta un soberano esfuerzo el intentar comprender la actitud de estos desalmados, de estos gamberros, de estos sinvergüenzas.
No obstante, en esta ocasión se hicieron algunas averiguaciones. Y se presentó la pertinente denuncia. Ya se ha dictado sentencia condenatoria para el autor material de los hechos. Para el otro par de energúmenos, el reproche de la juez por no ser capaces de prestar auxilio a la agredida. Son, o deben ser, las segundas partes de la Justicia que no se comprenden. Mas el fallo sienta un importante precedente. Por algo se empieza, que se colige.
El Consistorio de la Ciudad de los Adelantados (paradojas de la vida, ¿no?) ha tomado cartas en el asunto. Y ha plasmado por escrito unas normas de uso para los que utilizan este circuito. Al que parecen haber renunciado, por ahora, los bizarros y osados… ¡policías municipales!
Sí, tres miembros de la plantilla de guindillas laguneros fueron los protagonistas de esta película. Quienes estimaron que lo de velar por la seguridad y protección ciudadana era mera cuestión formal, algo plasmado en un manual de instrucciones que ellos, cuando se dedicaban a machacar su cuerpo, se pasaban por el palo del Padre Anchieta. O por el Arco de Hoya Fría.
Generalizar no procede. En ningún caso y bajo ninguna circunstancia. Qué ejemplo para tan distinguida profesión. Máxime cuando no cabe en mente normal este tipo de actuaciones que deterioran el buen hacer generalizado del cuerpo policial. Son las excepciones, sí, pero el señor Clavijo debe cortar por lo sano, más que tomar medidas, para frenar las proezas de quienes inflados por el uniforme que deshonran, matasietes y fanfarrones, manchan y denigran uno de los más encomiables quehaceres que a ser humano pueda confiarse. Contundencia sin paliativos contra los que intimidan y coaccionan.
La casualidad ha querido que estos ‘ejemplares’ funcionarios en su alocada carrera se hayan llevado por delante a otra funcionaria. Que, y me consta, ha seguido una trayectoria ejemplar. Esta vez sin comillas irónicas. Y los unos y la otra, llamados a ser directores de una orquesta de buenos modales e íntegras conductas, han chocado. Porque la vileza, también violencia, machista afloró en la ciudad universitaria en un aciago día. En el que a tres plataformas petrolíferas les dio por pinchar a destiempo. Aun en la gravedad que el suceso entraña, cuánto me alegro de que lo hayan hecho en hueso duro de roer. Y que hayan dado con los suyos (huesos) en un juzgado. Por abusadores. Iba a escribir de mujeres indefensas, y me arrepentí porque no ha lugar.
Lo que no se puede callar no se debe callar. Con procederes así (audaces por ahora y que espero sean normales en un futuro cercano) contribuimos a erradicar maneras indeseables. A tomar ejemplo. Aquí tampoco cabe corporativismos mal entendidos. Por el bien y el prestigio de los propios colectivos. Máxime cuando son, deben ser, garantes de la convivencia, de la educación, de la armonía, de la concordia, en suma, del buen trato. Sobran ‘Rambos’, pistolas y tipos intimidatorios. Buen porte y nobles modales abren puertas principales. Tomen debida nota los políticos. Este no es el modelo de policía de cercanía o proximidad que los ciudadanos demandamos.
Hasta la próxima.