miércoles, 2 de julio de 2014

No nos moverán

El general en jefe, y simultáneamente mariscal Rivero, oteaba el horizonte desde su privilegiado puesto de mando situado en lo más alto de La Garañona. El vigía Barragán, eficiente observador, criado y ensolerado en las mismísimas dunas de Corralejo al socaire de los vientos de sotavento, le había comunicado diez segundos antes que la calma chicha era la tónica dominante. Llevaba al pie del cañón cincuenta días con sus respectivas noches. Había sido elegido para tan alta misión por su rara habilidad de no pegar ojo cuando un superior le encargaba una tarea de tal calibre. Ni una mísera plataforma petrolífera en estos mares del Norte.
El general, en su laberinto, creía que podría ser señal inequívoca de que las tropas enemigas, al mando del pérfido Soria, habían dado un paso más. Es decir, si se llegaban a atisbar por el sector septentrional, habría significado la hecatombe meridional. La base logística instalada en el flamante puerto deportivo, comercial, turístico y ahora reconvertido en base naval, en los aledaños del Castillo de San Felipe, presentaba un inusitado movimiento militar. A pesar de la tranquilidad y monotonía existentes allá en los confines de la mar océana, se había desplegado la guanchancha, con todos sus efectivos y dotados de los más amplios recursos materiales en la desembocadura del barranco. Prestos para embarcarse en el más alto operativo jamás pensado. Y mucho menos contado.
Al menos dos veces al día se sucedían los desfiles hasta los dominios de la depuradora, en la linde con El Realejo, villa paradigmática de la resistencia guanche y de los menceyes suicidas, con una demostración castrense sin parangón y a los acordes de la banda (militar, por supuesto) que interpreta de manera magistral el no nos moverán, que popularizaran los personajes amigos de Chanquete en aquel verano azul. Mejor, tropecientos estíos cerúleos. Y que la mayoría de la tropa en plaza había visionado en sus cuarteles de procedencia en aquellas sobremesas de aquellas calurosas tardes de aquellos ardientes y reivindicativos meses.
El mariscal Rivero arengaba a los suyos con machacona insistencia a través de las ondas con el inestimable auxilio del teniente coronel García. Aunque no desdeñaba, como buen estratega, cualquier otro medio a su alcance para adormecer a las masas (Jorge Marichal dixit, a la sazón comandante repsoliano y heredero de vastas propiedades relacionadas con los sectores hotelero y de la construcción, a saber de casta le viene al galgo, totufos incluidos). El blog, manu militari, era martillo pilón cada domingo y lectura obligada antes del toque de retreta. Los imaginarias de las compañías movilizadas veíanse desbordados por los noctámbulos que salían al patio en calzoncillos a entonar cantos patrióticos. Canarios, como los de Teobaldo Power.
Perdimos una batalla, bramó impertérrito el general (deshaciendo la madeja para intentar salir de su laberinto), pero la guerra continúa. Removeremos tierra, mar y aire. Con este nuevo agravio pretenden socavar nuestra moral. Vana pretensión, Canarias no se va a rendir, que nadie piense, y menos los Tribunales de Justicia españoles (vendidos, que son unos vendidos), que nos vamos a quedar de brazos cruzados. Nos rearmaremos y pasaremos al contraataque. Fortificaremos nuestras líneas y nos defenderemos con uñas y dientes de este colonialismo pestilente. Abusadores. Y no me toques la oreja…
Rivero hizo un alto y meditó profundamente. En tal estado de embelesamiento, creyó soñar con don José. Y se vio llevando a la práctica los postulados del fallecido editor. Quién me iba a decir a mí… Sacudió la cabeza y dio por concluida la filípica del día. Cuando iniciaba la retirada (entiéndase en sentido figurado) hacia sus aposentos, el ayudante de cámara le entregó una nota informativa del tenor literal siguiente:
“Marcos Brito se ha pasado por los mismísimos las instrucciones petroleras y, junto con sus socios del PP, ha desestimado una moción socialista en el consistorio portuense, ubicado a la diestra (mirando hacia la marea) del amplio despliegue”.
A punto estuvo de estallar. El viejo sargento reenganchado lo traicionaba una vez más. Si no llega a ser por los consejos de su plana mayor, hubiese ordenado dirigir el par de metralletas que celosamente protegían El Peñón hacia el balcón de El Penitente. Porque ya estaba bien. Le hicieron ver que, con toda probabilidad, el alcalde estuviese en los brazos de Morfeo cuando él dictó las órdenes tajantes. Máxime cuando el precepto se dio a las cuatro de la tarde, momento en que la sangre se baja al estómago para facilitar el proceso digestivo. Y la cabeza se queda ida.
Si el viejo este se hubiese mandado a mudar con Isaac y Ricardo...
Mi general, el hijo de papá (referíase a Marichal) nos va a seguir tocando las narices (manera educada de expresar otros términos del léxico cuartelero). Y acaba de proclamar a los cuatro vientos desde la punta del Faro de Maspalomas que vendrá más turismo si los pinchazos se llevan a cabo. Que bastará algo de arena rubia…
Y cuando Paulino se despertó, Coalición Canaria seguía en el gobierno. En un nuevo pacto con el Partido Popular y abogando por más prospecciones porque las anteriores habían resultado fallidas. El cuento no especifica si el dinosaurio se había jubilado. Lógico, es de final abierto. Aunque previsible.