miércoles, 9 de julio de 2014

Una crónica viajera

Tengo la manía de anotar, a remedo de diario, aquellos aspectos que considero de interés. Hay regadas por gavetas y estantes libretas, cuadernillos y folios mecanografiados. Ayer tarde, en una de esas revisiones que solemos hacer en época veraniega, me tropecé con las “Memorias de un viaje a La Palma”. Fue el primero de los dos que llevó a cabo un grupo de amigos del barrio, todos ellos jóvenes, que adoptaron el nombre de Oropesa, por lo que luego te contaré. Establecieron en aquel entonces una cuota de 25 pesetas semanales, con lo que recaudaban, grosso modo, unas mil pesetas por cabeza (éramos seis), que complementábamos con alguna rifa (clandestina) que nos permitía un pequeño suplemento.
Y del 29 de julio al 6 de agosto de 1967 nos fuimos a la Isla Bonita. Y del recuerdo extraigo:
Sábado 29. Concentración y salida desde El Toscal a las 6 de la tarde en dirección al Puerto de la Cruz. Cogimos allí otra guagua hacia Santa Cruz. Compramos allá unos rollos fotográficos  (chiquitos inventos aquellas Kodak último modelo) y nos fuimos al muelle. Allí estaba pescando un tío de (uno de nosotros) que tenía un sargo.
Embarcamos en el Santa María de la Caridad a las diez de la noche. Barco muy ligero y movible (sic), con camarotes separados de tres butacas, malísimos. Vimos el norte de la isla, sobre todo la costa de El Sauzal y Tacoronte y el Valle de La Orotava. Bueno, algunos lo vimos; otros estaban muriéndose abajo, como uno que me pidió una bolsa de mareo y cuando se la fui a dar estaba con bastante cantidad de ‘aquello’ en las manos.
Domingo 30. Llegamos sin novedad a La Palma a las 6 de la mañana. Desembarcamos y dijo el de los recados: Espérenme aquí que yo voy un momento a Barlovento a llevarle este paquete a Pepe. Y Barlovento está por lo menos a 40 kilómetros de la ciudad, como dicen allá. Y a las 8 salimos en una guagua todos juntos. Son, efectivamente, 40 kilómetros y nos costó 25 pesetas por cabeza. Pasamos por Puntallana y San Andrés y Sauces. Fuimos hasta arriba, hasta el mismo pueblo. Se pasan dos túneles, uno de ellos bastante largo. Asimismo, el Barranco de La Galga, profundo a más no poder.
Luego tuvimos que bajar unos cuantos kilómetros, pues íbamos a casa de Pepote y era más abajo. Por la carretera, y en una venta que encontramos, compramos unos panes de 3 pesetas. Después cogimos unos higos que estaban colgando hacia el camino. Más bien diría que fueron robados. Pero había tantos.
Camina que te camina llegamos a la finca de los Cullen, en Oropesa, por el camino (no existían aún sinónimos como vía, calle, travesía…) que baja al Faro de Punta Cumplida. Se llevaron una gran alegría y nos trataron como marqueses. Almorzamos papas blancas con un mojito delicioso y una sardinas cojonudas. Estuvimos recorriendo la finca, comiendo fruta y viendo el litoral. Descansamos en un montón de pinocho: la gloria. Nos mandaron a coger unas piñas de millo que nos sirvieron de cena, junto con un buen pedazo de tortilla y un vaso de leche. Al más pequeño de la expedición, don Pepe decía: Come más, muchachito. Y su hijo, el aludido Pepote, le corregía: No comas mucho que te va a hacer daño. Cuando nos íbamos a acostar al montón de pinocho que ya teníamos acomodado, nos llevaron a la casa del médico y dueño de la finca y en aquella mansión, en unas camas que envidiamos para nuestras casas, dormimos como benditos.
Lunes 31. Nos despertamos temprano y ya nos tenían preparado el desayuno. Recogimos todo y salimos en un micro para Los Sauces y seguidamente una guagua hasta Santa Cruz. Estuvimos un rato en la playa. Después compramos unos panes y comimos algo de lo que trajimos de Tenerife. Fuimos a la estación y cogimos la guagua de Los Llanos. Son 52 kilómetros y cuesta 30,50 pesetas a cada pasajero. Pasamos por Breña Baja, Breña Alta, Mazo, donde se está haciendo el nuevo aeropuerto, Fuencaliente, que tiene muchas montañas de arena negra, El Paso y, por fin, llegamos a Los Llanos. Una ciudad bonita y llena de plataneras. El terreno bastante verde, con frutales y pinos.
Al bajarnos de la guagua lo primero que hicimos fue ir a saludar a Nélida; le sacamos una foto con los chicos y luego compramos algo de comida.
La gente nos había dicho que el camino para La Caldera era malo y ya era muy tarde (las seis), pero nos echamos a caminar por un terreno siempre pendiente y luego entramos por un canal de un metro, más o menos, con una borda de un cuarto de metro, o menos. A la entrada del mismo nos encontramos con unos chicos que salían y nos indicaron que era como una hora y cuarto de camino. Un guarda que venía con ellos nos pidió el nombre. El canal va bordeando el barranco que sale de La Caldera y llega al mar por el Puerto de Tazacorte. Tiene desfiladeros preciosos, por la atura, lo que hace que mucha gente no se atreva a pasar por el vértigo. Lo atravesamos deprisa pues estaba oscureciendo. Nos paramos en un lugar llamado Dos aguas y en una casita de un guarda acampamos. Por fuera, claro. Freímos unas papas y un poco de carne…
Éramos gente sana. ¿O no? Qué recuerdos. No había tiendas. Solo una manta y al raso. Y después de eso, en cada viaje siempre hay unos apuntes. Claro que es una rareza. Pero agradable. Del presente no conservo las notas de los gastos, pero del siguiente sí. Qué barato todo en aquellos años. En los que conseguir un duro era harto complicado. En fin, tiempos idos, de ilusión.