lunes, 11 de agosto de 2014

Me echan

Estoy desmoralizado. Hecho gofio, que decimos por estos lares. Creo que voy a tener que dejarlo todo y dedicarme, casi exclusivamente, a viajar con el Imserso y poco más. Porque lo primero ya lo venía llevando a cabo (unas giras por temporada), pero creía que en ese ‘poco más’ indicado cabía todo el entretenimiento añadido: blog, redes sociales, felicitar a los que cumplen años, distraerme con la fotografía, sumergirme en viejos periódicos, regar las plantas, sacar la basura, cargar –y administrar– las bolsas de mi casa, escribir boberías, dar sabios consejos a mis infinitos seguidores, crear ilusiones con mis planteamientos políticos, arreglar algún desconchado en las paredes, pintar las habitaciones en las que ya los nietos habían plasmado sus dibujos con anterioridad…
Un exalumno me preguntó el pasado sábado que cuál iba a ser nuestro proyecto para las próximas elecciones municipales. Y cuando ya estaba dispuesto a contestarle que trabajo, ilusión y ganas, me llega la triste noticia de que el Gobierno ha dejado sin incentivos fiscales a los mayores de 65 años que trabajen. Estoy plenamente convencido de que Manolo Domínguez (al que nada debo, ni siquiera en los últimos libros publicados) me cogió miedo. Y zanjó por lo sano llamando a sus superiores madrileños: córtenle las alas. Ni los sinceros lamentos de Adolfo e Isa Elena, con el asentimiento de Asterio y Mari, valieron de gran cosa. Lo que hace una placa a la entrada de la Casa de la Cultura.
Coincidió el suceso (como tal habremos de calificarlo) con los momentos dulces de nuestra agrupación electoral independiente. Tanto que nos asustamos cuando comprobamos que estábamos alcanzando cifras inimaginables en la cantidad de personas que demandaban el ingreso en nuestras filas (más de cinco por minuto; más de trescientos por hora: qué velocidad, exclamaría Fernando Alonso). Y ya nos planteábamos el cerrar el grifo ante la avalancha. Pensábamos en voz alta: No podemos dejar la puerta abierta porque se nos están colando escindidos de todas las formaciones políticas clásicas al estimar que pueden encontrar aquí el trampolín que los catapulte a la fama. Y si de algo adolece nuestro país es, precisamente, de tal enfermedad.
Para ir acostumbrándome a la nueva situación que Rajoy (con el aplauso no disimulado del grupo que gobierna en el edificio de la Avenida de Canarias, salvo las excepciones anteriormente señaladas), le he sugerido a mi mujer (a ella le quedan unos cuantos para ese fatídico 65) que vaya a comprar el pan, que se vaya habituando a sacar la basura y que cubra con el Whatsapp las limitaciones que debo imponerme en Facebook y Twitter.
Me tiraré a la Bartola (qué ilusión) y subiré unos cuantos kilos. Ya habrá tiempo de comenzar el régimen (alimenticio) cuando Pedro Sánchez sea inquilino de La Moncloa. Momento en que cambiará mi situación personal, ya que en el garbeo que nos vamos a dar por La Gomera (ya le cursé la invitación) dejaremos bien claro que habrá que reducir al menos el 50% del IRPF de las pensiones de todos aquellos que hayan sido capaces de adaptarse a este mundo de las nuevas tecnologías y abrir un horizonte cargado de esperanza. Sobre todo a los que pudiendo aún echar la vista atrás y recordar años de penurias, con alpargatas blancas –cuando las había– y calzones remendados en medio de las plataneras del ‘dueño, amo y señor’, puedan en la actualidad aportar experiencias.
Pues sí, no les extrañe que un día se levanten ustedes en busca de cualquier satisfacción en Pepillo y Juanillo y comprueben que se han quedado mudos. O que intenten leer en muros y perfiles y se tropiecen con negros velos que los cubren al más puro estilo de Semana Santa. O que me remitan un correo electrónico y no hallen respuesta alguna. O que me encuentren por la calle dando un reducido paseo (también estará mal visto el patear tantos kilómetros como antes) por cualquier calle del pueblo y me vislumbren cabizbajo, alicaído, triste y melancólico. Hecho una mierda, vamos.
Me obligan a no trabajar. Me inducen a la vagancia. Me lanzan, cual hipotecado al uso. Y ello será el preámbulo de la golfería y la mala vida. Puede que me eche a la bebida, que me abandone y no me cuide. Soliviantarán mis ánimos y me conducirán por el camino de la perdición. Luego me recluiré y me abordarán los vicios. Pero los inductores se reirán a mandíbula batiente con una copa en la mano y unos rones en el payo (estómago del cerdo o de cualquier otro animal).
Han ganado. Me han podido. Me retiro. Espero, no obstante, que el pueblo tome conciencia. Y que no se adocene, que se rebele, que combata. Para llevarme la satisfacción de haber ganado una batalla después de muerto. Y como un parapentista, de los que se lanzan desde La Corona, esparcirá mis cenizas por cualquiera de los bellos parajes del Valle, sentirán los vencedores cómo sobre sus cabezas cae el trofeo de su apetencia. Lo que no saben, ilusos, que dado mi vértigo y miedo a las alturas, me habré cagado todo mientras dure el vuelo.
No concluyo con lo de hasta mañana. Me debato en un mar de dudas e ignoro cuál será mi proceder dentro de unos minutos: o corto por lo sano o lo haré poco a poco. Ya se verá. Estoy confuso.