lunes, 1 de septiembre de 2014

Desconectado

Las dos semanas anteriores pudieron observar aquellos que aún se alongan a Pepillo y Juanillo que los tuve entretenidos con presentaciones fotográficas de La Gomera. Y más de uno (de los tres que me quedan) se habrá preguntado qué dónde demonios me habría metido. Estuve, simplemente, desconectado. Y fui capaz de aguantar sin fallecer en el intento. Lo que añadido a mi renuncia voluntaria a disponer de aparato de telefonía móvil (o como demonios se llame ahora), supone una hazaña de muy difícil superación. Ni un rasguño. Admito apuestas. Tope: 50 céntimos.
Pues sí, estuve desenchufado los últimos quince días del pasado mes de agosto. Sin que hubiese un viaje de por medio. Es decir, estaba en la isla a la espera de que Mariano Rajoy me comunicara si mantenía mi poder adquisitivo para el ejercicio económico de 2015 o, por el contrario, debería someterme, estilo Merkel, a un minijob alternativo para poder sufragar los gastos más perentorios: agua, basura, luz, teléfono, gas butano, medicamentos, tenis (para caminar)… Porque ni siquiera compro protector solar de alto índice desde que el dermatólogo me espetó que yo era muy blanco y debía tomar mis precauciones, a saber, no exponerme sin necesidad. Así que me doy un baño antes del mediodía (ahí empieza el peligro, eso dicen), con camiseta y bermudas, y zanjo la cuestión.
Me ausenté del pueblo sin permiso del alcalde. Espero que no se haya dado cuenta. Además, él estaba muy preocupado en (y por) las próximas elecciones. Para las que no descarta el triplete, porque el doblete está cantado desde tiempo atrás. Y como muchos de los políticos actuales son muy listos, no se recatan en manifestar que no debe hacerse un oficio de tan noble quehacer. Para lo que proponen un máximo de ocho años (dos mandatos) en un cargo. Repito, en un cargo. Pero Manolo, que ya ha sido concejal durante otros ocho, no piensa volver a su trabajo (que ignoro cuál es) y vislumbra en su horizonte tanto el Cabildo como el Parlamento. Sin descartar, obviamente, otro salto a Madrid, donde dejó unos asuntillos pendientes. Por lo que el señor Domínguez, a la larga, no diferirá gran cosa de la trayectoria de otros tantos ilustres apoltronados:  Paulino, Marcos, Ignacio, Manuel, Antonio, Bravo (a este le pongo el apellido porque le cuadra a su hazaña londinense, pijama incluido)…
Circulé en varias ocasiones por el nuevo trayecto del inconcluso anillo insular. Y no me quedó muy claro la idoneidad para los que van del Norte al Sur. O a la viceversa, que decía un amigo. Por lo que se me antoja urgente la acometida del túnel que desde El Tanque nos lleve hasta Santiago del Teide. Y no me vale la disculpa de que no hay dinero. Porque sí lo hay. Y basta ir a Madeira para comprobar cómo se han invertido los capitales venidos desde Europa. Lo que se traduce en dos posibles alternativas: o somos muy mal gestores o alguien está cobrando el cemento a un precio excesivo. O enterrándolo en otro sitio.
No, no estuve en la isla portuguesa. Aunque bien me hubiese gustado. Para ello necesito unos extras y dado que no aproveché mi paso por la vida pública, a llorar a la plaza. Me quedé mucho más cerca: en Playa de San Juan (Guía de Isora). Tuve la oportunidad de recorrer algunos kilómetros por aquellos contornos. Para contemplar que la mar también se enrabisca en pleno mes de agosto. Presten atención a la foto por si les queda alguna duda.
Toda vuelta al tajo debe acometerse desde un punto de vista positivo. Vamos a ello. Con unos consejos al alcalde don Pedro. Que no me leerá, pero algún socialista de aquellos ‘sures’ (que diría el amigo Marcos Brito) que me tiene en buena estima (al contrario de los de este Norte que no me incluyen en la lista de sus más próximos o allegados sino en la contraria) le hará llegar el presente.
Fui testigo de una gran campaña de pesca de la sardina. Y los barcos llegaban atiborrados. Atisbé un gran descuido en la limpieza posterior a la operación de la distribución de las cajas a los diferentes compradores. Ya sé que las gaviotas disfrutan con los desperdicios, pero plásticos, papeles y otras inmundicias no son buenos compañeros de viaje con una playa que presume de bandera azul. En la que, cuando hay marea de fondo, salen a relucir elementos indeseados.
En los paseos costeros, a pesar de las advertencias de multa a los infractores, los perros nos ponen a prueba en una carrera de obstáculos para que las rayas de los tenis no se llenen de aquello. Los pesqueros, sucios a más no poder y en los que el mal olor te tumba pa´tras. Las farolas del peatonal que nos conduce a la construcción de la desaladora de Fonsalía están tan oxidadas que se sostienen de puro milagro.
Las penurias de San Juan se han compensado, y con creces, en Alcalá. El acondicionamiento del litoral (por la parte baja del hotel, como dice la gente) es una obra digna de elogio. El cuidado y la limpieza merecen nuestro más sincero aplauso. Tan bien se halla el entorno que hasta una de sus calas se acerca para darse el consabido baño relajante el mismísimo alcalde de… Santiago del Teide. A lo peor no quiere que contemplen sus michelines (y los que le sobran) los usuarios de la Playa de la Arena. O de Los Guíos. ¡Ah!, y como tuve la oportunidad de saludar al amigo Rayco, dicho y escrito queda para general constancia de la mutua admiración que nos profesamos.
Al retomar la manía escribidora (escritora me parece demasiado), vayan las felicitaciones más sinceras para los amigos de Facebook que tuvieron la ocurrencia de cumplir años en esta segunda quincena del octavo mes. El desenganche, reitero, fue total. Y aquí estoy, vivito y coleando. Que no me venga el adicto a llorar porque se cuelga el WhatsApp durante cinco minutos.  Quejicas.
Hoy, uno de septiembre, lunes, comienza el sexto curso en que un servidor abandonó los bártulos escolares. Reconozco ser uno de los afortunados que pudo desembarcar, tras haber cumplido religiosamente los deberes exigidos durante la singladura, en el momento adecuado y oportuno. Sin que nadie pueda señalarme como a los que del sector bancario o del de la telefonía, meros ejemplos, se rajaron en la flor de la vida, con los pertinentes sablazos a la caja de las pensiones. Bueno, seamos justos, también en el gremio docente hubo premios de muy difícil justificación. Una jubilación por un catarro parece no ser el procedimiento más correcto.
En fin, aquí estamos de nuevo. Espero seguir contando con vuestra complicidad. Saben que no cobro por ello.