jueves, 4 de septiembre de 2014

Por los aires

Bajó como un cohete la escalinata del ayuntamiento pero no hizo la parada de rigor en el Jalea de Menta para mandarse el langostino que le tenían preparado. Estallaba de euforia cuando enfocó el Pasaje de los Hermanos Toste pues hacía apenas unos minutos que Mariano le había comunicado que podía celebrar la consulta a cambio de que abandonara a José Miguel.
No, hombre, no. No mezcles ni enturbies cual piche pegajoso al uso. El Mariano de allá. El de aquí ya tenía bastante con apoyarlo a sabiendas que Fernando le apretaría las clavijas en un futuro casi presente.
¿Que qué hacía en su ayuntamiento? Sencillo. A la par que disimulaba sacar un certificado de residencia, fotografiaba cada rincón de las dependencias consistoriales. Su fino olfato, adquirido en aquellos duros años de escuela en los altos, le señalaba que no las tenía todas consigo. A pesar del aparente triunfo en las reuniones habidas con los diferentes colectivos (bueno, algunos eran más bien individuales) acerca de la pregunta a formular en el ya cansino tema de las prospecciones, intuía que lo pretendían arrimar como agua sucia.
Pero la llamada de su homólogo desde la mismísima Moncloa le había hecho cambiar de manera radical. Se le notaba más hinchado (de regocijo) cuando se asomó a La Garañona y mamó alisio en cantidades industriales. No le hacía falta meditar el asunto. Él, socialista, de izquierdas de toda la vida, veía ante sí un horizonte más diáfano. Tanto que no atisbaba ni una bruma en lontananza. Y si debía volver a los brazos de Soria, lo haría con sumo gusto y exquisito deleite. No se preocupó por las posibles causas que habían provocado el cambio de opinión del gobierno nacional. Aunque se las golía. Que de olfato presumía. Algo habría tenido que ver el hecho de que ya no ponía gasolina en la Repsol del municipio.
Sintió un ligero cosquilleo en el muslo derecho mientras se rascaba aquello que siempre pica a los hombres y suele, o suelen, estar en mala posición (por lo del acomodo continuado). Creyó que el hormigueo de la satisfacción le alcanzaba sus partes íntimas (o pudendas). Pero no, era el móvil. Echó una visual a la pantalla y en su rostro se signó una mueca de marcado acento insatisfactorio. Creía que podía ser Ángela para reprocharle que hubiese dejado enfriar el crustáceo (piensa con total libertad).
–Dime, Jose, ¿qué pasó? ¿Por qué me llamas a horas tan tempranas? Para ti, claro, que yo llevo en pie desde las cinco de la madrugada y ya me di las zancadas de rigor por la carretera vieja.
–Chacho, Pau, que me acaba de mandar un guasá desde la capitá el Antona y me espeta que el pacto (el nuestro, el del amor eterno y para siempre jamás, ¿te acuerdas?) no llega a las doce de la noche.
–¿Seguro que fue Asier?
–No, ayer, no, hace un rato.
–Mira a ver, entérate bien, te noto nervioso. ¿No sería Manolo, el de La Chistera?
–Para bromas estoy yo, como si no tuviera bastante con el forúnculo o divieso de Matos.
–Respira hondo, hombre. ¿Dónde estás?
–En La Puntilla echando unos lances.
–Pues relájate que lo mismo pescas un salmón, perdón, un cabozo.
–Mira, mejor, escucha, yo tengo que darme un salto…
–Ni se te ocurra venir en el helicóptero.
–Que no, sabes que no me gustan esas cabinas telefónicas con hélice. El billete de Binter siempre está reservado. Te decía que debo acudir al Realejo a resolver un fichaje estrella…
–No me digas que Oswaldo se pasó para La Cascabela.
–Coño, para guasas está la cosa.
–Es que de ser así te regalábamos un par de ellos más y te salía un pack ahorro.
–Vale, a lo mejor me conviene. ¿Nos vemos en El Miniño y nos echamos un barraquito?
–No, que a lo peor nos ve el pesado de Marcos. Mejor en El Tijarafe. Si a Milagros debo nombrarla consejera…
–No te entiendo. Ños, esta confusión puede acabar conmigo.
–Y no vas muy descaminado. Bueno, José Manuel, a las cinco en punto.
–¿Me llamaste José Manuel?
– Estás peor de lo que pensaba. Seguiremos conversando esta tarde. Hasta entonces.
Y no esperó la respuesta. Ni la situación era nueva ni le disgustaba. Al contrario. Volvió a sonreír. Esta vez para el lado derecho. Se echó a andar mientras silbaba El camaleón, de King África.