miércoles, 22 de octubre de 2014

No aprendemos

La viñeta de Padylla lo define a la perfección. No es que tropecemos dos veces en la misma piedra. Qué va, nos machucamos (los esporruñamos, que decíamos en la pretérita época de las lonas blancas) todos los dedos y aquí no ha pasado nada.
Hubo tremenda riada el 31 de marzo de 2002, pasó el Delta en noviembre de 2005 y aquellos aguaceros no sirvieron para limpiar la ineptitud. No habían pasado 24 horas de este último fenómeno meteorológico (19 de octubre de 2014) y ya el alcalde santacrucero tenía cuantificados los desperfectos: 15 millones de euros. Reunió la Comisión de Gobierno y salió disparado para comunicar que acudiría a todas las instancias a pedir dinero. Idéntico procedimiento al seguido por Zerolo tiempo atrás y similar al protocolo por el que se rigen las administraciones públicas: llorar, llorar y apuntar hacia arriba.
Pero Bermúdez fue más lejos aún: La Aemet no avisó con fundamento. Nos indicó que podrían caer 60 litros (o menos) y la cantidad se duplicó (o más). Y le pregunto al inteligente que si la Agencia Estatal de Meteorología le hubiese enviado un telegrama un par de días antes, ¿se habría ubicado la corporación en pleno en la Avenida de Venezuela con unos cubos para achicar?
Digo yo que si la rapidez para valorar los daños causados fuera utilizada a la hora de planificar las infraestructuras, lo mismo no estaría ahora escribiendo estas líneas y los santacruceros paseando tranquilamente por la Avenida de Anaga y felicitándose porque los desagües funcionaron a las mil maravillas. Pero la eficiencia solo les vale para otros aspectos. Y te pongo un ejemplo. Un periódico nos da norte de El Día de los Animales en la capital tinerfeña y nos cuenta que se reúnen numerosas mascotas en la plaza del Príncipe. El mismo alcalde citado es el ejemplar que aparece en la fotografía.
La historia es tozuda. Tuvimos el fatídico aluvión de noviembre de 1826, hubo terribles huracanes en la década de los cincuenta, otra vez en noviembre, pero del 68, el barranco de San Felipe sembró el pánico en el Valle de la Orotava, precisamente en las lindes de los tres municipios, y en su desembocadura estuvo en un tris de llevarse toda la barriada del mismo nombre en Puerto de la Cruz.
Pero no aprendemos. Como la próxima no va a ser mañana, en unos meses ya estaremos tirando basuras a los cauces por los que el agua debe discurrir, sembraremos unos corrales y criaremos cuantas cabras y ovejas podamos, haremos calles en cuyo subsuelo hemos puesto unas tuberías de juguete y la culpa de las desgracias será del que abre las compuertas allá arriba y de los que tienen la obligación de alertar a la población de que la borrasca se aproxima. Para canalizar las avalanchas con unos sacos de arena y unas palas de plástico de las que usan los críos en las playas durante el verano.
Hace unos meses intercambié unas palabras con el responsable de la Asociación Canaria de Meteorología con motivo de la proyección del documental del aluvión de 1826 en el Círculo Viera y Clavijo de Realejo Alto. Y me señalaba lo tremendamente difícil que era la predicción del tiempo en las islas, donde una orografía endemoniadamente complicada podía dar al traste en apenas unos minutos a todos los cálculos previos.
No obstante, muchísimo se ha mejorado. Uno, con unos cuantos años a sus espaldas, sabía en su niñez y juventud que iba a llover porque veía que por el mar para arriba venían ingentes columnas de agua (las brumas están cargando, todavía se escucha por ahí a los mayores). Cumbre clara, mar oscuro, agua seguro. Y este último episodio fue anunciado con varios días de antelación y prácticamente todas las conjeturas se cumplieron fielmente. Aunque el señor José Manuel requiere que le señalen los litros exactos para él buscar los depósitos donde meterlos. Ponlos en El Tanque.
Viví en casas viejas de medianeros en la finca de La Gorvorana hasta que me hice un hombre. Bueno, casi. Y las tejas se mantenían con unas piedras para que el viento no las levantara. Era raro que se colara la lluvia. Los albañiles (maestros), magos del campo como casi todos, suplían las carencias de materiales con una inteligencia natural de muchos quilates. Ahora disponemos de todo y para todo. Y de aparejadores, peritos, arquitectos en ingenieros. Se inundan calles, túneles, se caen las casas, se mojan flamantes edificios, se anegan garajes, la corriente se lleva los coches como si fueran juguetes, los contenedores de la basura parecen barcos cruzando el Canal de Suez…
No aprendemos, no. Es más, parece que retrocedemos. Y estos episodios con los que la Naturaleza nos sorprende se repetirán con bastante frecuencia y con una mayor virulencia. Pero vendrá otra vez el lobo y nos echará la puerta abajo. Eso sí, tendremos imágenes al instante. Y mientras haya cobertura (¿te acuerdas que las antenas de telefonía móvil producían cáncer?), no importa que se vaya la luz. Y si no esperaremos unas horas apenas porque en algunos medios de comunicación audiovisuales se encargarán de explotar el evento. ¿Aprovechamos para otro telemaratón?
Se me quedan en el tintero unos comunicados de unos amigos acerca del post de ayer y del porqué entrecomillo determinados vocablos o expresiones, de otros que ahora se hallan preocupados (a buenas horas) de la deriva casi diaria del chanchullar de Radio Realejos, de las tarjetas ‘Franciscas’ (o Pacas, para los más allegados), de la negativa de Jonay a integrarse (de serle solicitado) en el equipo de Marco, de la escasísima militancia en partidos y sindicatos…
Si ustedes quieren, no volvemos a encontrar mañana.