jueves, 30 de octubre de 2014

No quiere arrancar

“Tras un verano eminentemente seco, infrecuente por estos lares, le sucedió un comienzo de otoño más seco aún si cabe.
El mes de septiembre ha venido en constituirse, en estos últimos años, como una prolongación generosa del período vacacional. Incluso ha ha­bido ocasiones en que tal generosi­dad ha colmado sobradamente todas las previsiones.
No creo sea menester ahondar en los tristes recuerdos de incendios fo­restales acaecidos en años de ingra­ta memoria, como consecuencia de altas temperaturas y, cómo no, de la posible negligencia de los desalma­dos de turno. Calores que, algunas veces, han venido a mostrar el rego­deo de la Naturaleza. Algo así como cuando tras una semana de tiempo espléndido aparece un final desapa­cible que nos hace permanecer en casa a disgusto.
¿No será que el tiempo se está to­mando debida revancha ante tanto desaguisado que el homo sapiens está efectuando?
¿No será que nuestra madre Na­turaleza nos está tomando el pelo miserablemente y pone la panza de bu­rro cuando estamos de vacaciones y nos ataca a traición cuando comen­zarnos la lucha por la supervivencia?
¿No será, como dicen nuestros viejos, que el tiempo está cambiado?
Lo cierto es que, balbuceantes, han comenzado a caer unas ligeras go­tas por estos contornos, pero no aca­ba de cuajar la cosa. Las primeras, como casi siempre, acompañadas de un tremendo tierrerío que pone co­lor chocolate cuanto agarre a su paso.
Mientras, las miradas se dirigen al horizonte, a nuestro océano, por el que viene casi todo lo bueno, a ver si el alisio puede traer alguna que otra corriente de masas nubosas y echar mano, de una vez, del chale­co que ha permanecido guardado más meses de los reglamentariamen­te establecidos. Pero nada, no hay manera. Por otra parte, el paraguas, comprado en el verano –para que salga más barato–, permanece im­pertérrito. Aguarda en la esquina –iluso– por si un alma caritativa vie­ne a acordarse de él. ¿El arpa, de Bécquer?
Recuerdos de los tiempos de an­tes, recuerdos de cuando era normal que corrieran los barrancos, recuer­dos, sin ir más lejos, de un octubre del pasado año que se mostró gene­roso en la cantidad de lluvias habi­das, recuerdos...
Intentos vagos, balbuceantes, dos, pero vanos.
Y seguimos mirando hacia la mar por aquello de cumbre clara, mar oscuro, agua seguro.
Claman nuestras tierras por el frescor y la verdura. Resecas nues­tras plantas, suspiran por la caricia de la lluvia.
Ha transcurrido este mes de octu­bre y la deseada lluvia no quiere arrancar. Hasta los cuerpos se ponen impertinentes, jaquecosos, mimosos, como queriendo una pasada por agua.
El Servicio Meteorológico, que­riendo aliviar la papeleta, se atreve a dar pronósticos un tanto osados, atrevimiento que luego no llega a cumplirse porque el frente nuboso –qué tramposo él– termina por disol­verse o se desvía antes de llegar a es­tos peñascos. ¿Vuelve a correrse el tiempo?
La verdad es que para curar un montón de cosas nos está haciendo falta unas buenas agüitas. Pero no acaban de arrancar”.
Pasan los años. Veintiséis, con total exactitud. Porque fue el 30 de octubre de 1988 cuando el anterior texto salió publicado en El Día (Desde La Corona). Creemos que hemos mejorado en las predicciones. Bastante, entiendo. Pero aquellos que ni siquiera pintamos canas, salvo que las rotulemos en la calvicie, nos hemos percatado de que los pretéritos tiempos de Sur, que constituían la excepción, se han tornado en asiduos visitantes de estas islas. Y los del Norte estamos hartos de tanta gota gorda que apenas roza el suelo porque se seca por el camino. Y aquí en este Valle seguimos sin habituarnos al sofoque que no nos deja ponernos una sabanita por encima en las noches de un otoño veraniego. Y das más vueltas que un trompo. Te despiertas de madrugada y cuentas los escupitajos de Messi en cualquier partido unas cuatrocientas veces. Porque te da un no sé qué hacerlo con ovejas. Las pobres no estarían en condiciones de triscar por ese césped nauseabundo. El club debería multarlo. Como Hacienda. Por evadir saliva, sacándola ilegalmente de la cavidad bucal para depositarla en terrenos de difícil localización.
Pues sí, al igual que hace un montón de años, la lluvia no quiere arrancar. Y ya la necesitamos. Por lo menos yo, sí. Y mañana se acaba octubre.
Vuelvo a ‘robarle’ una foto a Carlos, pero como las cuelga en Facebook me aprovecho.