miércoles, 19 de noviembre de 2014

Cartas

Ridícula me parece la manera que tienen los presidentes autonómicos de contactar con su homólogo nacional. Y no es porque considere que escribir una carta sea malo. Todo lo contrario. Y más en estos tiempos en que agarrar un bolígrafo parece asunto del siglo pasado.
Es de candente actualidad la que el señor Mas remitió a Rajoy nada más contabilizarse los votos del simulacro. La tardanza para la respuesta, me imagino, es debida a que don Mariano aún no habla catalán en la intimidad y, en consecuencia, debe rodearse de varios asesores para que le traduzcan la misiva. Algo parecido a cuando se le ve con otros líderes mundiales (entiéndase lo de cabecilla o paladín por los otros), donde las dificultades de entendimiento son más que evidentes.
Como el nuestro, el que también se va a embarcar en una de las lanchas ecologistas con el fin de promocionarse en el Doctor Negrín, hizo lo propio semanas pasadas, me temo que se la haya remitido en formato de audio a través del silbo gomero. Lenguaje en el que Rivero es sumo experto, merced al cursillo acelerado, impartido por Casimiro, que se celebró en el Aula de la Naturaleza de El Cedro. Lugar en el que las prácticas pueden llevarse a cabo en un ambiente más autóctono y en el que ayes y lamentos descienden por los barrancos. O suben hasta El Contadero, donde se mide, o se cuenta, la efectividad de las lecciones recibidas.
Claro que como profesor de lengua que fui durante mi actividad laboral entiendo que no debemos perder las buenas artes de la escritura. Pero que un dirigente recurra a estas estrategias fuera de lugar (¿desde cuándo no pisa Paulino una escuela?) para disimular notorias carencias de comunicación, es deprimente. Para una bobería, tanto el de Cataluña como el de Canarias son capaces de plantarse a muchos kilómetros de distancia de sus lugares habituales de residencia. Y el calificativo de romero que le hemos atribuido al de aquí ha sido ganado a pulso. Mucha clavija tendrá que apretar el aspirante para llegarle al tobillo en el escalafón de la novelería.
Mientras Mariano Rajoy volaba (parece que esta vez el avión aguantó bien) al otro extremo del mundo para asistir a la reunión del G-20, pensó que quizás no se había explicado bien, o no se le entendió, en sus declaraciones ante el envite secesionista desde la Generalitat de Catalunya. Por lo que sus varios centenares de asesores le recomendaron que se diera un salto por aquellas tierras una vez hubiese regresado de las Antípodas. Espacio, por cierto, en el que no desentona demasiado.
Hasta que no lea los consabidos folios –ya se sabe que es un experto en el dominio de los tiempos; así le va– no estaremos en condiciones de asegurar si el examen de repesca valió para el fin pretendido. Porque lo mismo la explicación de la explicación de la explicación se convierte en un añadido a la colección de frases ingeniosas. Y el suspenso puede ser de órdago.
El servicio que Internet nos brinda, junto a las indudables ventajas que ofrece, ha servido para que los políticos aireen sus diferencias. Y no dudan recomendar a sus ‘negros’ que mantengan caldeado los ambientes. Y los ciudadanos estamos cansados de tanta veleidad. Solo ansiamos que se imponga la cordura, la sensatez. Que diriman sus diferencias en otros foros y que cuando quieran asomarse a redes sociales y otros canales de información, lo hagan para poner en nuestro conocimiento acuerdos definitivos. No nos interesa qué ha habido de por medio, cuántos obstáculos debieron superar, qué inconvenientes tuvieron que soslayar en el recorrido. Sean prácticos. Déjense de machangadas. No me cansaré de repetirlo: Facebook no gana elecciones, ni los artículos de opinión (incluyo las entradas blogueras). Ahí solo se plasma lo que interesa y son los incondicionales, los del voto asegurado, los que aplauden con las orejas.
Dejen el género epistolar para otros menesteres. En la literatura existe variedad, cantidad y calidad. Ustedes, con sus actitudes infantiles, cuando no mercantilistas, empobrecen el selecto elenco. Dennos una satisfacción siquiera una vez. Demuestren que las neuronas les valen para algo más, mucho más. No continúen empobreciendo el panorama que ya bastante fastidiados estamos. No se les llene la boca de los avances incontenibles de las nuevas tecnologías si después no son capaces de aplicar esos aprendizajes.
Los dejo. Tengo que escribir una carta. Si el tiempo (atmosférico) me deja. Hasta mañana.