martes, 9 de diciembre de 2014

Adelgazar la administración

Las carreras preelectorales proliferan como las sansilvestres. Debe haber alguno de los que solo saben hacer política, los profesionales, que sin haber acudido a las urnas ya están pensando en las siguientes. Los candidatos para 2015 están de un frenético perdido. Lanzando propuestas a diestro y siniestro (porque todos buscan el centro) con una energía tal que si luego fueran capaces de poner en práctica al menos el 10% de las mismas, otro gallo nos cantaría.
Si en vez de dedicarme toda la vida a ser maestro de escuela (y a mucha honra), hubiese dirigido mis pasos (al menos los de la última etapa docente) hacia cualquier facultad de Ciencias de la Información (jolines, por qué no presumir también ‘más que sea’ una miaja), a buen seguro que me habría dedicado a dirigir tesis doctorales que abarcaran cualquier faceta relacionada con la política, con los cargos públicos, con la peculiar manera de gestionar los recursos de la lata del gofio, con las promesas electorales y su grado de cumplimiento, con el nivel de hipocresía de los que dicen representarnos y… Párate, que vas lanzado y la frenada puede ser de órdago.
Ya volvemos a escuchar que es menester adelgazar la administración. Asunto recurrente de cada convocatoria y que ha conducido en unas décadas apenas de democracia hacia un monstruo tan gordo y horroroso, que nos van a faltar puertas en los edificios que albergan ayuntamientos, cabildos, consejerías, parlamentos y resto (casi hasta el infinito) de dependencias y chiringuitos varios.
El último en lanzar tal descubrimiento ha sido Fernando Clavijo, que ni siquiera tiene seguro el que vaya a poder continuar. Cuando es consciente de que en su consistorio, y merced al pacto con los socialistas, han tenido que ‘enchufar’ hasta los dirigentes vecinales. Y nos viene con la buena nueva: “Hay que adelgazar la administración”. ¿A qué jugamos, alcalde y candidato a aspirante (o aspirante a candidato)?
Se ha profesionalizado tanto el ejercicio político que ya no solo nos encontramos con administraciones en las que hay más cargos que funcionarios, sino que los elegidos, y recua de acólitos, se agarran más que el poxipol. Podría comenzar por San Juan de la Rambla, modelo de la desvergüenza y el despropósito, y acabar, por ejemplo, en mi pueblo.
Aquí, en Los Realejos, al paso que vamos, y mientras Domínguez siga al pie de la letra las instrucciones que Soria le remite desde su paraíso madrileño, acabaremos por privatizar hasta el aire que respiramos, porque con el sol ya están en ello. El penúltimo episodio ha sido el del alumbrado público. El concejal delegado de lo que yo denomino las cosas de la calle, está de un feliz elevado a la enésima. Acabará como otro bien conocido (mejor, dos) cuya única misión aparente es desgastar las losetas de las aceras de la Avenida de Canarias con el móvil bien pegado a la oreja. Resumo, para mejor entendernos: Con escasas competencias, y las pocas que le restan pueden ser asumidas por la gerencia de las empresas públicas, sigue con un sueldo de los estipulados para dedicación exclusiva. O de otros tantos, cuya finalidad es sacarse la foto y venderla en las redes sociales y medios de comunicación, digitales o no. Van a repavimentar una calle en Palo Blanco, y ahí se van Manolo y Adolfo, más el de la cámara, a inmortalizarse porque mayo se acerca peligrosamente. Y hay que promocionar al segundo porque con el primero haremos la pantomima del doblete.
Por activa y por pasiva los grupos de la oposición en el ayuntamiento de Los Realejos han propuesto que se haga efectiva una reducción, que supondría un importante ahorro en miles de euros, tan necesitados para otros menesteres. Porque no solo de piche vive el ciudadano. Ni caso. La callada por respuesta. Y en nuestro alcalde concurre el agravante de estar dedicando casi todo su tiempo a sus labores orgánicas en el partido, pero seguimos siendo los realejeros los que abonamos su espléndida asignación. Y cada vez que se lo espeto a través del único medio que tengo a mi alcance (este blog), me califica de demagogo.
Y como años tengo, y algo de experiencia también, me hallo en condiciones de demostrarle a quien sea que bastarían, aparte del alcalde, tres concejales al frente de sendas grandes áreas para gestionar la labor municipal. La limpia que podría hacerse en el capítulo de puestos de libre designación, ni te cuento. Y devolver al funcionario el prestigio que tanto órgano paralelo se ha ido cargando con el paso del tiempo.
Claro que se puede, y se debe, adelgazar la administración. Pero no lo podrán llevar a cabo lo que están en el machito desde ha la tira. Y el cuerpo se les ha acostumbrado a la dolce vita. De todo el espectro, no se vaya a creer. Cuánto espero, y deseo, que los aspirantes no contaminados sean capaces de ofertas valientes. Y que sean capaces de demostrar que saben caminar sin la ayuda de tantos estacones. O si no, que se presenten los asesores a las elecciones, ya que tanto saben.
La foto es del antiguo ayuntamiento. Me pregunto cómo demonios sobrevivimos. Indaga, mera curiosidad, de qué época son los centros docentes actuales y de cómo y cuándo se compraron los solares para su posterior construcción. Sí, contemplamos fachadas y exteriores y olvidamos cimientos. Nunca con tan poco se hizo tanto. Y nunca con tanto se ha gestionado fatal. Cuando prima el primero yo y después se verá, las metas y objetivos tienden a alejarse.
Señor Clavijo, coincido con usted en que hay que adelgazar, y perdón que me repita. Pero usted (y otros tantos) es completamente incompetente. Cundo no mentiroso, porque tiempo ha tenido. Y se merece, como conté el pasado viernes con Antonio Castro, presidir una reunión de discapacitados. Para lo que sí han sabido acreditarse con buena nota.
Hasta mañana.