lunes, 15 de diciembre de 2014

La noche en 24 horas

Suelo ver el programa. Me coincide con el tiempo de la lectura diaria (nocturna). Tele en la habitación (pecado mortal: cómo me gusta) y tumbado en la cama. He sido testigo del paso de muchos directores por el mismo. El actual, Sergio Martín, me parece buen periodista. Y reconozco que se le fue la olla cuando entrevistó a Pablo Iglesias. Pero de ahí a condenarlo a quemarse vivo en la pira sagrada, va un abismo tan grande como el de solicitar idéntica sanción para todo aquel que en el ejercicio de su labor profesional (incluyan los políticos) haya errado siquiera una vez.
Creo que los tertulianos que asisten cada día para comentar las noticias de la jornada están lo suficientemente capacitados como para ejercer un trabajo digno. Y no voy a establecer comparaciones porque no ha lugar. No solo las opiniones son libres en los manuales universitarios. Que ya somos mayorcitos. Y cada cual se inclina hacia el costado que le parezca conveniente. Pues lo mismo debería poner en solfa mucho comentario surgido en las redes sociales (bastantes de parte interesada y bastante sesgada) acerca del desliz etarra. Pero somos de un dado  a poner el grito en los cielos en defensa de los sagrados conceptos de neutralidad, imparcialidad, objetividad y etc., etc., cuando a la par permitimos burradas de igual o mayor sustancia en otras facetas sin que alcemos la voz. No, pon los ejemplos tú, que eres mucho más listo que yo. Y mejor periodista, faltaría más. Sigo en el proceso de aprendizaje y de ahí, a estas alturas, no voy a promocionar.
De lo que me alegro es que ya los perros coman carne de perro. Por algo se empieza. Pero desde la óptica de la envidia más rastrera y por seguir la línea de por el interés te quiero, Andrés, pues, sencillamente, no. Cuando uno se halla en edad de haber contemplado demasiados rifirrafes, bien está que las nuevas hornadas pongan el listón bien alto en algo que vengo demandando desde que comencé en esta aventura de los artículos de opinión: la ejemplaridad. Pero ello no me ha cegado para ser capaz de entender que si critico algún comportamiento anómalo, el día que me pesquen cometiendo similar tropiezo me van a crucificar.
La televisión pública tendría que ser modelo de comunicación, espejo informativo. No lo es, desgraciadamente. Está demasiado sujeta a los dictados de los gobiernos de turno. Aunque tenues barnices quieran disimularlo. Pero cuando cada noche realizo el ejercicio que te vengo comentando, soy consciente de las debilidades de cada tertuliano, cuando no de las del conductor del mismo. Y podríamos incluso, si vamos algo más allá y profundizamos en el meollo, buscarle las cosquillas a la selección que realiza Pepe Hervás en las cabeceras de los periódicos que a la hora del cierre del programa ya enviaron a la rotativas los ejemplares que veremos en los quioscos el día siguiente.
El periodismo se halla en un periodo de dependencia brutal. Los condicionantes que atenazan a los profesionales a la hora de enfrentarse a una cámara, un micro o ponerse delante del teclado a redactar el folio diario, son de tal calibre que escapar de ellos no es que te suponga un esfuerzo añadido; no, es que te vas a la calle más rápido que queriendo. Ni los digitales escapan de esta vorágine. Así que no me vengan con lecciones de puritanismo barato que  a este jubilado ya se le cayó el pelo. Y llámame como prefieras, pero de tonto seguro que no.
Cada entrevista, cada declaración de los que aspiran a gobernar bajo el lema de cambiar esta sociedad corrupta y cargada de mangantes, va a ser examinada con lupa, se les va a realizar todos los análisis posibles. Porque el producto que se vende es altamente peligroso e inflamable. Podemos, sin dobles, estar hastiados de comportamientos inadecuados, pero muy atentos a que nos sigan vendiendo la moto, a que falsos profetas nos embauquen en aventuras de difícil retorno.
Te juro y prometo que de otros programas, de otras cadenas, de otros contenidos más o menos volubles no me hallo en condiciones de escribir una línea. Admiro a los que están enganchados en otras dinámicas. Sí, pueden que valgan de entretenimiento. Pero de los informativos, en general, me declaro adicto compulsivo. Y desde las excelencias autonómicas hasta simultanear (es mi peculiar manera de hacer encuestas) varias emisoras, pesco de aquí y de allá. Amén de las dos horas mañaneras de raciones de prensa. Hasta soy capaz, osado de mí, de echar visuales a medios más cercanos (menos uno: prescripción facultativa), donde compruebo que hay colegas. Eso, hay colegas, y ya está.
Con un compañero hablé al día siguiente de la entrevista de marras. Y testigo es de la opinión que le transmití acerca de la metedura de pata. Pero si la vara de medir fuera esa. ¿estaría nuestro presidente Rajoy ejerciendo función alguna? Es que no valdría ni para registrador de la propiedad.
Qué facilidad para reconocer que todos nos equivocamos, aunque sea como salvapantallas, por si acaso. Pero cuánto sectarismo se destila en los comentarios. Me causan terror los de aquellos que van a salvarnos. Y de esos, la inmensa mayoría de los que he podido leer. Que no, no defiendo a nadie. No estoy necesitado. Insisto, repasa la lista de presentadores (directores) que ha tenido el programa. Como voy a seguir viéndolo, puede que me convenga conocer a otro. Que pongan a mi prima y lo mismo me cuelgan por tráfico de influencias. Cuánta ilusión.
Hasta mañana.