viernes, 26 de diciembre de 2014

Mercadeo político

He visto reflejada en estos días pasados una de las tantas genialidades de Groucho Marx: “Es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas”. Y quien tiene la osadía de plasmar por escrito, al menos de lunes a viernes, sus pareceres, que sopesa y medita cada una de las expresiones por los riesgos evidentes que implica la actividad, cree a pie juntillas que la frase de marras viene como anillo al dedo para definir el comportamiento de los atrevidos o lanzados de turno. Entre los que se podría encuadrar perfectamente los seguidores acérrimos de los grandes clubes de fútbol, verbigracia, Barça o Madrid. Mira que sueltan tonterías en aras de la defensa numantina del equipo de sus amores.
Pero no deja de ser menos llamativo el quehacer de los que yo mento como mercaderes políticos. Y que si las formaciones de tal índole tuviesen un mínimo de sentido común, habrían desterrado tiempo atrás. Porque flaco favor están haciendo a que los ciudadanos volvamos a confiar en tal noble actividad. Y de ahí el auge de los agoreros y advenedizos. Puede que más trepas todavía.
Lo de doña Esperanza Aguirre merece todo un tratado de mayor enjundia que este sencillo post bloguero. Y es que, como manifestamos por estos lares, a la susodicha hay que echarle de comer aparte. Ha decidido postularse para el retorno. Algo así como el caso de los toreros. Dijo en septiembre de 2012 que entendía el ejercicio de un cargo público como una actividad temporal. Y que había llegado la hora de dedicarse a su familia. Consecuencia de un proceso de profunda reflexión, por lo que era la suya una decisión muy meditada.
Ahora, aburrida de atender a nietos, sobrinos y demás parientes, ha cambiado de parecer. Y lanza nuevo órdago al gallego. Pretende demostrarle que su inglés es mucho más fluido que el de la Botella y su hazmerreír del café con leche. Algo que no entraña demasiadas complicaciones, por cierto. Lo que no tengo tan claro es que los madrileños, que se las dan de tan inteligentes, se hallen por la labor. Desde la distancia lo que intuyo es que el envite de la señora tiene un recorrido bastante más amplio. Y que su horizonte se vislumbra más allá de las márgenes del río Manzanares. Pues si superar la gestión de la sustituta de Gallardón no se antoja tarea complicada, hacerlo con la de Mariano tampoco supone dificultad añadida. Y si le va mal, se cambian las siglas.
Por territorios más cercanos no mejora el enfermo. Tras la fiebre reconquistadora de Nacho González, toma el testigo el chiquito de La Aldea. Médico él, aunque no haya recetado una aspirina en su vida. Ni en bajada. La frenética campaña de captación de socios que ha emprendido don Román Rodríguez (alias, un mechón de tu cabello) no guarda parangón en la historia reciente. El parlamentario canario (muy de izquierdas y de los que se alojan en el Mencey) no para la pata. Con la que duerme a ídem suelta en los mullidos colchones del recinto hotelero. Viva la sufrida clase obrera.
La última, venirse a El Tanque para rescatar a otro médico, Pablo Estévez, un fisco más activo, y subirlo al carro triunfador. Tanto que antes de firmar el contrato, ya se ve gobernando, nuevamente, el municipio y de camino “cagarle en la oreja” al partido socialista. Y de ejemplos saltimbanquis (por no escribir payasos) está bien surtida la geografía insular. Son los modelos que enorgullecen el gremio. Los mismos que no se recatan en demandar tu voto para dignificar… la profesión. Porque ya nadie se va, como antes, para entretenerse en otra cosa. Puede que no sepan.
Voy a cometer otro pecado imperdonable: me pongo de ejemplo. Me fui, y me fui. Abandoné, incluso, la afiliación (que no militancia: Haber o concurrir en una cosa alguna razón o circunstancia particular que favorece o apoya cierta pretensión o determinado proyecto) y me consagré a mis labores. Otros –eso ocurría décadas atrás– hicieron tres cuartos de lo mismo, aunque persistieron en su pertenencia a la formación. Y no hemos vuelto. Ni hemos recalado en otros brazos. Ni hemos aspirado a nada. Ni nos hemos dejado convencer para los retornos. Consideramos, simplemente, que nuestro tiempo había pasado. Y aquella etapa de servicio, que sigue siendo parte importante de nuestro haber, constituyó un jalón más en nuestra existencia. Algunos, ahora, puede que los menos valiosos, entienden que son indispensables. Y son capaces de agarrarse a un clavo ardiendo (o tacha incandescente). En un ejercicio de cinismo y desfachatez que raya lo grotesco.
La avalancha del próximo 24 de mayo será la prueba inequívoca de cuánto valor concedemos a ostentar un cargo público. Y fíjense bien, electores, para que separen la paja del grano. Antes de, muchas promesas de limitar los mandatos (antes no hacía falta). Después de, si te vi no me acuerdo o aquí se pasa de la pe de la eme. Si acaso, a cuentagotas. Como el popular Manuel Fernández, quien piensa dedicarse a sus negocios, como si no lo hubiese simultaneado con sus larguísimas estancias parlamentarias. Y sus declaraciones (al menos las que escuché en la Cadena Ser), de lástima. Se reenganchaba porque debido a su estimación lo iban siempre a buscar. Siento contradecirle porque aún restan otros fósiles. Y si argumentan idéntica canción, deben valer su peso en oro. Como la leyenda de la hija de Almanzor. Pero eso ya es historia. Como ellos mismos, sin ir más lejos.
Sigan disfrutando de las fiestas. Y coman. Y beban. No sean bobos. Hasta la próxima.