martes, 20 de enero de 2015

Felices

Encuestas, estudios, sondeos… Proliferan tanto que ya es necesario conocer la línea editorial del medio que publica los datos. Porque no parece entrar dentro de los cálculos de la normalidad el que hasta tres formaciones diferentes vayan a ganar las próximas elecciones, habiéndose realizado el trabajo de campo a la par y siendo idéntico el perfil de los entrevistados. A lo peor viene a resultar que las respuestas varían en función de la situación anímica o familiar del que da su parecer, en vez de una convicción política y social ajena a condicionantes de hambre, sueño o cansancio. Y puede que llamen a los mismos, quienes se entretienen en saltar a la pata coja. Entre estas evaluaciones, las presencias en los medios de comunicación (de todo tipo, estilo y condición) y las veleidades de los que se dicen nuevos pero que por sus procederes ya se equiparan a los de toda la vida, o más rancios aún, nada me extrañaría que debamos arbitrar un nuevo sistema electoral.
Los organismos públicos también se han sumado a la fiesta. El cabildo tinerfeño, para no irnos muy lejos, ha llegado a la conclusión de que los habitantes del Norte somos tremendamente felices. Mucho más que los capitalinos o sureños. Se lo han preguntado a unas muestras de Arona, Santa Cruz y La Guancha. Dicen que buscando el contraste entre lo urbano y lo rural. Como no tuve acceso a la ficha técnica –me imagino que en las cocinas de CC se lo habrán guisado bien– sigo dándole vueltas a la cabeza y no termino de entender cuál fue la regla de tres aplicada para extrapolar los datos y colegir que todos los que habitamos entre La Laguna y Buenavista estamos igual de contentos que los guancheros. Me imagino que Carlos Alonso quiso contentar a Yeyo, y de paso (ya lo volvió a soltar en el Taoro este paso fin de semana) poner unas notas de felicidad en la alicaída población portuense que ya quiere ver al menos un cajón para el futuro complejo marítimo.
Son, entiendo, las modernas maneras de lanzar una intrépida reportera (de esas que cuando llueve o hay algo de ventolera hacen el ridículo más espantoso) a la calle, plantear la cuestión de rigor a las cuatro primeras parientas que pasan delante de sus narices y luego, a la hora de editar, seleccionan las dos que fueron capaces de hilvanar tres palabras seguidas: sí, pero no.
Cuando leí la noticia, pensé si habían consultado a mi nieta (por lo de la despreocupación y alegría). Y luego me consolé al percatarme de que al día siguiente, cuando me cayera con el coche en alguno de los muchos socabrones que te acechan por las carreteras, brincaría no del sobresalto y del lamento por un amortiguador averiado, sino por el contento subido que se me presupone con la encuesta de marras.
Me tacharán ustedes de reiterativo si plasmo aquí que los organismos públicos se inventaron para la correcta gestión de los dineros, de que la lata del gofio sea repartida con equidad. Que nos alegremos por tener unos colegios dignos, una sanidad sin listas de espera, una atención exquisita a nuestros mayores y discapacitados, unas vías públicas en condiciones, parques, zonas verdes, jardines… Y que no me vengan con monsergas de que soy feliz porque veinte o treinta guancheros lo son. O lo eran cuando los trincaron después de echarse el cortadito de media mañana.
Estoy pensando que de aquí a mayo lo mismo me dedico a escribir boberías. Porque cuando lo hago de cosas serias (la política lo es), me llevo cada chasco. Soy hijo de un peón de la agricultura. No escribo agricultor porque del vocablo se han adueñado los propietarios de los terrenos, y mi padre no lo fue. Casi autodidacta supo ir progresando. Tanto que, junto a sus dos hermanos, se atrevió a dar clases a los otros vecinos a los que no se les brindó la ocasión de pisar una escuela. Allí, en la Casona de La Gorvorana, nos criamos los hermanos. Junto a varias familias más que ocupábamos las amplias dependencias del vetusto edificio. Salimos todos pa´lante. Y nos labramos un porvenir, que se decía. A pesar de las penurias, fuimos unos privilegiados porque jamás faltó la comida. Estudiamos y aquí seguimos. Los padres se marcharon (una hermana también) antes de lo que era previsible pero en esos derroteros no pudimos ejercer influencia alguna. Lo que se relata en Pepillo y Juanillo (libro) no son inventos de mente calenturienta. Son vivencias, más o menos disimuladas con barnices literarios, pero experiencias de infancia y juventud. Pero ahora soy casta porque unos niñatos de papá (nosotros solo llegamos a pá y má), que pretenden auparse para guiarnos por la senda del bien, estiman adecuado calificarnos de tal guisa. Todos con carreras universitarias y amplísimas dotes de intelectuales. Son los que nos van a sacar del atolladero. Para que seamos felices. Y no divaguemos con ideologías ni otras menudencias. Ellos, los niños bien. Los que lo han tenido todo porque muchos de aquellos que no tuvimos ni baño ni plato ducha (ni Roca, ni Fiora, ni Silex) y teníamos que ir a cagar a la platanera (por cierto, qué gozada) decidimos un lejano día entrar en eso de la cosa pública para echar una mano (sí, y no fue poco) y poner cimientos. Por ello, soy casta. Los que deben buscar el botón de arranque en una guataca son los que me van a devolver la felicidad. Cuánta falta de ignorancia.
Y tú, elector, despierta de una vez y deja de creer en pajaritos preñados, en el sexo de los ángeles (por lo de la semana santa sevillana y las iglesias… cada vez más inconsistente, más vacuo, más veleta y anemómetro). Deja de pellizcar cristales y correr detrás de los aviones. Date uno bien retorcido donde te duela, pega un grito y di basta. Porque el afán de protagonismo de los arribistas…
Soy feliz. Tengo la conciencia tranquila. Van a cumplirse treinta años. Esa será otra historia. Me encantaría que cualquier ayuntamiento nombrara, como cargo de confianza, a uno de estos iluminados para que se le encomendara elaborar la secuencia histórica de los movimientos asociativos en los pueblos. Tendría trabajo para una buena temporada. Puede que se llevara más de una sorpresa al comprobar cómo la gente ponía tiempo y dinero por intentar mejorar las condiciones de vida de los demás. Lo mismo deben tragarse un buen protector de estómago para poder hacer esta complicada digestión.
Transito por mi sexto curso jubilado. Ni aun en estado tan placentero soy casta, aprovechados, oportunistas, ventajistas, demagogos… A estas alturas de la vida, etapa en la que sigo aprendiendo a raudales, lecciones: las justas. De ustedes: ninguna.