martes, 10 de marzo de 2015

Guanches

Lo que te voy a contar hoy es fruto de otro sueño. En las redacciones –antiguamente se llamaban así– que nos marcaban en nuestra época de estudiantes, pretendíamos sorprender al profesor (o profesora, ya lo sé) de Lengua con relatos inverosímiles que concluían con unos sugerentes puntos suspensivos… Y te despertabas, claro. Pensabas en tu intimidad, incluso creías estar viendo al corrector (o correctora, ya lo sé), que la sorpresa era mayúscula y que la calificación alcanzaría, como mínimo, el notable alto.
En este relato de hoy haré lo contrario. Tú comenzarás la lectura sabiendo que se trata de una ilusión. Que ocurrió, no te vayas a creer. Y al final, si entiendes que en la realidad estos hechos pueden ser factibles, perfecto. Y si no, perfecto asimismo.
Estaba apoyado a la baranda en el mirador de El Lance. Abajo, Tigaiga, dormida al socaire del risco, se preparaba para despedirse de los generosos rayos solares que en aquel espléndido día le habían sacudido el penúltimo tiritar del frío invierno. Se me antojó, de pronto, que el suelo comenzaba a temblar.
–Qué raro, yo pensando que Tigaiga se estremece y ahora…
–¡¡¡Vacaguaré!!!
–Me cago en la madre… Chacho, qué vas a hacer…
–Gofio, tenique, tasaigo, beletén… Estoy jartito de tanto pichingli y de que me jalen por el tesegue. Me enjilo por segunda vez…
Allí estaba, a escasos dos metros, tal y como la escultora lo trajo al mundo, alongado al tolmo empinado y a punto de volver a suicidarse.
–Espera un fisco, hombre. No me vayas a fastidiar la tarde. Por una vez que vengo a dar una vuelta…
–Por una vez, no; no te hagas el listo que te he visto pasar en varias ocasiones. Yo me finjo ciego y sordomudo, pero ya vez cómo me expreso. Y domino varios idiomas. Pero lo más importante, sigo alzado.
–Espera un momento que voy al coche a buscar algo para taparte. No es lo mismo estar ahí arriba, tieso como un garrote, que aquí abajo vivito y coleando. Eso, coleando, se te nota que te cambas.
–¿Y qué? El pueblo guanche, masacrado en su día por el malvado invasor, tiene en mí un genuino representante con sus caracteres bien definidos…
–Por supuesto, a la vista están y por eso voy a traerte un chándal viejo. Algo retrincado vas a quedar, pero al menos disimulas.
–Los prejuicios, siempre los prejuicios. Y si son raciales venden más. Estoy pensando que…
Mientras él pensaba, yo también. Este jodido guanche sabe más que el carajo. Y uno creía que solo era soporte fotográfico de mujeres con carencias y de hombres con carencias. Que no, no me repito. Es lo que hay…
–Ya está, te voy a pedir un favor: ¿Tú conoces a un tal Manuel, que fue alcalde del pueblo que está ahí por el otro lado del barranco y que para imitar nuestro glorioso Beñesmen se disfrazó de carnero mocho con un tamarco prêt à porter?
– (Joder, con el primitivo, conoce el doble, si no el triple, que muchos ediles de cultura) Hombre, conocerlo, sí; tratarlo, va a ser que no. Nunca estuvimos en la misma (k)onda.
–Es que hace unos días escuché a un ramblero, satinado perdido, que lo ponía bonito porque pegó un salto que ni el mío se le puede comparar.
–Algo me han dicho.
–Cómo que algo te han dicho. Tú sabes toda la historia. Que me contaron que tú escribes.
–(Joder con el supuesto primitivo) Demonios, me estás sorprendiendo.
–Este es un lugar de mucho tránsito. Y en estos años me he cultivado bastante. Me desenvuelvo en varias lenguas, entiendo el de signos, interpreto el movimiento de los labios, charlo con los animales (de cuatro patas). Hay un chiquito ahí más adentro, tiene un burro que se llama Paco, que suele meditar aquí en voz baja y, claro, yo estoy al loro…
–(Como Manolo, el otro, se entere de lo que conoce este, va a tener el mismo destino que los represaliados de Nuevas Generaciones o, como mal menor, lo envía al retiro del patio de la Casona de La Gorvorana).
–Nacionalista convencido. Aicá maragá y guárdame un huevo de tabobo. Y ahora asesora con la tabona en la mano. ¿Tú sabes dónde vive?
–¿Vas a ir a saludarlo?
–Si tú me llevas, sí; caminando no puedo porque doy el cante. Además, tengo las patas rajadas de los cambios de temperatura y lonas pa´mí no vienen.
–Ay tu catana.
–Ños, ¿hablas guanche?
–Arcitir Magro.
–Alzanxiquian abcanabac serax.
–Chucar guayec atchimencey reste Benchom sahec tender relac nazet sahañec…
Voló un guirre desde La Corona, emitió un extraño sonido…
Aguirre y Cifuentes, candidatas en Madrid…
Jolines, se me quedó la tele encendida. Pero me volví a dormir y ya no soñé más. Cada vez que voy para La Guancha me paro un ratito en el lugar de los hechos. No he vuelto a notar nada raro. Luego, a la altura de cierta cerrajería, aflojo la marcha por si vislumbro una añepa. O, en su defecto, la rojigualda. No he tenido suerte.
¡Ah!, el viejo chándal sigue sin aparecer. Cualquiera se lo cuenta a mi mujer. Como era el que utilizaba para las faenas domésticas no lo habrá echado en falta. Puestos no los tiene el fulano. Vete a saber dónde los habrá perdido. Yo no creo que haya ido solo a intercambiar opiniones con el otro (reconvertido).