lunes, 23 de marzo de 2015

Viajar


Hoy, cuando una mayoría de españoles está hablando del resultado de las elecciones andaluzas y realiza los análisis según su afinidad política, se me antoja oportuno comentar otros aspectos.
Hoy, cuando la otra parte de los que quedaron fuera de la anterior mayoría, y algún superpuesto, está hablando del resultado del Barça-Madrid y efectúa los cálculos con la vista puesta en el final de la liga o en la Champion, se me antoja oportuno cambiar de tercio.
Y es que soy así. Por llevar la contraria soy capaz de no votar a los que gobiernan en mi pueblo y en la Moncloa madrileña, que no portuense.
Subidos al carro de las encuestas, de los sondeos y de los estudios de opinión, viene a resultar que viajar es lo que más felices hace a los españoles. Y con esta conclusión coincido plenamente. Ay, si yo tuviera dinero para invertir.
De las diversas acepciones del verbo me quedo con la segunda y tercera: 2. tr. Emplear, gastar, colocar un caudal. 3. tr. Emplear u ocupar el tiempo.
Mientras unos sueñan –hasta la publicidad del organismo de loterías va en esa dirección– con chalés y yates de lujo superlativo (en el lenguaje modernista de la progresía vendría a ser superchalés y superyates, que es más supermegaguay), yo gastaría ese dinero en conocer mundo. Aunque no entre en mis apetencias el universo de los cruceros y de las giras a lugares exóticos. Suelo ser más de andar por casa.
Como enamorado de nuestras islas, no me canso de recorrer sus parajes, de meterme por cualquier recoveco que vislumbre en cada visita. Me siento bien en todas, aunque uno tenga sus preferencias que guarda celosamente en un rincón de su intimidad (lo de corazón, alma y otros aspectos trascendentales lo dejo para otros instantes de inspiración poética, y hoy es lunes). Mis amoríos para y con La Gomera son mucho más que confesables y no me importa silbarlo a los cuatro vientos. O cinco, de haberlos.
Cuando era mucho más joven que ahora, me fui, con el coche (una veces el mío y otras con uno prestado) en varias ocasiones a la Península. Eran tiempos de la peseta y aunque el billete del barco (ida y vuelta) para llevar el fotingo salía por varios sueldos de maestro, uno se embarcaba en la aventura (familia incluida) y con una simple caseta de campaña hacía más kilómetros en un mes que en muchos meses aquí. Ir de camping era, simple y llanamente, una gozada.
Me gustaría, ahora mismo, hacer la Ruta de la Plata, desde Sevilla a Gijón. De manera pausada, tranquila, relajada. Sin que me sujetara un horario predeterminado y coadyuvando a fomentar la economía allá por donde pasase: coche alquilado, combustible, alojamiento, comidas, visitas culturales y de recreo… Qué te voy a contar que no puedas imaginarte. Y después de las tierras asturianas (como dispondré de capitales suficientes, nos mandaremos unos garbeos gastronómicos con el amigo Ángel), incursión gallega, bajar reposadamente por Lusitania y retorno al punto de partida en la capital hispalense.
No me atraen –habrá que probar por si cambio de opinión– las correrías que nos venden las agencias de viaje y en las que transitas por una docena de países en el lapso de ocho días y siete noches. Esos trotes que te permiten desayunarte en Italia, almorzar en Francia y cenar en Andorra. Donde el control es tan estricto y las sujeciones del reloj de tal calibre, que debes aguantar las ganas de mear mucho más allá de los límites prostáticos aconsejables.
No, prefiero ir por libre mientras la salud me lo permita y no se me quiten las ganas de conducir. Porque es otro error del canario, encerrado en límites geográficos minúsculos, pensar que nos perdemos por esas carreteras. ¿Dónde vas con ese tráfico?, me espetan aquellos que piensan que volante y cambios son diferentes allende los mares.
Ay, si yo tuviera dinero para invertir, para ocupar mis ratos libres en pasatiempos de solaz y recreo. Colocaría mis caudales allá por donde la imaginación me dictara. Y creo que con unos centenares que pensaran como yo, a buen seguro que haríamos factibles las promesas de los políticos que hacen referencia a la creación de empleo. Máxime cuando el dinero en los bancos sigue sujeto a demasiadas fluctuaciones. Hay que moverlo, airearlo, que le dé el viento. Sin pasarse, no sea que una ráfaga se lo lleve todo.
En fin, qué bonito es soñar. Hasta mañana. ¿Se mojaron? Espero que les guste el mosaico fotográfico canario de las ocho islas.