jueves, 30 de abril de 2015

Cansado

Estoy molido como un zurrón. Es terminología antigua. No trato con ello de sugerir que no exista hoy expresión parecida o similar al respecto. Pero no solo la desconozco sino que intuyo que en la actualidad ya no se muele nadie. La evolución nos ha vuelto cómodos. Se nace cansado, aunque no molido. Así, me temo, que esta lectura solo esté recomendada para los que ya transitamos por la segunda mitad de la primera centuria.
Aquellos que funcionamos con esquemas de antaño, y seguimos siendo pobres a pesar de habernos incursionado en el mundo de la política, hemos de echar mano de todo el ingenio posible. Algo así a como cuando jugábamos con una garapa y disponíamos de la mejor lancha del mundo. O como cuando hacíamos un molino con una penca y marchaba a las mil maravillas. De los carros de verga o de latas de sardinas mejor hablamos (escribimos) en una futura ocasión, no sea que se traumatice cualquier posible lector de los que transitan por la primera mitad de la primera centuria.
Tengo unas rejas de hierro en mi casa (de las oxidables) que estaban hechas un asquito. O más. Y tuve que armarme de paciencia para proceder a pintarlas. Porque si hubiese tenido dinero en abundancia, podría haber adoptado dos posturas. Primera: sustituirlas por otro material o, en su defecto, cambiarlas por cualquier artilugio automatizado; por ejemplo, una persiana dotada de motor y, a ser posible, de autolavado. Segunda: llamar a un pintor y pagarle lo estipulado. Como ningún alcalde ha estudiado la posibilidad de pagarme cualquier liquidación por los magníficos servicios prestados en la ya lejana década de los ochenta del pasado siglo, así me va. El que nace barrigón…
Redacto estas líneas el miércoles por la tarde –bien tarde– y me duelen todas las articulaciones. Si es que me queda alguna, porque lo mismo se derrengaron en conjunto. Eso de lijar, subir y bajar la escalera, limpiar el polvo, pasar un trapo húmedo, ir a comprar pintura y brochas, quitar las ventanas para que no se manchen, colocar algún protector en el suelo por lo que pueda salpicar… Y cuando comienzas el pintado propiamente dicho, parece que los centímetros del metal aumentan considerablemente. Como quisiste –bobo redomado– que tuviese unos adornos curvilíneos… Deja volar la imaginación y antes de pasar al siguiente párrafo, ubica en este todo aquello que tú también has sufrido. ¿O no?
Quienes parecen no cansarse son dos personajes de pro: Elfidio Alonso y Rosa Díez. El de la pandereta lleva unos dos años de adelanto y se ha empeñado en celebrar el 50º aniversario de Los Sabandeños a pesar de todas las voces en contra. Donde manda capitán y derechos de autor, quítense otras menudencias. La mandamás de UPyD, generala en jefe (o jefa) de la exigua tropa, va a ver cumplido su principal objetivo en unas semanas más: ser la única militanta y ostentar todos los cargos a repartir. Dos perfiles bastante unipersonales a la usanza de tiempos pretéritos.
Ayer fue Rajoy, como todos los miércoles, a someterse a la sesión de control. Cansado está de repetir que no va a hablar de la herencia recibida. Y ha permanecido fiel a la promesa, por lo que no acepta lecciones de nadie. No confunde la gimnasia con la magnesia y está en lo que hay que estar, de lo que hablará cuando toque, y por eso ha hecho lo que había que hacer. De no haberte quedado claro, la semana que viene habrá ración semejante.
Los gobernantes, en cualquier institución, que se vuelven a presentar a las elecciones, no cansados de las promesas incumplidas, vuelven a repetir idénticas canciones. Creen, ilusos, que los votantes estamos agotados de pintar rejas de ventanas y ventanillos, y nos bombardean: el puerto del Puerto, el anillo insular, el hipódromo, el campo de golf… Aunque la mejor: disminuir el número de parados a base de potenciar el cierre (perdón, mil excusas), la apertura de pequeñas y medianas empresas, a las que dotaremos de atrayentes incentivos fiscales que permitirán la creación de millones de puestos de trabajo…
El que no se cansa (esto no es trabajo físico) de recalcar hasta la saciedad que el verbo adolecer no es sinónimo de carecer, soy yo. Y las recomendaciones a visitar el diccionario siguen cayendo en saco roto. Debo vaciar la papelera de reciclaje unas diez veces a la semana, lo que demuestra bien a las claras el caso que me prestan. Un candidato en determinado pueblo de La Gomera ha sentenciado: “El gobierno municipal adolece de democracia”. Debería ser obligación del periodista que cuelga la información en cualquier digital advertirle del error. Y el equipo de gobierno actual en el consistorio de marras, amén de saltar de contento, agradecerle el cumplido. Como no lo llevan a efecto ni los unos ni los otros, uno colige que esta sociedad adolece de muchísima incultura. La falta de ignorancia, Cantinflas dixit. Además, si el autor de la frase es alguien que viene prometiendo un cambio radical del pueblo y es conocido por tres personas de toda la isla, mejor haría en comprarse un buen  libro de lecturas e irse a La Caleta para relajarse un fisco.
Amigos, vienen unos días de fiesta que conformarán el acueducto de principios de mayo. Antes solía participar en la Manifestación del día primero, pero desistí cuando contemplé a más de un vago que no dio dos palos al agua, y no porque estuviera en el paro, enarbolando un cacho de trapo con unos logos dibujados. También el 3 habrá fuegos en mi pueblo y el fervor religioso inundará todas las esquinas de Realejo Alto. Esa misma llama de solidaridad que…
Hasta la próxima.