miércoles, 1 de abril de 2015

Entrega de notas

Hace unas semanas los colegios se llenaron de padres. Perdón, de madres. Asistieron a buscar el boletín con las calificaciones de sus hijos. Medida más que aceptable para lograr que, al menos tres veces en el curso, los progenitores acudan a la llamada de los docentes. Otro perdón, es un decir. Son de esas tardes en que los centros se tornan variopintos. Si por la mañana puede que existan, es un mero ejemplo, cerca de seiscientas personas en el recinto escolar, en esas tardes especiales se aproxima al millar el número de inquilinos.
Pero sentimos todos los que poco tenemos que ver con esto de la educación que algo o mucho está fallando. Porque desde la madre que exige la entrega inmediata de la papeleta, puesto que tiene cosas más importantes que hacer, hasta quienes confiesan amargamente que ya no pueden con sus hijos, media una serie importante de características bien dispares.
No es normal, al menos no me lo parece, que una madre de treinta y tantos se declare impotente para dominar la situación ante un chaval que lo ha tenido todo y más. Que presume por su zona de residencia de bicicleta de ciento y tantas miles –antes pesetas, ahora menos, por lo de los euros– y de cuanto artilugio móvil se haya fabricado. Que vive hasta las tantas en la calle sin que a sus progenitores parezca preocuparles demasiado dónde y con quién está. Se han ido acumulando lodos y se ha ido conformando una gruesa capa de pringoso fango del que es harto difícil salir.
No es normal que uno vuelva de La Perdoma, tras rasgar un fisco unas cuantas cuerdas, y halle en la calle a quienes mañana llegarán tarde al colegio porque se dejaron dormir. Y con el papelito firmado por la madre, porque a ella también se le quedó mudo el despertador. Probablemente estaba también a esas tantas deambulando por el barrio en busca de su vástago del alma. Para recordarle que el dormir es una necesidad fisiológica.
Hay amores mal entendidos y mucho padre moderno ha creído ver la solución en aportar al infante todo aquello que él no tuvo cuando joven. Y como la sociedad avanza a ritmo vertiginoso, o reflexionamos y meditamos profundamente o esto se va para el carajo. Perdonen que sea tan expresivo, pero ustedes me entienden.
Desde hace unos meses, en la zona en la que ejerzo mi labor, carecemos de la presencia del denominado policía de proximidad. Porque las bajas médicas no son cubiertas y ante las eventualidades toca fastidiarse al vecino. Y es sintomático, porque su ausencia ha provocado presencias masivas de alumnos de los IES realejeros que parecen estar peleados con las aulas de los edificios verde y marrón, en terminología popular. Y son jóvenes que permanecen un día y otro en la calle durante todo el horario escolar sin que sus padres se enteren de nada. Y que viven a un par de cientos de metros.
Son, desgraciadamente, los hijos de quienes ponían el grito en el cielo cuando desde el colegio se les citaba ante cualquier comportamiento inadecuado del jovenzuelo. Porque todos los de la comunidad educativa estábamos equivocados. Como siempre. Aunque a duras penas lográbamos tenerlos, al menos, dentro del recinto. Ahora, con bastante probabilidad, ni siquiera saben por donde se entra al actual centro docente, es decir, a su instituto.
Todos los vemos, sus padres no. Rayan coches, rompen cuanto tienen a su alcance, apedrean farolas y pintan todas las paredes que hallen a su paso. Molestan a los profesores que imparten sus clases de educación física en el patio y se permiten la valentía de entrar a pasear orgullosos sus portes a lo ‘rambito’. Con toda seguridad no se hubiesen alcanzado estas situaciones con dos buenas tortas a tiempo. Pero como hemos confundido autoridad con cualquier bobería, ya no nos atrevemos ni siquiera a ejercer nuestra función de padres. Y cuando un alumno de segundo de primaria, con sus siete inocentes añitos, te comienza a hablar del chocolate y ‘otras boberías’, se te ponen los pelos como tachas. Son, claro, los descendientes de quienes confundieron el colegio con una guardería. Que han creído ver en el establecimiento docente el lugar ideal para que le mantengan y cuiden al revoltoso durante las más horas posibles del día.
Sí, ya no puedo con él, no sé qué hacerle, me tiene cansada, harta, dice una. Es igualito que yo, que no aprobaba una porque siempre estaba entretenida, dice otra. Perdonen si me refiero a las mujeres, pero ya se sabe, la escuela es cosa de las madres. Los hombres suelen ser muy hombres y no están para mariconadas.
Se vienen a matricular en tres años y ya se les ve el plumero. Es que son hiperactivos, no pueden estarse quietos. Mientras la madre entrega los papeles en secretaría, el inocente agarra sellos, bolígrafos y pone la mesa patas arriba. ¡Ay, tengo unas ganas que venga a la escuela a ver si lo meten por vereda! Y yo, secretario del colegio público Toscal-Longuera, que llevo metido media vida en equipos directivos, siento un contento dentro de mi cuerpo que me dan ganas, me dan ganas, me dan ganas, de saltarle al cogote de la madre y no soltarla hasta que me prometa que se va a espabilar; igualito que el chico. ¡Tres años! Imagínate cuando llegue a primaria. Un buen pellizcón retorcido cuando nadie te vea y se le acaba el cuento para siempre.
Una jueza de Tarragona dictó sentencia no ha mucho acerca del recurso pedagógico de la torta a su debido tiempo. Gracias, magistrada, seguro que usted es también madre. Y de las de verdad. Ahora hay mucho padre biológico, pero poco padre responsable. Y para lo primero no hace falta grandes conocimientos. Hasta los animales saben hacerlo. Pero estos sí que también saben ser padres. Mucho más que los considerados humanos. Y luego nos molestamos cuando se pone en duda nuestra capacidad de raciocinio.

(Publicado en el periódico La Opinión el 2 de abril de 2002)