lunes, 20 de abril de 2015

Hundimiento

Fue un pesquero. Una insignificancia para la inmensidad oceánica. Pero peces, tortugas, aves, cetáceos y demás fauna marina no saben de dimensiones. Ni entienden de derrames. Ni discriminan gasoil del resto de combustibles con los que envenenamos el medio ambiente que nos queda. El otro ya lo damos por perdido. Al menos yo. Y si me apuran, alcanzaremos los tres cuartos en un abrir y cerrar de ojos.
Ni escarmentamos, ni aprendemos. La corriente y el viento nos favorecen. Que se fastidien los que puedan sufrir las consecuencias en latitudes más al sur. Porque si la contaminación alcanza las costas africanas, ya ellos están tiznados y podrán seguir bañándose en las aguas atlánticas. Saldrán más resbaladizos, pero lo mismo les vale de repelente para los mosquitos.
Nos felicitamos y hacemos números cuando los conflictos en el Norte de África bailan a favor del número de turistas que serán desviados a Canarias. Ojalá ese viento, que ahora sopla favorablemente, no le dé por cambiar el rumbo y rolar al norte.
Una tortuga se ha impregnado de líquido viscoso, pegajoso. Boba tendría que ser. Que no se preocupe. Doña Ana coordina. Nos ha venido a decir que se trataba de fuel. Poca cosa, unas toneladas apenas. Si cuando el Prestige salieron hilillos, en nuestro caso ni siquiera el diccionario ha definido el vocablo que pueda transmitirnos la idea del chorrito minúsculo que sale de los tanques.
Hilillos de plastilina
signan columnas de muerte,
son trazas de mala suerte
en un mundo que no atina.
Aunque la historia conmina
a definir nuevos planes,
son muchos los charlatanes
que dirigen el cotarro,
ni saben tirar del carro,
ni previenen los desmanes.
No, no seas exagerado. No hay comparación posible. ¿Qué son 46 kilómetros? ¿Tú sabes cuántos hay desde estas islas al mismísimo Polo Sur? Nada, una nimiedad. Lo que ocurre es que los biólogos son unos alarmistas. Y de los ecologistas no hablemos. Exageran a su conveniencia. Y de qué manera. Las ballenas, cachalotes, delfines y familiares varios seguirán disfrutando del corredor migratorio sin inconveniente alguno. Lo único que deben hacer es echarse un fisco más allá. O más acá, como las orcas avistadas en los mares tinerfeños. Y así dispondremos de un reclamo turístico añadido. Soria está en ello. Y si debe congregar a todos los militantes populares en los alrededores del Faro de Maspalomas para soplar, se hace y punto. Así pasan allí un buen RATO.
Los pescadores de Arguineguín están preocupados. Ellos saben de movimientos de la mar y conocen los caladeros. De ello comen y mantienen a sus familias. Como no poseen la facilidad para ir a pescar salmón por Noruega ni tampoco se cultiva el bicho en las presas de Chira o Soria, deben conformarse con giras más cercanas. Y mucho más duras. Manifestaba un señor, curtido en mil faenas, que si el viento se daba la vuelta en apenas dos días tendríamos mierda en el sur de Gran Canaria o Tenerife. Una pena, piensa uno, que no se concentre en tal caso todo el piche en un apartamento de esos contornos. En Amadores, creo. Pero somos olvidadizos en grado superlativo. Hasta los gallegos, después de todo el chapapote tragado, les siguen dando mayorías.
Con tanto petrolero que transita por este pasillo en ambos sentidos, de punta se me ponen los cuatro pelos. Porque esos navíos sí llevan en sus entrañas sus buenas toneladas. Pero somos felices por naturaleza y aquí nunca pasa nada. ¿Por qué tendría que ocurrir a nuestra altura si la costa africana dispone de miles de kilómetros? Sigamos jugando. Sigamos improvisando. Se nos da bien. Con los lamentos y crujir de dientes habremos solventado la papeleta cuando estemos hasta el cogote de potingue. Bastaría con arrimarnos un fósforo. Y en un RATO, muerto el perro…
Hasta mañana, si lo estiman conveniente.
¡Ah!, la mancha, porque los hados son así, ya navega a más de 60 kilómetros. Nuestra inmensa alegría supondrá lamentos para otros. Sigamos soplando.