martes, 28 de abril de 2015

Presentaciones

Llevamos unos días de ritmo frenético. Proliferan las presentaciones de las diferentes candidaturas y en todas las reseñas comprobamos que los recintos se han llenado hasta la bandera. Las redes sociales no dan abasto para poder colgar ingentes cantidades de fotografías. En los discursos, casi más de lo mismo. Como el auditorio suele ser incondicional y los manuales están para ser llevados a la práctica, aplausos, silbidos a la americana e interjecciones al uso. El ánimo que no decaiga porque todos van a ganar.
Los aspirantes de mayor alto rango (Parlamento o Cabildos) deben realizar ímprobos esfuerzos para poder cumplir compromisos. Y se meten unas fufas de no te menees. Normal, sus viveros de votos están en los pueblos. Y el darse a conocer implica recorridos de muchos kilómetros. Hay jornadas en las que acaban rendidos, exhaustos. Boquiando, que diríamos en plan coloquial.
Cuando yo era joven (hace de eso muchísimos años) no existían estas parafernalias. Pero sí mítines. Y sentías la cercanía de las gentes. Muchas de las cuales te lanzaban las propuestas de posibles actuaciones en vivo y en directo. Al realizarse en recintos abiertos, el control que existe en la actualidad no entraba ni en los cálculos del que más imaginación tuviese, por lo que era frecuente que algún asistente te increpara, o te dirigiera una pregunta que te dejaba en treinta y tres. O más. Y se reunía un buen elenco de espectadores, no te vayas a creer.
Las nuevas tecnologías han dado un salto de tal calibre que ahora se juega muchísimo a la carta del Facebook, por ejemplo. Lo malo, a mi modesto entender, es que nos pasamos. Y sostener a estas alturas que sigue existiendo un importante grupo de gente que ni siquiera sabe donde queda el motor de arranque de un ordenador, es difícil de captar por los que transitan por las primeras décadas de su existencia. Toma como ejemplo a los chavales que ves por la calle y que van hablando de sus cosas sin abrir la boca. Les basta con el móvil. Es la manera reciente de distanciarnos aún más y de encerrarnos en el caparazón del yo sin mis circunstancias.
Se me achacará que he llegado tarde a estas modernidades. Cierto. Pero las uso. Y con frecuencia. No me provoca escozores el aprender a desenvolverme por estos vericuetos. Es más, me gusta. Pero no dejo de reconocer que con el abuso, también en política, tendemos a perder frescura, cercanía, contacto directo. No pretendo que saquemos la sillas allá por la tardecita, cuando el sol ya ha tumbado lo suficiente, para la charla vecinal a pie de calle. Los viejitos sí nos acordamos. Porque cualquier tiempo pasado no fue mejor, pero esa sensación de ir por libres, que no con libertad, nos hace olvidar que al lado nuestro, casi siempre, va alguien. Y debemos dar el paso para que sea nuestro confidente, más que nuestro acompañante.
Este retrato o perfil político que dibujo es –suele ser– el de aquel que una vez alcanzado el objetivo se adocena de tal manera que pierde el escaso trato que le restaba con sus semejantes y se encierra en su particular burbuja durante tres años y ocho meses. Los otros cuatro, ya te puedes imaginar a qué los dedica. Ahora mismo están en ello.
Yo tenía que haber estado este pasado sábado en el Hotel Panorámica. Y no en un viaje del Imserso, sino en la presentación de la candidatura que encabeza Miguel Agustín. Que es la del mismo partido por el que me presenté en 1983 a las municipales realejeras. Al que sigo siendo fiel, a pesar de mi no militancia, porque no es cuestión de gustos sino de convicciones. Pero después de tres días de lijar y pintar no me hallaba en condiciones ni de aplaudir. Y me acosté a las ocho de la tarde. Me dolía hasta el DNI. Para mayor satisfacción de los huesos, esa misma mañana, adecentando un chozo que mi hijo tiene en Las Abiertas, le di fuerte cabezazo a un bidón de pintura que cuelga de una viga de madera y recoge el agua de la lluvia (haz cálculo de su estado, que debemos recoger aguas pluviales a la antigua usanza de cubo y barreño), con tan buena suerte que me cayó en la espalda y me signó la marca de que los años no pasan en balde.
Como creo que es un grupo de gente amén de preparada, ilusionada, cuenten con mi apoyo. La hora del compromiso es la del momento en que depositas la papeleta en la urna. Y porque me da la gana, mi voto no es secreto. Es público y notorio. Y no hace falta estar pinchando en Me gusta ni dorando la píldora. Me causa cierto estupor las actitudes de los correveidiles y palmeros (que dan palmas) de turno hacia los que por mor de errores ajenos, que no de méritos propios, están aupados al machito. Algunos de los cuales, que se les llena la boca al manifestar que gobiernan para todos, son tan radicales y sectarios que te eliminan del círculo de sus amistades por estimar que comentarios como el presente no tienen cabida en una sociedad en la que es fundamental el derecho a la libertad de expresión. Viva el vino.
A los que le quede alguna duda, debe pasar de tres mil el número de artículos de opinión que han visto la luz surgidos del magín de un servidor. Desde La Corona, De reojo, desde El Asomadero y los avatares de Pepillo y Juanillo. Nadie puede arrogarse el ‘privilegio’ de haber sido más crítico con el PSOE. Pero de ahí a caer en la babosería que contemplo en muros (públicos) que buscan protagonismo barato, dista unos miriámetros de distancia. El periodismo que ejerzo o practico no se ha inmiscuido casi nunca en el capítulo informativo. Para eso están los medios tradicionales. Como las opiniones son libres, cada día me lanzo por esa pendiente. Y me mojo, claro. Por ello a los del PP no les caigo bien. Para que se sumen otros, les cuento que no me gustan los fuegos y que el 3 de mayo de cada año suelo desaparecer del pueblo. Me enerva que se generalice el olor a pólvora como componente del ADN de los habitantes de la Villa de Viera. Otra condena. Más penitencia. Y amén.