martes, 5 de mayo de 2015

Dolor

Me duele La Gomera. Enormemente. Porque esa isla, ya lo he contado, significó mi primer viaje allá por el verano de 1962 y marcó huella indeleble en el carácter de un muchacho al que se le abrían horizontes más lejanos que aquellos que conformaban sus ‘dominios’ en una enorme finca de platanera en La Gorvorana realejera. No eran cuatro paredes, pero sí cuatro muros delimitados por los cedros (cupressus) que protegían de aquellos terribles vendavales.
En ese año se inauguró el viejo campamento de El Cedro. Muy cerca de Las Mimbreras actuales. Con piscina incluida. A modo de balsa artificial en el cauce del riachuelo. Y el correíllo La Palma fue el encargado de trasladarnos en uno de aquellos largos trayectos desde la capital tinerfeña, del que recuerdo el singular mareo (no eché más porque ya no quedaba en aquel estómago sino bilis asquerosa que me tuvo varios días sonado como unas maracas) provocado por aquellos zarandeos, justo al lado de varios sacos que contenían el gofio que luego debía ser ingerido en los días de estancia cuasi cuartelera.
Después, ni te cuento la cantidad de ocasiones en que he recorrido sus caminos y senderos. Fue La Villa, y en concreto los Apartamentos San Sebastián, del amigo Manolo (alguna conversa tenemos pendiente), mi lugar de hospedaje durante muchísimos años. Ahora, en estas últimas visitas, me dedico a alojarme en diferentes establecimientos. Se nota que el espíritu rebelde y aventurero aún no me ha abandonado. Si en febrero pasado estuve en Las Hayas hablando con Efigenia, ve tú a saber dónde recalaré en la próxima. Que siempre está a la vuelta de la esquina.
Pero hoy no tocaba hablar (escribir) de mí. Ni de mi libro. Sino de la convulsa situación preelectoral que se vive entre lomas y quebradas, entre roques y barrancos, donde los ayes y lamentos de avatares de un pasado histórico cargado de aconteceres trágicos se silban entre la bruma que preña de humedad un monte que es orgullo de la Humanidad. Y que se retuerce de rabia e impotencia ante espectáculos de tanta enjundia.
Nadie soy, ni motivos me asisten, para dar o quitar razones. Pero una llamada a la cordura se me antoja justa y necesaria. Porque uno que ha escuchado opiniones surgidas en charlas más o menos sosegadas, provenientes de todos los sectores del amplísimo espectro político, se siente legitimado para expresar pareceres a base de obtener la media aritmética de todo lo percibido. Bien consciente de que la verdad absoluta no se halla en el fiel de esta o aquella balanza.
Es hora de que nuestros ciudadanos intervengan, guiados del mejor espíritu, en las actividades políticas para llevar a sus centros superiores y directivos aquellas personas capacitadas, honradas, libres e independientes que sepan administrar con toda justicia y toda verdad, en nombre del pueblo, único legal mandante, los bienes colectivos, derrumbándose en este instante, por su propia insuficiencia e ilegitimidad, el imperio caciquil, legendario en esta isla. Fragmento de un artículo periodístico que vio la luz en agosto de 1930. Se titulaba “La juventud gomera y su programa”. En ello estoy sumergido y ya daré a conocer algún que otro aspecto del particular.
De las prácticas caciquiles mucho he oído. Aunque también la elocuencia de muchos silencios me ha proporcionado bastantes elementos de juicio y algún que otro escozor. Insisto, ni doy ni quito razones. Pero lo manifestado este pasado primero de mayo por algunos mandamases (amos, cabecillas, jefes, dueños…, qué rico nuestro léxico) constituye un ataque frontal a la más común de las inteligencias. Y como no hay peor ciego que el que no quiere ver, me extraña (me molesta, me duele) que no se despierten conciencias aletargadas, cuando no narcotizadas.
Una fiesta del trabajo secuestrada por políticos profesionales para reivindicar, qué digo, reivindicarse. Y disparar a mansalva contra el enemigo, que no adversario. Al que otrora comía en idéntico pesebre y que por un quítame allá ese afrecho ha pasado a formar parte de otro corral, como si el ácido desoxirribonucleico fuera adhesivo de quita y pon.
Debe ser que la precariedad laboral se combate con arengas que aplauden estómagos agradecidos, vasallos serviles que siguen a pie juntillas dictados del que fríe las papas (burda manera de expresar lo del mango de la sartén), reparte gorras, inaugura locales y ubica los peones en su tablero. Cuánta generosidad, cuánto capital desperdiciado.
“Frente a la política del puesto y el salario, nosotros ofrecemos un proyecto de futuro, un proyecto ilusionante, de un grupo comprometido y serio, de trabajo riguroso y de políticas claras y transparentes, porque nada tenemos que ocultar. Cumplimos lo que prometemos, otros no pueden decir lo mismo”.
Los otros son los que hasta ayer navegaban en la misma línea interior. Los que siguen en el barco –o los que desembarcaron, que ya es tal el lío que no se sabe el que va o el que viene– sostienen que nada más llegar abrirán las ventanas de la transparencia. Y denuncian usos propagandísticos utilizando medios institucionales. Eso, el camarote de los hermanos Marx.
Ojalá de tanto cerrar y abrir se produzca una corriente de aire del suficiente calibre como para dar más que quebraderos de cabeza (es imposible que se incrementen) sacudidas que sitúen en el hueco conveniente las neuronas descarriadas.
Lo mismo sería menester nombrar una gestora que ponga orden y concierto en una isla que aún es silencio amordazado. Que ejecute una campaña para desintoxicar espíritus. Que haga posible este fragmento de Ojos que no ven (Pedro García Cabrera):
Ni somos descendientes
de una lengua cortada
ni queremos sudar hiel y vinagre
ni seguir siendo súbditas
de una feria de olvidos.
No deseamos otras pertenencias
que no sean las alas de los vuelos.
Porque me duele La Gomera siento hondísimo penar. A pesar de todo, y de ellos, seguiré vagabundeando por tus lares. Hasta mañana.