lunes, 29 de junio de 2015

Referéndum

Ayer estuve en La Rambla. La antigua Rambla de los Caballos. El Rosario, para los de fuera. Un lugar encantador del coqueto y bello pueblo norteño de San Juan de la Rambla. Justo en las lindes del Barranco de Ruiz, que marca la línea divisoria con el mío natal y en el que he vivido casi toda mi vida: Los Realejos. Al que deseo fervientemente una época de paz y sosiego tras unos años de continuos dimes y diretes. A ver si es posible un mandato municipal (hasta 2019) en el que las altisonancias no sean la comidilla diaria. Los primeros pasos nos indican que la normalidad puede ser posible.
Llevamos varios ‘junios’ celebrando allí el cumpleaños de uno de los nietos. En plural, que ya soy mayor. Y aunque las arrugas se notan y marcan diferencias en la piel (la región dorsal de las manos suele ser perfecto termómetro), preocupación más bien escasa ante el convencimiento de que el cerebro está bastante fruncido desde que nacemos.
Junto a las cuchipandas de rigor, las conversas que arreglan mil entuertos y los saludos entre aquellos que solo nos vemos de cuando en vez (a saber, eventos de obligada concurrencia), el paseo hacia Las Aguas para el debido acopio de brisa marina impregnada de yodo y sal. Todo bueno para los huesos, al dictado de la sabiduría popular. No subí a La Perejila (nombre que damos a unos pequeños huertos), pero vislumbré desde abajo que las hortalizas siguen los ritmos pertinentes.
El rumor de las olas da pie a la meditación. Y se me trasladó el magín a otro mar muy lejano que baña unas tierras marcadas por negros nubarrones de los avatares económicos que sucesivos gobiernos provocaron. Sí, Grecia, tan de moda. Para mal…
No es que entienda gran cosa de lo que acontece en el país helénico. Mejor, desconocimiento absoluto. Puede que tanto como el de los que la llevaron a este profundo pozo. En el que se hallan sumergidos varios centenares de millares de ciudadanos que sufren las consecuencias de nefastas políticas. Convencidos de la gravísima dificultad para atisbar un horizonte más esperanzador y hartos de comprobar cómo aquellos que los abocaron a tal estado no padecen idénticas consecuencias.
Tras varias semanas de negociación ante la poderosa Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional), el primer ministro de aquel bello país, Alexis Tsipras, ha convocado un referéndum (5 de julio) para que sean los electores quienes decidan acerca de su futuro, de si las duras condiciones exigidas por la Unión Europea ante la deuda contraída son o no aceptables.
Y desde la ignorancia alegada unas líneas más arriba, me pregunto qué otra respuesta diferente al No puede contestar el ciudadano que se halla con la soga al cuello. ¿Va, acaso, a apretar un poco más el nudo para, salvando las distancias, emular a los 300 espartanos de la Batalla de las Termópilas? ¿No soportaron estoicamente los desatinos de anteriores gobernantes y apostaron con sus votos por otras salidas que les auguraban un futuro menos negro? ¿De celebrarse la consulta y ganar mayoritariamente, como es harto previsible, la negativa a someterse a más recortes, se hallaría en condiciones el actual pacto gubernamental de garantizar la estabilidad ante la más que probable salida de la zona euro y, por ende, del club europeo? ¿Van a someter a plebiscitos continuos cada medida de cierto calado que deban adoptar para escudarse en hombros ajenos? ¿Será un sistema asambleario el adecuado para que la nación deje la respiración asistida? ¿Se ha sopesado el tremendo maremágnun, también económico, que implica cada consulta de esta índole o calado? ¿No supone el gobernar asumir las responsabilidades contraídas con el resultado electoral?
No, yo no justifico a los que ahogan. Ni te vayas por las ramas ni recurras a planteamientos simplistas. Pero me da que estas evasivas no conducen a buen puerto. Me parecen recursos del bien quedar. Después, con el consiguiente aislamiento –¿o queda otra?–, en un mundo interconectado a interdependiente, ¿acuñamos dracmas con las piedras del Partenón ateniense en otro efecto o consecuencia de políticas populistas? No sé…
Sacudí la testa y respiré hondo. Miré de nuevo la mar. Deshice mis pasos y volví a la recoleta plaza. La algarabía de los chiquillos inundaba el paradisíaco entorno. Los no tanto seguían enfrascados en cómo arreglar el mundo. Pero este seguía dando vueltas.
Espero, pensé, que Fidela y su equipo tengan las ideas más claras. Y vuelvan a poner al pueblo en el lugar que se merece. Que suene su nombre muchas veces en los medios de comunicación por causas bien distintas a las que en estos últimos cuatro años se han escuchado.
Y así concluyó el día de San Pedro en San Juan (de la Rambla). Mañana acaba junio y arranca el periodo vacacional. Tengo una suerte. No me puedo quejar. Aunque no te lo creas, sigo desechando ofertas de trabajo. Me dijeron que Manolo está buscando una persona experimentada para coordinar las reuniones con sus concejales, las de 94 euros. Lo mismo recurre a Marrón para completarle el modesto sueldo que tiene asignado para hablar por el móvil. Pero este será otro capítulo.
Hasta mañana.