miércoles, 2 de septiembre de 2015

La vuelta al cole

Madre mía, qué guineo. Allá cuando agosto se enfila con la proa pa´l marisco, arranca una campaña que ya cansa. Llevamos años dando vueltas como trompos. Agarramos una manía y la estrujamos hasta límites insospechados. La retorcemos, como se hacía antes con la ropa en los lavaderos públicos, y siempre echa unas gotas para contentar hasta los más escépticos. Como yo.
Después de unos años jubilado, me pregunto cómo demonios llegué yo hasta aquí, cómo diablos (para variar) sigo vivo y coleando (aunque menos) y no perecí en el intento. Porque con el síndrome post-vacacional (lo escribo así porque la RAE no me aclara nada al respecto) y los montantes económicos de uniformes, libros y material escolar, me cuestiono si soy padre (y abuelo), si trabajé en el sector de la educación, si ostenté (brevemente) un cargo público, si presidí una asociación relacionada con ese campo y… si hice el imbécil durante muchas décadas. Me imagino ya lo que estás pensando ahora mismo.
En el largo periodo que iba a la escuela de La Longuera (la de don Andrés Carballo, maestro de Lengua, Matemáticas, Conocimiento del Medio, Formación del Espíritu Nacional, Gimnasia –movimientos de  cabeza y manos para que no te alcanzara con un tortazo o una caricia de la regla– y del resto de asignaturas) y más tarde al Colegio San Agustín, las vacaciones para todos los que éramos de campo se destinaban a quehaceres relacionados con la subsistencia. Y si acaso, un ratito por la tarde, cuando la madre podía, a la playa de Los Roques. Cuando ya fui un fisquito mayor, a ganar unos duros dando clases de las que ahora se llaman particulares. Así que cuando tocaba volver al recinto escolar, un alivio.
Las modernidades (yo también me he subido al carro) han supuesto demasiadas servidumbres. Y abundantes mimoserías. Puede, incluso, que a muchos el ‘oficio’ de padre (o de madre) les quede muy ancho. Circunstancia de la que se han aprovechado los linces de turno. Con la inestimable ayuda de los medios de comunicación. Que faltos de material informativo en la canícula, se dedican a incendiar las ya calenturientas seseras con bombardeos que fomentan las ansias consumistas de una sociedad que tiene prohibido privarse de algo.
Claro que es bueno pasar una semana de ocio y relajo. Y si son dos, o tres, mejor. Pero todo aquello que comienza deberá finalizar. ¿O no? Y no es menester que me deba socorrer un psicólogo para volver al tajo. Entre otras cosas para ganar unos euros y ahorrar algo para el verano siguiente. Eso es pura lógica y el cuerpo humano se adapta a la perfección a las nuevas situaciones. Acontece en los cambios horarios, en los días que no trabajas (y te despiertas como un reloj) y en muchos más escenarios. Ni síndrome, ni estrés, ni leche cacharro. Tonterías elevadas a categoría de rutina. Melindrosos, carajo, que somos unos melifluos. Y nos encanta el victimismo barato, hacernos los tontos para sacar tajada y obtener rédito.
¿Y la vuelta al cole? Otra pantomima. Si los mayores están deseando que comiencen las clases a los cuatro días de tener a los chiquillos en casa. ¿No veo la hora que…? ¿O no lo has oído? ¿Los menudos? Se privan por retornar a la dinámica del curso. En la actualidad, los escolares se lo pasan bien en las aulas. Disfrutan. Claro que hay excepciones. ¿Y dónde no?
No me culpes de generalizar con alegría en estas cuestiones, porque le puedo dar la vuelta a la tortilla con los precios. Eso de que cada hijo nos cuesta tanto o cuanto cada inicio de curso es más una dinámica adquirida que una realidad tangible. Y aun en el supuesto de que deba seguir al pie de la letra lo que me dicen en la tele (incluida  las declaraciones del librero o de la portavoz de la gran superficie de turno), ¿no sabe la familia que, inexorablemente, los colegios y escuelas abren de nuevo en septiembre? ¿Hay tanto recato y remilgos en Navidades y Reyes? O en el cumple. Luego nos jactamos (en el bar) de indicarle prioridades a los políticos.
Déjense de machangadas y vamos a trabajar. Que un país no se levanta con quejas y lamentos sino con arrimar el hombro. Sí, tú lo que quieres es que yo sea un esclavo y…
Así nos va. ¡Ah!, gracias, estimados maestros, por seguir al pie del cañón. Feliz singladura.