jueves, 3 de septiembre de 2015

Nombres propios

Las huestes de don Rodrigo / desmayaban y huían, / cuando en la octava batalla / los enemigos vencían… Así comenzaba –y comienza– el célebre romance. Se producía la invasión musulmana del año 711. Hacía aguas el reino visigodo y… Bueno, ahí está la historia. O Wikipedia.
La fotografía impactante del niño ahogado me recordó la de la niña moribunda de Sudán acechada por un buitre de años atrás. Como la avalancha continúa, y lo va a seguir haciendo, los aspirantes al Pulitzer están de enhorabuena. Hay carnada suficiente.
Unos lo denominan mestizaje. Otros, simple y llanamente, desplazamiento. Yo sostengo que nos están cobrando los expolios africanos de una manera pacífica. Les basta con ser prolíficos. Y lo consiguen con creces. Tiembla Europa. Mientras, sus hermanos ricos de Oriente Próximo vedan y acumulan. Yo no lo viviré, pero lo intuyo.
Concluido el exordio, va el primer nombre propio: don Juan Carlos Marrero, especialista en festejos (aunque poco dado a pagar facturas) en el mandato anterior (2011-2015), es ahora flamante concejal de urbanismo del consistorio portuense. Y me maravilla su dominio de cuevas y oquedades varias. No sé si su cualificada preparación la obtuvo en la capitidisminuida universidad popular o en los recovecos de La Placeta, pero sus intervenciones para justificar la obra de la Calle Tegueste (Punta Brava) merecen encuadernarse. Antes de la firma del acta de replanteo se llevaron a cabo los trabajos previos de cata (ignoro en qué bar y si los entrantes, al igual que los de varias reuniones, se cargan a la partida de medio millón de euros). Como la pala es muy grande, bajará por los terrenos de la antigua perrera (inmenso pecado mortal: Refugio Internacional de Animales) y la traeremos (los políticos son así, se erigen en conductores, propietarios, contratistas…) por el callao hasta la cueva. Si el tiempo nos acompaña, acabaremos antes de los plazos establecidos. Como si en toda obra pública que se precie fuese esa la tónica dominante. Te apuesto 50 céntimos a que los inconvenientes surgirán. Sí o sí. Lo siento por mi hermana. Y los demás hermanos (debo incluirme), que al menos una vez al mes somos transeúntes de la citada vía.
El segundo: don Ricardo Melchior, “nuevo” presidente de la Autoridad Portuaria. Jubilado, casi setenta años, medio escoñetado (participio de la versión canaria del verbo descoñetar) por un accidente de tráfico (las malas lenguas mantienen la teoría de los tropiezos que tuvo el exalcalde ramblero) y retorno a la mamandurria institucional porque no le alcanza la pensión. Viva la renovación, la limitación de tiempos en la cosa pública, el necesario relevo generacional y resto de menudencias varias. Y yo, echadito a perder con lo mucho que valgo y todo lo que aún podría aportar al avance democrático de una tierra necesitada de cabezas pensantes y… Cállate, tolete.
La tercera: doña Ana Oramas González-Moro, propuesta nuevamente por CC para encabezar la candidatura al Congreso de los Diputados, y a la que no le dio tiempo crecer porque se subió al machito en 1979 (concejala en el ayuntamiento santacrucero). Quien a hecho buenas migas con Pedro Quevedo, el pluriempleado político de Nueva Canarias, por lo que entiende que debe haber una alianza para una lista conjunta (nacionalista). Pero el jefe Román ha dicho que nones (en principio) porque los áticos son muy de derechas, amén de insularistas. Pues muy bien, quiero hacerles saber a ‘ambas dos’ formaciones que no cuenten con mi voto. En particular doy traslado del presente a doña Anita, porque… ¡Ya está bien!
Este mes no hubo premonición (interesada) de doña Fátima Báñez (cuarto nombre propio), ministra de Trabajo, ni de ningún otro miembro del Gobierno, en relación con el número de parados (ya saben que ha vuelto a incrementarse el número total de ellos) por lo que uno colige (qué listo soy) que creen a pie juntillas que nos chupamos el dedo. Parece que la oficina donde se contabiliza el particular ocupa el espacio colindante al despacho de la onubense de San Juan del Puerto. Otra joven moza que lleva en La Carrera de San Jerónimo algo menos, pero no tanto, que los leones que guardan su entrada. ¿O son de adorno, como los que están dentro? Que no, a veces se enfadan en los debates y aparentan ser fieras, pero luego van a echarse los medios en el bar barato que tienen allí mismo y parecen perritos falderos.
Hasta mañana.