jueves, 8 de octubre de 2015

Reincidente

Juan Pedro Hernández fue alcalde Teguise por el PIL. Formación política que no se ha destacado por parir dirigentes honrados, honestos y cabales. Más bien se destaca por todo lo contrario. Su cabeza visible, Dimas Martín, es de sobra conocido en los aledaños de Tahíche. Personaje que, incluso desde la cárcel, ha sido capaz de seguir con los movimientos orquestales en la oscuridad.
Juan Pedro Hernández se subió luego al carro de Coalición Canaria y ascendió en el escalafón para ocupar un cómodo asiento, o echadero, en el Parlamento de Canarias. Nuestro conejero de pro fue condenado en 2012 porque creyó que los informes de ilegalidad que le argumentaban sus propios técnicos municipales eran documentos de quita y pon. Las advertencias de que en suelo rústico no era posible la autorización para ampliar una vivienda (en Tahíche, llámalo premonición si te apetece) o la construcción de otra en Muñique (ahí estuve yo en una fiesta de San Isidro tocando con el grupo folclórico de Higa) de poco valieron, porque el entonces alcalde concedió la licencia (año 1999, fíjense en la agilidad de la justicia) y se quedó tan ancho. Una alcaldada, que se dice. Y en Lanzarote, desgraciadamente, ese uso se ha estilado más de la cuenta. Que se lo pregunten a Carlos Espino.
Juan Pedro Hernández por los hechos relatados en el párrafo anterior fue condenado a dos años de inhabilitación. Pero nuestro prohombre se sentía con más fuerzas y le pareció de poco bagaje procesal las dos minucias urbanísticas antes citadas, así que decidió autorizar la construcción de cuatro complejos turísticos (apenas unas 1800 plazas hoteleras), a pesar de la suspensión que imperaba en ese glorioso año (1999) por parte del cabildo.
Juan Pedro Hernández, como también lo hicieran por los terrenos costeros de Yaiza, creyó que por arriba de su consistorio solo existía el derecho divino. Y a este ya habría tiempo de rendirle cuentas. El socialista Espino las ha pasado canutas en estos acontecimientos. Las presiones, me consta, no han sido un cúmulo de bendiciones, precisamente. Porque el golferío imperante en la Isla de los Volcanes ha rayado la indecencia más abyecta. Se ha instalado el modus operandi del sobre por mirar para el Charco de San Ginés, o el de Los Clicos, cuando se pasan papeles a la firma, y, de tal suerte (o desgracia), el incremento de volcanes en erupción (los últimos escupen billetes en lugar de lava) ha supuesto una vergüenza nacional, convirtiéndose en paradigma del chanchullo y de la trapacería.
Juan Pedro Hernández ha aceptado la jugosa rebaja del fiscal, para evitar el juicio, y queda nuevamente inhabilitado para cargo público. Ahora por nueve años. Y una ridícula multa de 5.400 euros. ¿Qué rentable es prevaricar? Porque no habrá ingenuo alguno que crea que las licencias concedidas no hayan surtido efecto (económico). El que está acostumbrado a procederes dudosos, no ejecuta sus malas acciones a cambio de nada. Y gracias a la constancia de Espino se ha podido alcanzar este punto. Que si no, imagínate.
Juan Pedro Hernández es docente. Y puede seguir ejerciendo como tal. Sospecho que, como algunos más, querrá asegurarse otra pensión. Y mantener el seguro, que decía mi padre. Lo mismo me lo encuentro en un futuro inmediato en los viajes del Imserso. Pero como maestro de escuela que fui, y a mucha honra, a un sujeto condenado por acciones de tal porte, habría que desterrarlo de las aulas para siempre jamás. ¿Qué valores puede inculcar en la juventud? Como no sea los que ha practicado con excelente provecho en sus labores de cargo público, me dirán.
Juan Pedro Hernández, como otros tantos políticos sin escrúpulos, debería lavar sus penas remojándose en Los Hervideros. No quiero ser tan cruel de enviarlo al Islote de Hilario a quemar penitencias. A lo peor lo tiene bien merecido, pero todos no somos iguales.
Juan Pedro Hernández es un mal ejemplo. Reincidente. Como ocurrió con Dimas. Uno no puede ir por la vida haciendo o ejecutando lo que le venga en gana sin limitación de ningún tipo. Todos estamos sujetos al Estado de Derecho. Y un político, mucho más. Y un docente, muchísimo más. La conclusión del proceso debió conllevar un castigo más severo. Y lo manifiesto así de claro. Porque este desenlace ha significado, casi, irse de rositas. Hay ocasiones en que la tacha no es suficiente.
Y felicitaciones a Carlos Espino, no por su valentía sino por cumplir con una obligación ciudadana de la que todos deberíamos aprender. Algo, aparentemente, elemental, pero que en Lanzarote es un valor añadido.