viernes, 9 de octubre de 2015

Ruido de sables

En el amplio y bien dispuesto despacho del noble edificio de la Avenida de Canarias no se respiraba, a pesar de la excelente ventilación, a pleno rendimiento. Al menos no como en el resto de días desde mayo a septiembre. Diríase que el ambiente se hallaba enrarecido. Y no debido, precisamente, al fenómeno de calima existente.
En el sillón del alcalde, un alicaído Manolo –quizás no esperaba aquella avalancha– soportaba a duras penas el aluvión de interpelaciones. Enfrente, separados solamente por aquella mesa que desde los tiempos de la famosa disputa entre José Vicente González y Vicente Quintero no se había visto envuelta en tensiones dignas de mayor crédito, un crecido Adolfo le plantaba cara y le cantaba cuarenta en bastos y veinte en espadas.
Mudos testigos de la trifulca verbal, cada uno en una esquina, como aparentes fieles escuderos, dos de los concejales del denominado núcleo duro popular realejero: Noelia y Francisco José.
–Entonces, ¿te atreviste a decir en Radio Realejos que todos los partidos, incluido el nuestro, andaban a la greña y tirándose los trastos a la cabeza con el tema del anillo insular y que deberían mirar menos por sus propios intereses y velar más por los pobres ciudadanos y sufridores de las interminables colas mañaneras?
–No solo lo dije, sino que me ratifico. Y grabado estará para general conocimiento. Porque ya está bien. Tú por ahí defendiendo intereses orgánicos y yo aquí dando la cara y aguantando las quejas de los vecinos que me encuentran por la calle. Yo también soy presidente local, pero cuando vengo al ayuntamiento me dedico a trabajar lo mejor que sé en aquellas atribuciones que me delegaste.
–Pero la estrategia política exige, y mucho más ante esta convocatoria electoral, que yo dedique gran parte de mi tiempo a la organización. En el Realejo tenemos un vivero de votos importantes y somos necesarios para el rearme e impedir que los socialistas se puedan aliar con los extremistas y desbancarnos. Además, sabes tan bien como yo que soy uno de los posibles candidatos para aprovechar mi tirón.
–Mira, Manolo, ya está bien. Quiero que sepas que yo me debo al pueblo. Por eso estoy donde estoy y me dejo la piel cada día en este ayuntamiento. Tengo que hacer mi trabajo y el tuyo. Estoy cansando de escuchar, me lo echan en cara cada momento, que cobres un buen sueldazo, el máximo permitido, aparte de lo que tú y yo sabemos, para estar paseando por la isla. Y cuando viene Soria, por lo menos tres días a la semana, hay que poner una instancia para localizarte. No, mejor, no hace falta, porque tanta foto te delata.
–Ese enfado, Adolfo, es fruto de un agobio pasajero. Tómate el resto del día, baja hasta El Socorro, échate unos buches de aire fresco y mañana se te habrá pasado.
–Mira, no me vengas con sensiblerías y sentimentalismos, que de eso sé yo mucho más que tú. Yo no estoy en este puesto para cubrirte las espaldas. Cada uno tiene que apechugar con sus responsabilidades. Y por ellas se cobra.
– Bueno, como parece que te quejas porque cobro más que tú, en el próximo pleno te subimos el sueldo y asunto arreglado.
– ¿Ya te olvidaste de que percibo el salario de la Consejería? Tienes la cabeza tan ida, tan en otros asuntos, que te resultan extraños los aspectos más elementales del municipio.
– Claro que no me olvidado. Me refiero a buscar unos complementos o dietas que, sin aparentarlo, percibas una cantidad semejante a la mía. Y no me vuelvas a decir nunca más que me olvido de las cosas. Sabes que mi capacidad me permite abarcar aún más.
–Ya le salió el ego escondido. Te lo voy a decir una sola vez pero clarito: Si no fuera por mí, en el pueblo no se haría nada, porque si esperamos por ti, aviados vamos. No creas que tu cara bonita es la que ha conseguido sola los votos para la mayoría absoluta que disfrutamos. Saca los porcentajes en cada uno de los distritos y lo mismo te llevas una sorpresa.
Noelia se acomodó mejor en la silla. Francisco cambió el cruce de piernas. En el intento, bien por los nervios, bien por el hormigueo en el pie derecho, casi se va de narices. Manolo se levantó para servirse medio güisquito. Adolfo prosiguió:
–Mañana convocaré una reunión del grupo municipal. Y pondré a todos las cartas boca arriba. Esto no puede seguir así. Yo no puedo seguir fingiendo que todo va bien (aunque no te lo creas). Y luego te permites el lujo de reprocharme lo que digo en la radio. Si nunca estás, ¿quién fue el chulo que te lo sopló?
Tras tres tremendos tragos, Manolo adoptó un tono más solemne. Se irguió y sentenció:
–Creo, Adolfo, que estás cavando tu propia tumba. Y no te conviene. Sabes que si pintas algo, no es precisamente por la carrera de Bellas Artes. De no ser por mí, tú no serías nada. Ni Noelia, ni Francisco ni el resto. Todo me lo deben a mí. Gracias a mi enorme capacidad y dotes de mando el Partido Popular, a imagen y semejanza de mis adorados Asier y José Manuel, ha llegado a un punto álgido…
Adolfo miró a Noelia. Noelia miró a Francisco. Francisco miró a Adolfo. Los tres se levantaron y salieron disimuladamente del despacho. Dejaron la puerta entreabierta. Desde la antesala siguieron escuchando el monólogo del ¿alcalde?
–Nadie me puede hacer sombra. Volveré a Madrid y lucharé con todas mis fuerzas para saltar de mi cargo de diputado a ministro de la nación. Porque Los Realejos, a través de mi figura…
–No tiene solución, susurró Adolfo a sus compañeros. Mañana tendremos que adoptar una resolución al respecto. Se ha emborrachado. De poder, y algún añadido, que no es agua.
Antes de abandonar el recinto, Noelia se asomó por la rendija del acceso a la alcaldía. Manolo, de pie sobre la mesa y con unos folios en la mano derecha…
Y colorín, colorado. Cualquier parecido con la realidad deberá ser, en todo caso, mera coincidencia.