jueves, 12 de noviembre de 2015

Hágase la luz

Y la luz se hizo. En el palacete de doña Esperanza Aguirre. Qué suerte. Qué inmensa suerte. Qué cara. Qué tremenda cara.
Quería opinar hoy de los fichajes ‘eléctricos’ de las formaciones políticas para atraer el voto ciudadano este próximo 20 de diciembre. O de los despidos ‘eléctricos’, como el de Miguel Ángel Aguilar, por criticar a El País en un reportaje publicado en The New York Times. O de un titular periodístico que no entendí muy bien cuando leí “Logran curar la leucemia incurable”. Y recordé que hace unos días perdí un imperdible y aún no lo he encontrado.
Recuerdas que hace unos días (vaya manera de comenzar un párrafo igual que finalicé el anterior) comenté que era necesario hacer un máster para descifrar la nueva factura eléctrica. La de los contadores inteligentes. Algo inaudito en una sociedad de torpes (me incluyo). Pero este problema no debe preocupar lo más mínimo a la señora Aguirre. Sí, la que se fue y después volvió. Como la luz, sin necesidad de buscar otros ejemplos.
Desde el año 2003, célebre por el “Tamayazo” que la encumbró a la presidencia de la Asamblea de Madrid, la señora condesa, doña Esperanza Fuencisla Aguirre y Gil de Biedma, miembro (que no miembra) de una línea genealógica entroncada con la alta burguesía de la sociedad madrileña, no paga la luz de su modesto hogar, de su humilde casita. Del chozo, vamos, en canario, pa´entendernos.
Entre 200 y 300 euros mensuales se estima el importe de cada factura. Y como las nuevas autoridades comunitarias han cerrado el grifo, más que nada por incordia, viene a resultar que ya se acumula una deuda de más de 5.000 euros. Que viene a ser peccata minuta respecto al montante total de lo que los madrileños (y todos los españoles) han abonado desde el mencionado 2003. A saber, unos 30.000 euros, céntimo arriba, céntimo abajo.
La condesa atropelladora de motos policiales manifestó, bastante compungida, allá por 2006, que no llegaba a final de mes. Y que, sobre todo, llevaba muy mal el recibo de la electricidad. Y tan mal, caradura.
Doña Esperanza es persona de armas tomar. Cuando se aúpa en el burro, hay que actuar con un regimiento de infantería para bajarla. Sostiene que no debe un euro. Que la cantidad que se reclama nada tiene que ver con su casa. Y sugiere que debe ser el gasto de la garita de la guardia civil. Porque Fuencisla dispone de protección por haber sido alto cargo en su momento. Y en el cuartucho (el despectivo va por el tamaño) de seguridad deben existir millones de bombillas, miles de cámaras de seguridad, cientos de pantallas, decenas de focos y un ejército de tricornios. Siempre encendidos, consumiendo vatios, o julios por segundo, a destajo. Solo conozco un caso en el que el flujo de electrones es tan dinámico: la casa del señor Soria, ministro del ramo y defensor acérrimo de las energías renovables.
Mientras, la compañía que les suministra la corriente, Endesa, solo ha ganado 1206 millones de euros en los primeros nueve meses del año. A pesar de haber vendido el enorme tinglado que poseía en los países del continente americano. Y como de un conflicto entre ricos poderosos se trata, bien hace en demandar a la señora Gil de Viedma. Porque pagar a tanto consejero delegado no es moco de pavo. Desde la enorme distancia de esta Canarias alejada y ultraperiférica, sugiero humildemente que la operadora contrate, que escribo, enchufe a la deudora y en todo caso detraiga de la generosa asignación esos diez billetes de quinientos euros, motivo y razón de ser del conflicto.
A la guardia civil, un ruego: Hagan el favor de apagar la luz cuando salgan al patio que con los focos de fuera tienen bastante. Y cuando vayan al baño, con la del techo es suficiente. Y no conecten los cuatro televisores al tiempo, que todos los telediarios dicen lo mismo. Tampoco es cuestión de tener Telecinco desde los claros del día.
Doña Esperanza Aguirre y demás hierbas aromáticas: Tiene usted unos morros que se los pisa. Y líbrenos el Espíritu Santo de sus no disimuladas aspiraciones para suceder al Mariano. Como alcance el objetivo, se nos funden los plomos. O se nos quema el interruptor de control de potencia.
Concluyo estas líneas el día de San Martín (11 de noviembre). Al tiempo fui redactando la décima número 315, que la dediqué a mi nieto (por llamarse Martín y por cumplir ocho meses). Pero esa se queda en la intimidad familiar, salvo que Isa o Adolfo me llamen para publicar, junto con Pepe Herrera (y así embarcamos a Linares), un libro de espinelas. ¿Cómo? ¡Ah!, vale, la poesía no vende.
Hasta mañana.