miércoles, 24 de febrero de 2016

Apolo 10

Se hace público que en la misión del Apolo 10, una especie de ensayo general para el posterior alunizaje de julio de 1969, los astronautas de aquel viaje, Tom Stafford, John Young y Eugene Cernan, pudieron escuchar, y grabado está, un enigmático silbido, se supone que procedente del espacio exterior, cuando sobrevolaban a unos 15.000 metros la cara oculta de la Luna.
Durante esa hora que permanecieron ‘escondidos’ tras el satélite no dispusieron de contacto alguno con la Tierra. Parece ser que durante esa desconexión los tripulantes del que se nos antoja ahora viejo cacharro mostraron su perplejidad ante el insólito hecho y la discusión acerca de la rareza del extraño ruido y sobre si debían o no informar a la NASA de lo que aconteció en la vuelta trasera por los confines lunares.
Superadas ampliamente las cuatro décadas de aquel suceso, aún no están claros los posibles orígenes de la música y las explicaciones difieren bastante. Aunque muchos sostienen que pudieron ser las interferencias entre los módulos (de mando y lunar) la causa de tan sorprendente enigma.
Y ahora entro yo en acción. De misterio, nada de nada. Cuando leí que lo que se percibía era una especie de silbo, me puse a indagar. Recorrí La Gomera de cabo a rabo. Subí a Garajonay y me aislé en lo más recóndito de Puntallana. Pasé quincenas oculto en la niebla de Chipude y escuché cómo los vientos peleaban en Igualero. Atisbé el horizonte desde Abrante y analicé el sonido de las corujas en la playa de Chinguarime. Anoté pacientemente cada movimiento de la bruma del alisio alongado al Morro de Agando y dormí varias jornadas al raso en el Jardín de las Creces. Un trabajo de campo a conciencia.
Fue un largo periodo de tres tristes trimestres. Bajé unos doce kilos, pues solo me alimentaba de las hierbas que cogía. Los sabios somos así, pobres y míseros. En definitiva, obtuve millones de datos que hube de procesar durante unas doscientas semanas con apenas media docena de descansos para que el ordenador cogiera algo de resuello. Pero, poco a poco, se fueron encendiendo las bombillas de bajo consumo. Y la luz fue haciendo acto de presencia en medio de tanta tiniebla. Comenzaba a vislumbrar la salida del túnel (de La Carbonera).
Vino a resultar que unos meses antes de que Casiveo (a pesar de nombre tan poco afortunado, ya apuntaba hombre de más amplias miras) concluyera los estudios de bachillerato (ya tenía en mente su traslado a una isla capitalina para iniciar alguna carrera con la que profundizar pensamientos y tratados del saber), junto a su inseparable amigo Tino, más conocido por el frontispicio, llevaban semanas indagando en las páginas revolucionarias de la hermosa Iballa, no tanto por las hazañas del apuesto Hautacuperche cuanto por las apetencias nada desdeñables del malvado Peraza. Rejo se columbraba.
Desde la Degollada, el uno, y desde el barranco de La Laja, el otro, ensayaban tarde tras tarde, a eso del oscurecer, las improvisadas lecciones que habían recibido hacía tres veranos en un campamento de El Cedro. Perfeccionaban sin desmayo cómo debían colocar lengua y dedos para que el sonido emitido fuera nítido, transparente. Capaz de cruzar lomas y quebradas sin el más mínimo tropiezo. El oído, al tiempo, adquiría mimbres. Los tímpanos, tan hechos a los graves de las chácaras, flexibilizaban registros para captar los agudos cual linces al acecho. O conejo en la madriguera.
Fueron, casi sin darse cuenta, ampliando sus dominios. De tal suerte, y merced a unas contraseñas que se inventaron para casos de emergencia, los saltos inalámbricos eran cada vez más portentosos. De Tajaqué a La Fortaleza, de Tagaragunche a Tejiade… Y señalaban con hitos los avances para marcar huella. Como cualquier sabueso al uso.
Pasó el tiempo y debieron separarse. Nada se sabe si en privado continuaron con las prácticas. Solos o acompañados de terceros. O terceras. No obstante, cuenta la leyenda urbana que la ausencia produjo en la isla un silencio de tal calibre que daba miedo, y mucho, asomar el hocico en las noches de luna nueva y en las últimas del cuarto menguante.
Si en aquel entonces (mayo de 1969) hubiésemos dispuesto de las potentes cámaras fotográficas de la actualidad, al enfocar hacia la parte no iluminada nos habríamos percatado de la existencia de una especie de tienda de campaña. En la que se dibuja un original logo con un lagarto, unos órganos de basalto y un sujeto subido a una palmera con un cacharro en la mano. Con el dedo índice de la otra hace un raro movimiento, como si pretendiera darse a notar.
Estoy convencido de que debió acontecer el día 22, Santa Rita, lo que se da no se quita. Premonición de andanzas institucionales. Y que los silbidos no provenían de allende los espacios sino del mismo solar que los intrépidos viajeros tenían bajo sus pies. O encima, por lo de las ópticas. Sigo sin resolver cómo llegó. Pero llegó. Constatado. Es más, regresó. Y se halla entre nosotros. El del silbido. El de la tienda. En suma, el de la miel de palma.
Armstrong no fue el primero. Ya había sido hollada. Ni Vernes ni ocho cuartos. Pero los poderes fácticos de la comunicación estadounidense así nos lo hicieron ver. Nos engañaron. Sus estrellas y banderines eclipsaron la otra aventura. Algo parecido a lo que aconteció siglos atrás con el señor Colón. Que en pos de una Bobadilla casquivana hubo de recalar en la dársena de La Villa y darse un salto a la Torre del Conde. ¿Presagio? Lo más seguro.
La publicación de la noticia ha venido bien. Ha servido de revulsivo. Las conciencias aletargadas han despertado súbitamente. Se piensa recurrir a Teobaldo Power para el pertinente anexo a sus Cantos Canarios: Silbata a manos llenas en SOL M al Apolo 10 en tono burlesco, alegre, familiar y disimulado. Lo más sostenido posible. Que no relamido.
Voy a tocar algo, si mi mujer me deja. Hasta mañana.