viernes, 15 de abril de 2016

Artilugios

Me tendré que modernizar. No me queda más remedio. Después del ‘aperturar’ con el que me sorprendió el ayuntamiento de Agulo, o, mejor, cierto digital de aquella isla en una información del citado ayuntamiento y tras la ubicación de elementos ‘atractores’ en las futuras instalaciones del muelle portuense, dispositivos que irían en la zona terrestre del complejo y con los que el equipo redactor del proyecto pretende dinamizar el entorno, me veo abocado a la adquisición de cualquier aparatejo moderno. No puedo seguir por la vida sin la posibilidad de grabar lo que acontece a mi alrededor. Y darlo a conocer con la inmediatez que requieren los que viven pendientes de los fisgoneos. ¿Qué alegas, insensato? Se trata, llana y simplemente, de estar informados. Porque los canales han variado de manera sustancial con el paso de los años. Y las improntas de bazofias televisivas, también. Vale, empate a cero.
Ayer venía de Icod escuchando la radio. La SER. Como siempre. Tengo un asalariado que me sintoniza la competencia. Él no es hipertenso. Y nos trasladaba (Juan Carlos Castañeda) las primeras noticias del derrumbe habido en Los Cristianos. Y me daban norte de ciertos vídeos que ya circulaban por Internet.
Cuando llegué a casa, me conecté. A la vieja usanza. Con el ordenador. Burro grande, ande o no ande. Y sentí lástima y vergüenza ajena. O propia, no sé. No tanto por ser un incomunicado cuanto por lo que en la pantalla veía y escuchaba. Así que fui a documentarme un poco:
Esto de la era del móvil se inicia en nuestro país allá por 1976 con el denominado teléfono automático en vehículos (TAV). Solo, en aquel entonces, en Madrid y Barcelona. Desde ese lejano año y hasta 1993 a través de señal analógica y bajo el monopolio de la Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE). Que pasaría a la firma Movistar en 1995, cuando arranca el sistema digital. En 1996 hace su aparición el segundo operador (Airtel) y tres años después un tercero (Amena, hoy Orange). A partir del 2000, ni te cuento los adelantos habidos. Y los que restan.
Así que llevo la friolera de cuatro décadas de mi vida (el 59,70%) sin subirme al carro de las nuevas tecnologías. Claro, así no encontraba el timbre cuando me subí a una guagua no ha tanto. Mis recuerdos me conducían a cuando tirábamos de aquella cuerda hedionda para que sonara la campana. Por lo tanto, ya va siendo hora del cambio. Debe ser esta la tercera o cuarta promesa al respecto.
A los pocos minutos del desastre, ya podíamos ver en las redes sociales la magnitud de la tragedia. Y se sucedían las especulaciones. Nos convertimos en consumados peritos y descubrimos múltiples causas: unas obras, escape de gas, antigüedad del inmueble… Intensa nube de polvo, se escuchaban unos gritos, se sucedían los lamentos, sollozos y ataques de nervios…
Después de que Telecinco impuso su particular criterio de entretenimiento, hemos tomado unas derivas que ni emisoras de radio públicas han podido soslayar. Y lo manifiesto porque tengo conocimiento de que varios vecinos de mi pueblo han cursado sonora queja al primer teniente de alcalde (¿a quién si no?) por la deriva de la que fuera nave nodriza. Y hasta aquí puedo leer.
Es tal el afán de protagonismo y las ansias por alcanzar la fama con un vídeo de quince segundos que ante cualquier accidente hay primero que dejar constancia en la memoria gráfica del artilugio antes que pensar en echar una mano a los posibles afectados. Tanto es así que se prefiere mostrar una pata rota (con tibia y peroné por fuera, a ser posible) o una buena raja en la frente manando abundante chorro de sangre antes que mandar el móvil, tableta o lo que fuera a tomar viento fresco y prestar ayuda a quien lo demanda.
El grado de insensibilidad ha adquirido tintes alarmantes. Nos hemos idiotizado con los dichosos aparatitos hasta el punto de perder lo poco que nos restaba de humanidad. Somos lobos al acecho. Tanto que escuchas una entrevista cuando ocurre un hecho de estas características y tropiezas con periodistas que parecen fiscales en un interrogatorio a la espera de que el acusado (entrevistado en nuestro caso) reconozca la autoría de la muerte de Manolete. ¿Y no le pasó nada? ¿Pero no había escuchado antes un ruido? En las obras que se venían realizando, ¿se derribaron paredes de carga, columnas o vigas? ¿No hubo escape de gas?
Existen en la actualidad más líneas de teléfono móvil que habitantes. Si al número total de españoles (incluyan por ahora a los catalanes) le quitamos a mis tres nietos y al abuelo –ya somos cuatro– amén de la mayoría de escolares de la etapa infantil (ya en primaria va a ser que no), nos encontramos con que muchos individuos disponen de varios artefactos. Uno será por si lo llaman cuando esté filmando un derrumbe (con el otro).
Yo estoy envenenado con estos hechos. Tanto que me olvidé de mencionar a mi muy querido ministro de la Gran Canaria. El que no sabe nada. Ni siquiera lo que firma. Ni en qué lugar tiene domiciliadas las empresas. Además, no comprendo cómo los populares realejeros, tan dados a las apariciones mediáticas, no han salido en masa a defender al superior jerárquico. A lo mejor cuando leas este artículo el panorama habrá cambiado. Cuánta tinta ha derramado el enésimo caso.
Oscurece cuando termino de redactar estas líneas. A esta hora, Soria sigue sin dimitir, pero parece que está a punto de ahogarse en su penúltima contradicción o mentira. En Los Cristianos se sigue trabajando. Y los presagios se van cumpliendo. Tristemente. Por aquellas bandas del Sur los móviles persisten en la caza y captura. Cuando baje a desayunar, la tele canaria me pondrá al día. Es especialista en mostrar secuencias capturadas en Facebook.
Se avecina otro fin de semana chungo. Dicen que los sobresaltos de la vida te hacen más fuerte. Con mis excusas y mis respetos: una mierda.
A pesar de todo, intenten ser felices. Volvemos el lunes. Mil gracias por seguir ahí.