lunes, 25 de abril de 2016

Ilegal y corrupto

No se confundan ni me malinterpreten. Es que me da que estás pensando que me refiero al señor de la foto. Y nada más lejos de la realidad. Lo decía por mí. Hasta puede que por ti. Sí, no te asombres. Me presenté a unas elecciones en 1983. Y en 1987 volví a mi trabajo de siempre. Por lo tanto, tengo muchos boletos adquiridos desde entonces (casi treinta años) para ser un corrupto. Vamos, podrido total.
Don Fernando Clavijo, otrora más independentista y hoy más acomodado, que, como mi alcalde, parece joven pero lleva en la cosa pública unos cuantos trienios, ha manifestado que todo aquel que no se presenta a las elecciones es más propenso a lo ilegal. Es decir, todos aquellos que salen sonriendo en carteles y pancartas electorales son mucho más serios y responsables que aquellos anónimos que curran cada día en sus respectivas ocupaciones. O marchan en busca de trabajo y regresan con el ánimo en la suela.
Te estarás preguntando, yo también, si los casos que afloran cada día –afortunadamente la justicia funciona aunque mucho más lenta de lo deseable– corresponden solamente a maestros, albañiles, carpinteros… o son otras caras más conocidas. Porque las vimos en carteles, claro.
A los cargos públicos, que tanto recurren a estadísticas y números, les rogaría que establecieran la correspondencia entre casos posibles y hechos constatados. La proporción entre el número de políticos y la cantidad de causas judiciales contra ellos por casos y cosas ilícitas debe ser muy superior a la que se pueda establecer entre los que estamos fuera de esa onda y debamos acudir a los juzgados por haber sido trincados en la lata del gofio a destiempo.
No sean cínicos. Concédannos el beneficio de la duda. Y déjense de machangadas porque todos lo partidos están pringados. Y no recurro a la generalización fácil. Pero no sigan escupiendo hacia los altos o se van a chingar todos. Cuando se está sujeto a la fiscalización ciudadana, y menos mal que nos vamos espabilando, uno debe ser más comedido en sus apreciaciones cuando intenta justificar su gestión. Como dice Calero, que tenemos nuestro tino.
A veces me cuestiono si todos estos inventos que Internet nos brinda, valen para agilizar o para entorpecer. Para beneficio de los administrados o para lucimiento personal de los supuestos administradores. Porque las reiteradas concurrencias en las redes sociales, parece, solo vienen a confirmar el subido ego de los dirigentes. Y como están colgados permanentemente, uno desconfía de si se están mereciendo el sueldo que tan generosamente se han asignado.
Ahí tenemos a Casimiro Curbelo. Tras tropecientos años dirigiendo el chiringuito gomero, se ha debido tomar cualquier mejunje porque le ha entrado un espíritu reivindicativo que solo le falta subir a Igualero y silbar a los cuatro vientos que emprenderá otro descubrimiento de América en el próximo mes de septiembre. Y lo malo es que nos toma por idiotas y tiene al gabinete de prensa del cabildo trabajando a destajo para los intereses partidista de su juguete ASG.
O Asier Antona. Elevado a la más alta instancia orgánica por el conocido método digital, vía Madrid, que tanto se estila en las filas populares. Perteneciente a una familia entregada en cuerpo y alma a solventar carencias, penurias y pobrezas. Su mujer le ayuda asimismo al sostenimiento del hogar con una módica aportación. Que merced a su ascenso dejará en La Palma a doña Elena Álvarez, en la actualidad segunda de a bordo, pero además concejala (equipo de gobierno) en el ayuntamiento de Breña Baja y diputada nacional. Manda agua de Marcos y Cordero.
Y nosotros, Clavijo, los que vivimos sin honores ni glorias, sin propagandas ni publicidades, somos mucho más propensos a delinquir. ¿No es corrupción ostentar dos o más cargos con derecho a prebendas, honores y gratificaciones mientras hay varios cientos de miles de canarios que se las ven y se las desean para empezar el mes; nada digamos de cómo terminarlo? ¿Por qué no te callas?
Pero, y es lo peor, tampoco vamos a solucionar este maremágnum con las boutades de don Pablo Manuel. Ese personaje veleidoso que no gusta que los periodistas cuestionen su labor. O la de su partido. Al más puro estilo totalitario, represor y otras mandangas varias. Es como Luis Enrique. Pero mucho más peligroso. Los encantadores de serpientes son capaces de engañar al incauto. Es que los plumillas tienen miedo. Claro que sí. Porque la capacidad de discernir con artículos de opinión concede el beneficio de estar al acecho. Y se le ven, estimado Iglesias, las orejas mucho más que la coleta. Ya sé que no me va a leer. Este provinciano –qué alego, pueblerino y hasta mucho me parece– tiene alcance más corto que el cuarto de luz de cualquier coche.
Echo en falta ejemplares de la cosa pública que se dediquen a resolver demandas de los que pagamos religiosamente nuestros impuestos. Sin giras por Panamá y sin evadirnos de nuestras obligaciones. Con ayuntamientos que se vuelquen con los que las pasan canutas. Y no se distraigan con propuestas imbéciles (como la de la CUP –Candidatura de Unidad Popular– en Manresa acerca de compresas, tampones y esponjas) y mociones que no sustituyen bombillas fundidas ni rellenan baches y socavones.
Y el ilegal y corrupto soy yo. Manda aquello y lo otro. Ay, Clavijo, qué bien te queda la mochila. Pero hace falta algo más. ¿Resucito mi agrupación electoral independiente de jubilados? Experiencia nos sobra.
Ánimo que iniciamos periodos festivos. Mucho ganado aparecerá por mi pueblo. Con carteles bajo el brazo. Me temo que a mí no me encontrarás. Por lo que la probabilidad de corrupción se incrementará. ¡Ay!, Fernando, no se lo chives a Rosa Dávila, no sea que me fiche.
Hasta mañana, mis estimados.