martes, 19 de abril de 2016

Luis Enrique

Hace mucho tiempo que dejé de seguir el fútbol. Ese conglomerado que de deporte tiene más bien poco. Sobre todo en lo más alto del escalafón. Creo haberlo dejado plasmado en este blog en algunas ocasiones.
¿De qué equipo eres seguidor?, me preguntan. Invariablemente respondo que del Benijos. Que ni siquiera sé si existe o en qué categoría milita. Solo pretendo, con todo el respeto que me merecen los benijeros, dejar patente mi total apatía por el que otrora fuera una de mis aficiones del fin de semana. Alguna foto anda por ahí con las melenas al viento. Qué tiempos.
Al tiempo (te repites) he ido abandonando la costumbre de ver los resúmenes de cada jornada por la tele. Cuando me ejercito con el zapeo –¿y quién no?– cada vez me detengo menos en chiringuitos y estudios. Porque no me apetece perder el tiempo viendo cómo unos expertos en tácticas, arbitrajes, alineaciones y demás, muy al estilo de cualquier debate en (in)ciertas teles locales, despotrican a mansalva. En un cínico ejercicio que demuestra cuán difícil es mantener en periodismo eso que recibe el nombre de objetividad.
Pues no me cuestiones cómo ocurrió, pero este pasado domingo me quedé enganchado en la rueda de prensa del entrenador del Barcelona después del partido que lo enfrentó al Valencia y que los ches ganaron habiendo pasado solo una vez del centro del campo. Versión culé, claro.
Luis Enrique es un malcriado. Sin más. El presidente de la entidad, de tener un mínimo de sensatez, tarda en llamarle la atención al maleducado. Pero como en este deporte también se juega al independentismo, lo mismo interesa adoptar posturas de bravuconería para poner en un brete a quien deba mediar en referéndums (a pesar de ser llana acabada en s, le pongo la tilde porque la RAE me señala que acaba en más de un grafema consonántico, como bíceps o récords) y cuestiones de semejante porte.
Puedo entender que el hombre se halle nervioso por los últimos resultados. Pero la compostura debe mantenerse. Y es en los momentos complicados cuando debe medirse la valía de un profesional. El desplante hacia un periodista de apellido Malo (mucho menos que el comportamiento del impresentable) bien merecía que la sala se quedara vacía. Pero los corporativismos y obediencias ciegas a los dictados editoriales pesan tanto que nos olvidamos de dar lustre a una profesión que entre todos estamos choteando hasta límites insostenibles. Y desde las tertulias televisivas no se ayuda precisamente a erradicar la enfermedad. El tumor seguirá creciendo y cuando proceda la operación no vamos a encontrar bisturí que saje el tremendo bulto.
Un entrenador de fútbol de estos niveles debe ser alguien más que un señor que diseña esquemas, programa estrategias y coordina el trabajo de once jugadores en un estadio. El loable fin de alcanzar la victoria y colocar al equipo en el lugar más alto de la clasificación, con ser el principal e importante objetivo, no lo es todo. Nadie discute la valía de un equipo que en estas últimas temporadas ha ganado mucho y más. Que ha establecido balances de muy difícil consecución. Pero los indudables méritos quedan manchados con actitudes prepotentes y caciquiles. Y Luis Enrique se está atreviendo, con el consentimiento del que paga, a cruzar muchas líneas prohibidas por el sentido común.
Luis Enrique es grosero, descortés, soez, incorrecto, desconsiderado, incívico. Y si en esta nueva jornada, entre semana, el Barça sigue sumido en la debacle y pierde el liderato por un casual, me temo que o los periodistas deportivos se ponen en su sitio o la temperatura de la sala se va a elevar más que la lava de cualquier erupción volcánica.
De fútbol no entiendo nada. En absoluto. Pero de educación, un fisco. De ahí mi consejo al ilustrísimo coach: modérate, sé respetuoso, no descargues en quienes se limitan a preguntar tus exabruptos y desplantes. Eso déjalo para con la almohada. En las maduras se navega placenteramente, pero es en la duras donde se demuestran las valías. Y por lo que te capté este pasado domingo, estás poniendo en tela de juicio tu crédito personal. En tu capacitación técnica no me meto, porque mis entendederas solo llegan a que el balón es redondo. O a lo peor ya no. Pero en la ética, la dignidad y el respeto, qué verde estás.
Eres, Luis Enrique, y termino, un malcriado, un solemnísimo descortés. Ya sé que no te vas a enterar, pero espero que el gremio despierte y actúe en consecuencia. ¿O vamos a seguir siendo borregos per sécula?
Hasta mañana.