miércoles, 18 de mayo de 2016

Baile de magos y Eurovisión

Eventos (¿otra vez?) que coincidieron en la noche de este pasado sábado. Al uno no acudí –Baile de Magos– y al otro –Eurovisión– le eché un par de visuales mientras mi calle se iba poblando de coches aparcados como cada año.
Desde que abandoné la disciplina de la Agrupación Folclórica de Higa y me dediqué a navegar en solitario, no acudo a estas citas multitudinarias. Antes lo hacía, por imperativo legal, como miembro de un colectivo que supuestamente iba a entretener a los allí congregados. Como nunca me ha gustado trasnochar, lo pasaba mal. Contarte lo contrario sería mentir, y eso jamás. Algunas veces me acostaba a la hora de siempre y me levantaba de madrugada para ir a trabajar. Chiquita necesidad.
El domingo me desperté como siempre. Próximo a las siete y media. El consabido control de la tensión arterial (una semana al mes) y la costumbre no requieren despertador. Los servicios de limpieza ya habían efectuado la ronda pertinente y no se vislumbraban, al menos en mi zona, los efectos devastadores de las tormentas alcohólicas. Mis felicitaciones por ser tan diligentes. Y sin privatizar, como el alumbrado público.
Las redes sociales, como siempre, brindaban disparidad de criterios en torno a lo acontecido en la noche de marras. Desde el simpatizante-seguidor-baboso del equipo que gobierna el consistorio realejero, para quien todos los presentes portaban el traje típico en perfecto estado de revista, hasta el que solo tropezó con botellones a troche y moche, vómitos, meadas y porquería plástica por doquier.
Puestos en la disyuntiva de tener que inclinarme hacia uno u otro extremo, y no creo ir muy descarriado, habré de situarme en la óptica de la inmundicia. Pero, claro, ¿podría esperarse otra cosa en un lugar en el que se dan cita miles de personas, de las que ‘cienes y cienes’ no saben ni su propio nombre después del tercer vaso? Es como pedirle peras al olmo. Y dado que los ayuntamientos miden el éxito de las convocatorias por el número de asistentes y las toneladas de basura acumuladas, solo me resta añadir que ‘malimpriadas’ vestimentas para semejantes abusos. En fin, como debe ser.
Qué tiempos aquellos en que no teníamos tele en La Gorvorana –si no había luz, qué podíamos esperar– y acudíamos a la casa privilegiada que poseía un generador (nosotros lo llamábamos motor, sin más), o cuando ya fuimos jóvenes de pelo en pecho al Bar Paradero de Los Barros, para poder contemplar aquellos espectáculos de luz y sonido. Qué miserias, para que vengan quejándose estos señoritingos de ahora mismo.
Como estábamos estudiando (¿y cómo lo hacíamos sin corriente eléctrica?), algo sabíamos de la geografía europea. Pero desde el domingo estoy buscando a quien me señale en qué sector de la Europa actual puedo ubicar Australia. O Israel. O un montón de países surgidos tras la extinción o desaparición de la antigua URSS. Yo no entiendo nada.
Mejor, sí. Aparte del despilfarro económico que supone toda esa parafernalia (no lo digo por Suecia, pero sí por esta España nuestra), el cachondeo de compadreo (qué rima más estúpida) político o de amiguismos sobrevenidos en el sistema de votaciones, me conducen a la enésima petición que caerá (y van…) en saco roto: Dediquemos ese dinero a la mejora de la seguridad vial. O a un avance en la dotación de hospitales y centros de salud. O a la creación o remozamiento de escuelas, colegios, institutos y universidades en aras de una mejora educativa y de la drástica reducción del fracaso escolar. O…
No existe el sentido del ridículo. Y la televisión española viene siendo el hazmerreír de Europa (y parte del extranjero) desde ha demasiado tiempo. Hora es que alguien sensato y cabal adopte la decisión de no concurrir a semejantes bodrios. No tanto por el espectáculo cuanto por nuestra exitosa participación.
Nada puede extrañarnos cuando por estos lares se reclama una inyección de al menos seis millones de euros –una minucia, vamos– porque la tele canaria sigue sin dar más de sí. Como Pepe Benavente no retorne con El polvorete, no se nos ‘levanta’ el ánimo. Y los mal denominados Hospitales del Norte y Sur, a verlas venir. El anillo insular, a la ventura de la Virgen de Candelaria (qué bueno su combate con la del Pino, versión Abubukaka en el portuense Mueca). El abandono de los campos, San Isidro se fue de romería…
Es lo que hay.