lunes, 9 de mayo de 2016

Clan

Me he prometido ver solo Clan hasta el 27 de junio. Porque sé que me indigestaré, a buena gana, con dibujos animados. Pero me creeré las historias de La patrulla canina. A pie juntillas. Como devoré a Pocoyó, Caillou y también los Little Einsteins. Y nos dormíamos, mi nieta y yo, como dos angelitos. El segundo fue menos de cuentos. Y la tele no le hacía demasiado tilín. El tercero aún no está en edad de pararse ante la caja tonta. Sigue gateando y entrenándose duramente para la próxima babytrail. Lo aconsejaré, mientras pueda, para que no caiga en tentaciones televisivas. Salvo que ya de mayor estudie Ciencias Políticas.
En las otras cadenas más tradicionales existen idénticos personajes. Ingenuos, cándidos, inocentes. Y no supondrían mayor peligro si no fueran candidatos. Porque uno está acostumbrado a tomarse la vida como un engaño permanente. A broma, digamos. Pero cuando sí lo hacen de tal guisa aquellos que deben depositar sus posaderas en los muy ilustres sillones del parlamento para dilucidar qué preceptos legales deben ser los adecuados para una mejor convivencia, comienzas a sentir unos ligeros cosquilleos por todo el cuerpo… Qué contarte que no hayas experimentado ya. Y ahora, por si no tuvimos bastante en los meses finales del pasado año, ración doble. Con idénticos caretos y similares promesas. Y si la abstención crece hasta límites insospechados, a ellos plin porque duermen a pata suelta.
Las mejores asociaciones y empresas colectivas que se hayan visto por estos contornos son aquellas que contemplamos en los capítulos de La abeja Maya. No comparto con ellas lo de la monarquía, pero en el trabajo nos dan unas cuantas vueltas. Y nada digamos de los idílicos panoramas e instantes supremos de felicidad que vivimos con Heidi, Pedro, el abuelo y una ‘jartada’ de cabras que estaban todas muy cuerdas. Hasta Marco tuvo su aquel con Amedio, a pesar de la insistencia del guionista en mantener el suspense con la madre desaparecida. Algo que no se le hace a un chaval de tan pocos años.
No me gusta Bob Esponja, pero creo que voy a votar por él. Su desaliñado aspecto no me inspira excesiva confianza. Aunque no le podremos negar la posibilidad de que absorba nuestros deseos, anhelos y peticiones.
SpongeBob SquarePants, título original en inglés, y que en español vendría a ser Bob Esponja Pantalones Cuadrados, vive en la ciudad submarina de Bikini Bottom. Es el cocinero del restaurante El Crustáceo Crujiente y está dotado de la extraña habilidad de meterse en todo tipo de problemas. Primera característica: Increíble similitud con cualquier político al uso.
En el fondo marino se puede hacer fuego, los edificios se inundan y los peces andan. Los caracoles maúllan, los gusanos ladran, las medusas producen jalea, las almejas vuelan y los nematodos son las termitas de aquellos contornos. Segunda característica: Equivalencia plena con cualquier parlamento o consejo de gobierno que se precie.
¿Y para qué más? Es probable que cuando el mes de julio nos indique el comienzo de las vacaciones (¿más todavía?), tenga más cara de bobo que cualquier personaje de los dibujos animados. Pero seré inmensamente feliz por haberme ilusionado con la ingesta. Y es probable que durante el periodo de especial régimen alimenticio ni siquiera me haya enfadado con tanta bobería.
Y esconderé el televisor que se halla en el comedor. Que puede ser la causa de todos mis males. Si uno almuerza entre las dos y las tres de la tarde, ve a las programaciones respectivas y comprueba la cantidad de telediarios e informativos varios que nos zampamos como postres.  Así está el estómago.
Por lo tanto, no se hable –o escriba– más. Demos comienzo a la precampaña.  Ni Fred Flintstone ni Barney Rubble. Me quedo con Bob. Y en todo caso, Pocoyó de vicepresidente. Sus sentencias cortas y tajantes son un dechado de virtudes. Que de circunloquios estamos hasta allí…
Cuando finalizaba de redactar los párrafos anteriores, llega la tan esperada lluvia tras todo un día de reiterada brisa majadera. Parece que viene con ganas. Bienvenida sea.
Por último, excusarme por no llegar a tiempo para cumplir con el deseo que alguien me encargó estos días pasados para señalar el lugar donde fueron obtenidas las fotos colgadas en Facebook. Lo siento de verdad, Hilaria. Lo haré a partir de ahora en el convencimiento de que tu nueva conexión a Internet funcione a mayor velocidad que la de este viejo ordenador que aún me sirve de grata compañía. Sabes que no cejaré en el intento de agradar a los que se asoman a este invento que nos ha brindado eso de las Nuevas Tecnologías. Hasta siempre.