martes, 10 de mayo de 2016

El anillo insular

No me refiero al de telecomunicaciones, tan vendido por el Cabildo de Tenerife y que debe ser la panacea para que los habitantes, y visitantes, de esta isla picuda podamos sentirnos realizados y satisfechos para siempre jamás. No, voy al más prosaico de las comunicaciones por carretera, pero que entiendo más necesario que la velocidad por la que pueda navegar nuestro móvil o cualquier otro aparatejo con conexión a Internet. Porque todos aquellos que deben hacer unos cuantos kilómetros por razones comerciales o de trabajo, cuando no meramente turísticas o de ocio, añoran circunvalaciones como la de Las Palmas o echan en falta pavimentos como los de cualquier isla que no sea, por desgracia, esta en cuyo solar vivimos y soportamos lo indecible.
Leí este lunes que se pone en funcionamiento un túnel ferroviario (el de San Gotardo, en Suiza) que tiene nada más y nada menos que una longitud de 57 km. y que llega a alcanzar una profundidad de 2300 metros bajo las bellas montañas de aquel país. Deduzco que los adelantos técnicos no supongan mayor problema para acometer obras de cierta envergadura.
Aquí, en Tenerife, siempre hemos sido reacios a túneles y viaductos. El sentido de protección medioambiental ha sobrepasado toda lógica proteccionista. Y cuando diriges la visual a tu entorno te percatas de que mucho ha debido fallar ante tanto adefesio o trazados inadecuados.
La única solución de acabar con los atascos y darle fluidez al tráfico por el Norte es finalizar de una vez el cierre del anillo insular. Que no solo consiste en la construcción del túnel de Erjos (o de El Tanque; llámenlo como gusten), sino que conlleva, además, concluir el tramo entre Los Realejos (final de la actual autopista) y la linde entre La Guancha e Icod de los Vinos, allá en la rotonda de Buen Paso. Que deberá ser rematada en las debidas condiciones.
Ya se tropezó con el rechazo a un anteproyecto que brindaba una posibilidad (me imagino que podrán existir varias más) de salvar la distancia entre El Castillo (Los Realejos) y la zona de Los Moriscos. Donde, ahora que me acuerdo, ignoro si el famoso puente ya es utilizado en ambos sentidos y que tantos retrasos provocó en la apertura de ese tramo hasta El Tanque.
No me vengan con la monserga de falta de dinero. Se establecen líneas de créditos para cuestiones de mucha menor enjundia y, esa impresión tengo, es que faltan políticos de talla y casta como para luchar con ahínco por lograr las infraestructuras que la isla demanda. Y que se pierden en batallas estériles por mor de dictados de muy difícil asimilación.
Si Puerto de la Cruz, a pesar de todos los pesares y de gobiernos que solo velan por intereses económicos propios (a saber, de su bolsillo), consolida su recuperación con un 12% más de visitantes durante el primer trimestre de este año con respecto al anterior, significará que las diatribas y esperpentos habidos en relación al controvertido asunto del puerto no conducen a nada. El emblema del turismo en esta parte de la isla necesita un plan de remodelación integral y no esta ofuscación en un muelle que pueda permitir el atraque de cruceros, como si esta alternativa fuese la poción mágica. Puerto de la Cruz precisa de un puerto deportivo y pesquero, con unas instalaciones de recreo que dinamicen la actividad comercial y que potencien los atractivos ya existentes. Todo ello con la pertinente adecuación de otros servicios dejados de la mano durante estos años de estériles enfrentamientos entre las fuerzas políticas, más pendientes del que dirán desde el Barranco de San Felipe que de abanderar una gestión encaminada a generar los puestos de trabajo que la sociedad reclama.
Cuando se haya concluido ese anillo insular, deberá ser el Puerto de Fonsalía (cuyo acceso directo a la autopista permitirá desahogar el caos existente en Los Cristianos y dejar este núcleo aronero libre de la atadura actual del tráfico marítimo que ya no puede absorber) el que permita la conexión con el resto de islas de esta provincia.
A un servidor, mero ejemplo, no le llevaría más de cuarenta minutos plantarse en la costa de Guía de Isora para sus bien merecidos viajes a La Gomera. Travesía que se acortaría, asimismo, en una proporción bastante considerable. No solo a La Colombina, sino también a El Hierro y La Palma.
Seamos prácticos y velemos por intereses generales. Dejémonos de ombliguismos baratos y pongamos el bien de la comunidad por delante de cortas miras. Porque, sencillamente, no hay mercado para tanta embarcación. De haber otras coyunturas, el transporte marítimo no estaría sujeto a estas subvenciones de las que dependen para la subsistencia y una mínima rentabilidad.
Ya está. He dicho.